Prólogo

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Mi mente no da crédito a lo que mis ojos ven.

El ruido del caos es ensordecedor, aturde mis sentidos y me es difícil reaccionar, un hombre incluso me empujó en su intento de huida de... no lo sé, ¿El fin del mundo?

El alumbrado público en el parque comienza a encenderse con sus luces parpadeantes, vacilantes, como si en segundos dejaran de ser necesarias. Las calles se quedan a oscuras unos minutos más. Hay gente gritando preocupada, asustada, pues hace unos instantes el sol de verano quemaba con sus más de 35°C a plenas tres de la tarde, y un segundo después el cielo se oscureció como si hubiera anochecido de repente.

Después de la confusión inicial llegó la ansiedad, ¿Dónde está el Sol? Su luz ni siquiera se refleja en la luna, es decir, ahora dependemos por completo de la iluminación artificial. No entiendo qué pasa, hay niños llorando, adultos asustados corriendo, creyendo que estarán seguros en sus hogares, y yo siento una opresión en mi pecho, el aire es denso y pesado al tratar de llenar mis pulmones, y no puedo evitar pensar en el apocalipsis. Siempre he tenido miedo del tema; desde chico cuando en la escuela decían que al planeta Tierra le quedaban cinco mil millones de años de vida, yo lloraba aterrado como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente.

Un vidrio se rompe en un escaparate cercano y el sonido es suficiente para sacarme de la parálisis momentánea, mi cuerpo se pone alerta y la adrenalina me revuelve el estómago. No ha pasado media hora y ya hay saqueos y violencia. Debería hacerlo también, ceder a mis instintos, ignorar cualquier pensamiento lógico que me diga que quizá se trate de un eclipse que no fue anunciado, o un fenómeno natural raro, de esos que ocurren una vez cada cien años.

Pero me obligo a mantener la calma con respiraciones profundas y pausadas como me dijo mi terapeuta. El shock me hizo enfriarme lo suficiente para temblar y que mi piel se erizara. Froté mis brazos y caminé con pasos cortos intentando conseguir el calor que mis shorts veraniegos y mi playera de mangas cortas no me daban. No llegué muy lejos. Dos hombres se acercaron, uno con un bat de beisbol, y el otro con una navaja.

-No quiero problemas, les daré todo lo que tengo.

No es que sea cobarde, pero aprecio mi vida y sé que no vale menos que una cartera con veinte dólares y un celular con la pantalla rota. Aunque, al parecer mi pánico y movimientos bruscos los alteró, porque un golpe en mi cabeza me hizo tirarme al suelo, mareado y dolorido, sintiendo manos esculcar mis bolsillos y viendo a esos hombres salir corriendo, antes de yo caer inconsciente.

Al despertar, tal vez una o dos horas después, la temperatura ya ha bajado considerablemente. No está helado, pero mi vestimenta no es la adecuada para los, quizá, 15°C que ya hacen. Y, bueno, mi ciudad no es la más fría, su temperatura mínima es de 20°C durante el invierno, no estoy acostumbrado a sentir más frío que eso.

Mis dientes castañean al segundo que proceso la temperatura. Me levanto con un ligero mareo, observando mi desolado alrededor, todos se habían ido, puede que a buscar refugio, el cielo seguía tan oscuro como antes, ¿qué pasó con el Sol? ¿Por qué dejó de brillar? No estoy seguro de qué pasará ahora, o qué tanto tiempo tenemos para resolverlo, pero sé que debo encontrar un refugio yo también, y a más personas, mis posibilidades de sobrevivir serán mayores si no estoy solo.

Sobrevivir. ¿A qué, con exactitud?

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⏰ Last updated: Sep 10 ⏰

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