Vida

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No se sabe cómo ocurrió ni qué fuerza inexplicable lo provocó, pero hubo un instante —un solo latido en la eternidad— en el que la Muerte se enamoró.
Y su amor fue hacia la Vida.


Una revelación tan absurda que rozaba lo real. ¿La Muerte, ese espectro inexorable que extingue al mundo con un simple roce? ¿Ese ser cuya existencia depende de arrebatar las ajenas?

Jamás, desde el primer aliento del universo, se había registrado semejante acontecimiento. La Muerte fue engendrada con un único designio: ser la frontera final. No conocer la ternura, no sentir deseo, no poseer voluntad propia. Simplemente cumplir. Despojar. Concluir.


Entonces, ¿qué monstruosa paradoja había sido capaz de torcer ese destino? ¿Qué grieta en lo absoluto permitió que el más oscuro de los entes se enamorara del fulgor que lo niega?

Desde que surgió la primer alma y se embarcó en su recorrido —una marcha inevitable desde la cuna hasta el silencio— fue allí cuando la Muerte despertó a su función eterna.
Guiar. Conducir. Cerrar ciclos.


Su tarea era rígida, inquebrantable, impuesta por criaturas superiores cuya voluntad nadie osaba contrariar. Pero esa misma eternidad de obediencia comenzó, lentamente, a erosionarla desde adentro.

Mortem —la Muerte— comenzó a preguntarse si acaso existía otro sentido para su propia sombra. Si podía ser algo más que el final inevitable que todos temen nombrar.

Movida por ese pensamiento prohibido, descendió al plano humano.
No con cuerpo propio, sino como un viento frío que atraviesa muros, como una presencia silenciosa que todo lo ve. Recorrió casas, calles y ciudades enteras. Pero esta vez sus ojos —esos ojos que jamás habían mirado— se abrieron por fin.

Vio risas que desgarraban el aire con una fuerza que no comprendía.
Vio lágrimas que caían con un peso que jamás imaginó.
Vio a niños disputar sus primeros juegos; a una anciana desafiando el paso del tiempo mientras cruzaba la calle con obstinada lentitud.
Vio hojas desprenderse como suspiros moribundos y aves elevarse como esperanzas recién nacidas.


Vio la noche caer, envolviendo todo con un manto que no era muerte, sino descanso. Y vio a los humanos refugiarse en sus hogares, aferrándose a los pequeños ritos que dan sentido a sus días.

Para la Parca, aquello no era simplemente novedad: era una herida abierta.
Todo eso había estado siempre allí, silencioso, ignorado por ella durante eras. Y sin embargo, nunca lo había visto. No porque no pudiera, sino porque no debía. Porque amar la vida es el pecado más profundo para quien fue creada para extinguirla.

Pero ahora lo veía todo.
Y en esa mirada encontró, por primera vez, una forma de existencia que no fuera devorar el final de otras.

Entonces surge la pregunta inevitable y aterradora:
¿Qué ocurre con las muertes cuando la Muerte abandona su puesto?
La respuesta, devastadora, aguarda más adelante.

Por ahora basta decir que los seres superiores la observaban desde sus alturas eternas. Primero desconcertados. Luego con temor.
Y finalmente con furia.


Porque aquel ser moldeado para un único propósito había comenzado a desafiar la estructura misma del universo.

La Muerte debía regresar a sus obligaciones, aquellas que desde la eternidad estaban grabadas como un designio inquebrantable. Sin embargo, no les concedía importancia.

Había descubierto un mundo que, en comparación con el suyo —vacío, silencioso y eternamente oscuro— brillaba con una vitalidad tan intensa que la desbordaba. Era un mundo claro, palpable, hermoso, un escenario que por primera vez la invitaba a observar, a detenerse, a existir de otro modo.

Se decía que ella era eterna, y quizá lo fuese. Pero en esa eternidad encontró algo que nunca había considerado: tiempo para sí misma. Tiempo para "perderlo", o quizá para disfrutarlo. Tiempo para contemplar cada detalle con una fascinación inédita.


Miraba cómo el capullo de una flor nacía, se abría, florecía y finalmente caía en la inevitable decadencia del ciclo vital.

También se quedaba quieta bajo la lluvia, y en aquellos momentos —siempre y cuando nadie pudiera percibirla— abandonaba su plano astral para adoptar una forma casi viviente.

Sentía en el rostro la humedad de las gotas que descendían con violencia, pero que, al tocar su piel, se deslizaban con una suavidad casi reverencial, como si reconocieran quién era.

Se enamoraba de la vida como quien se enamora de un cuadro cuyo autor jamás conocerá; con la misma intensidad con que un padre contempla el nacimiento de su primogénito; o como aquella mujer que, todas las mañanas, salía al patio trasero para encontrarse con su más preciado tesoro: un jardín extraordinariamente verde y plagado de flores de todos los colores.


De ese modo, con esa misma devoción, se relacionaba la Muerte con la naturaleza que la rodeaba. Había encontrado algo que nunca pensó posible: belleza.

Jamás imaginó que la Vida —ese mismo néctar que sostenía, paradójicamente, su existencia— pudiera conmoverla de tal manera.

Durante años, siglos o incluso eones, se había dedicado a arrebatarla sin contemplaciones.

Había presenciado perderse la existencia más joven, aquella que apenas se formaba en el vientre de una madre y que, por fallas inevitables, nunca llegaba a ver la luz.

Había tomado también la vida de ancianos agotados, postrados en salas frías, rodeados de rostros que lloraban en su despedida, rogando contra un final que ella, implacable, debía cumplir.

La Muerte siempre había sido eso: un ente, un espíritu, un susurro, un demonio si se quería llamar así. Una presencia destinada únicamente a cerrar puertas. A callar historias. A consumar destinos.

Pero ahora... ahora no era más que una viajera silenciosa recorriendo un mundo que jamás había comprendido. Exploraba, se detenía, contemplaba.


Y en esa contemplación descubría la mayor ironía del universo:
que aquello que había destruido durante toda la eternidad era, precisamente, lo que más la maravillaba.


La vida misma.

MortemWhere stories live. Discover now