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La muerte de una madre deja un silencio que nunca se llena. Valeria Montes tenía doce años cuando el cáncer se llevó a la única persona que la miraba como si fuera el centro del universo.
Esteban Montes, su padre, lloró lo justo, un par de semanas de traje negro y ojos rojos. Luego apareció Rebeca Salvatierra, socia de siempre, con su perfume caro y su sonrisa que no llegaba a los ojos.
Se casaron antes de que el primer aniversario de la muerte llegara. La casa que había sido cálida se volvió un tablero de ajedrez donde Valeria era la pieza que estorbaba.
Rebeca trajo consigo a Camila y a Bruno. Bruno era callado, de mirada limpia; se sentaba con Valeria en las escaleras del fondo y le enseñaba a hacer aviones de papel que volaban más allá del muro del jardín.
Camila, en cambio, la observaba como quien estudia a un insecto antes de pisarlo. Cuando Esteban empezó a olvidarse de preguntar cómo le había ido en el colegio, Camila sonrió por primera vez en presencia de Valeria.
Una noche, Camila le ofreció un vaso de jugo "para que durmieras mejor". Valeria, agotada de llorar en silencio, bebió. Despertó en una habitación de hotel con paredes color vino, la cabeza pesada y un dolor nuevo entre las piernas.
Un hombre desconocido se vestía junto a la ventana sin mirarla. Nueve meses después nació Elian, tan pequeño y tan frágil que Valeria aprendió a respirar solo para mantenerlo vivo.
Esteban la miró una sola vez después del parto, con una mezcla de asco y alivio, ya no era su problema.
Valeria empacó una mochila con pañales y ropa de Elian, planeando desaparecer en la terminal de autobuses.
Pero la empresa de su padre se hundió como un barco con demasiados agujeros. Las deudas crecían más rápido que los intereses, y Rebeca, con esa calma de quien siempre gana, susurró la idea una noche en la cocina.
-Véndela a Leonardo Ferrucci. Él paga bien por lo que quiere.
Esteban dudó apenas un latido. El orgullo ya no le alcanzaba ni para cubrir la vergüenza.
En el casino La Sirena, entre humo de cigarros cubanos y risas que costaban millones, Esteban encontró a Leonardo Ferrucci jugando al póker como quien firma sentencias de muerte.
Treinta y dos años, traje negro impecable, cicatriz fina en la ceja izquierda. No era solo empresario; era el hombre al que los bancos le temían más que al fisco.
-Necesito ayuda -dijo Esteban con la voz rota.
Leonardo ni levantó la vista de sus cartas.
-¿Y qué me das que valga mi tiempo?
-A mi hija.
Leonardo soltó una carcajada breve, sin humor. Conocía la historia de su ex esposa, la única mujer que lo había hecho sangrar sin tocarlo. La venganza era un plato que prefería frío, pero nunca rechazaba un ingrediente extra.
Damian Ríos, su secretario, deslizó sobre la mesa tres fotos de Valeria, pálida, delgada, ojos grandes y asustados que parecían pedirle al mundo que la olvidara. Leonardo las observó con desdén.
-Parece un fantasma con ropa prestada.
Esteban tragó saliva.
-Puedes hacer con ella lo que quieras. Solo... sácame del hoyo.
Leonardo golpeó la mesa con el puño; los vasos temblaron. Luego sonrió, lento, como un lobo que acaba de decidir que sí tiene hambre.
-Trato hecho. Pagaré cada peso de tus deudas. Pero si la chica no me sirve... -se inclinó hacia Esteban hasta que sus frentes casi se tocaron- te encontraré, y no habrá casino ni dios que te salve.
Esteban asintió. Ya no era un padre; era un hombre que acababa de vender lo último que le quedaba de alma.
En algún lugar de la ciudad, Valeria acostaba a Elian tarareando una canción que su madre le cantaba.
No sabía que esa noche su destino había sido firmado en una mesa de póker, que pronto unas manos que olían a tabaco caro y sangre seca la arrancarían de su vida para arrastrarla a la jaula dorada de una bestia que no conocía la piedad.
Y que, en el fondo de esa jaula, aprendería que hay prisiones peores que las de hierro, las que se construyen con odio, deseo y la promesa de una venganza que aún no tiene nombre.
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CITEȘTI
La Amante de la Bestia | ROMANCE DARK
DragosteJamás imaginé que el amor podría nacer en el infierno. Valeria Montes es una madre soltera marcada por la enfermedad y la miseria. El cáncer consume lentamente su cuerpo, pero no su voluntad, su único motivo para seguir respirando es su hijo. Cuando...
