Capítulo 1 - Parte 1 Donde algo termina... y algo empieza

2 1 0
                                        

El semáforo no quería cambiar.

Parpadeaba, titubeaba, como si supiera que lo que estaba a punto de ocurrir no debía suceder.

La calle estaba casi vacía. El asfalto reflejaba las luces amarillas como un espejo roto. El aire era frío, demasiado frío para una madrugada tranquila.

El joven se detuvo en medio de la acera.

Había algo en el ambiente que no podía explicar. Una presión en el pecho. Una sensación de estar a punto de recordar algo que jamás había vivido.

Entonces la vio.

La chica.

Al otro lado de la calle.

Cabello oscuro, movido por el viento. Una mochila colgada de un hombro. Ojos que buscaban algo... o a alguien.

Sus miradas chocaron.

Y el mundo se quedó en silencio.

Ella lo miró como si intentara descifrarlo. Él la miró como si ya la hubiese perdido antes.

Ella dio un paso.

Él no pudo moverse.

Ambos dudaron.

Ambos sonrieron débilmente, como si una vieja memoria intentara despertar.

Un motor rugió a lo lejos.

El sonido creció.

Se hizo más cercano.

Más peligroso.

Y entonces...

¡CRASH!

Un camión apareció desde la nada. El impacto fue violento, definitivo. Metal doblándose. Un cuerpo desapareciendo entre ruido y miedo.

Un silencio que llegó demasiado rápido.

Y la escena...

Se rompió.

CORTE

Año 1984.

El sol entraba débilmente por una ventana sucia, dejando pasar una luz amarillenta que apenas iluminaba el cuarto.

Adrián Cruz despertó con una sonrisa que no entendía ni él mismo.

Estaba acostado en una cama estrecha, con sábanas que ya no eran blancas. El ventilador del techo giraba lento, como si estuviera cansado de existir.

Una gota de agua caía rítmicamente desde una grieta del techo.

Ploc.
Ploc.
Ploc.

Adrián la observó durante unos segundos.

—Eres lo único constante en mi vida —le dijo a la gota.

Rió solo.

No porque fuera feliz.
Sino porque si no se reía... algo dentro de él se rompería.

Se incorporó lentamente.

El suelo crujió bajo su peso. El cuarto olía a humedad, café frío y ceniza vieja. Había una silla con ropa tirada encima y una pequeña mesa con una taza sucia.

El espejo del baño estaba roto por una esquina.

Se miró.

Su reflejo era imperfecto, partido, casi simbólico.

—Mírate —susurró—. Un desastre con buena sonrisa.

Se peinó con los dedos. No tenía peine. Nunca lo necesitó.

Tenía ojos vivos.
Sonrisa fácil.
Y una tristeza que sabía esconder muy bien.

Ese era Adrián Cruz.

Un hombre irónico, divertido, seductor sin proponérselo, que hacía reír incluso cuando todo se estaba cayendo.

Sobre la cama estaba su guitarra.

La tomó con respeto.

Pasó los dedos sobre las cuerdas gastadas.

Tocó un acorde.

Desafinó.

—Como yo —murmuró.

Y aun así, siguió tocando.

Porque la música era el único lugar donde no se sentía roto.

Donde los sueños no mientenHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora