Hubo una vez...
En un pueblo situado en un verde valle, donde todos se conocen, todos se saludan y todos saben todo de todos. Donde se acostumbra ir tempranito por las mañanas por madera al cerro para encender el fogón y poder descansar del fuerte invierno que aquella vez se avecinaba.
Era noviembre, de un año que ya olvidé, pero algo que tengo bien presente es que entre las personas de la pequeña comunidad se hallaba un carpintero que, curiosamente, en aquel año, comenzó a encerrar su propia casa entre tablones de madera.
Yo me preguntaba quién era cada vez que pasaba por esa calle que olía a aserrín, aquello era un ambiente lleno de piezas hermosas de madera, pero por alguna razón, se percibía un ambiente triste, solitario.
Desde mi casa podía escuchar la cierra, los martillazos y el olor de barnizada, rara vez lograba ver entre las tablas a aquel hombre. Pude ver su cabello blanco, profundamente blanco y empolvado, y con unos ojos...ay, si yo les dijera que me decían esos ojos, una mirada azul profundas y amables, pero cansada.
Para diciembre, aquello era una cosa, pero barbara caray...lo que habia sido una casa hogareña de adobe y teja, ahora se encontraba cubierta de un cafe dorado, oliendo a pino y encino, con castillos tan altos que subrian el tejado, y tan solo una pequeña rendija por la puerta. Un palacio.
Esa misma tarde bajé al mercado, pues viviamos entre cerritos, con las botas sucias de tierra, de la roja, esa que se te pega en las suelas y tardas en quitar. Y mientras escogia un melon para llevar a la casa, escuche a las señoras hablando preocupadas.
''Pobrecito de Juan'' decia una.
''Que el señor se apiade de el'' decia la otra acomodandose el reboso de bolita.
Y esta sensacion tan fea me empezó a dar en el estomago, unos nervios y unas ansias que me llenaron de miedo. Me acuerdo que la cabeza me daba vueltas. ¿Le habia pasado algo?
Yo habia llegado apenas ese año, no era muy cercana a nadie, y dude en preguntar, asi que solo me alejé dando las gracias por la fruta.
Al medio dia pase frente a la casa, aquel fuerte se elevaba ocultando algo, pues se sentia la tristeza misma rondando el lugar. Me asome tantito nomas para escuchar, esa vez no hubo ni martillazos, ni la cierra...pero risas, se oia gente reir, dos risas debiles, pero presentes, que por un momento disipó toda soledad. De lejos trate de ver por la rendija, pero no vi nada de nada.
Se llegó el domingo, dia de ir a misa. Todos los fieles bajaban de sus casas a adentrarse a aquel recinto que para todos significaban paz. Ese dia me tocaba participar en las santas lecturas, y en la sacristia vi a Don Juan, frente al sacerdote incado de rodillas a pesar de su edad, las lagrimas rodaban por sus mejillas irritadas y pedia consuelo. El sacerdote le ayudo a levantarse y mirandolo con cariño le palmeó el hombro y murmuró ''Dios está con...''
Don Juan se puso el sombrero y se acomodo la chamarrita que traia puesta, y se fue. A pasos lentos, pero fuertes, llenos de caracter.
Bajé el lunes a las cuatro de la mañana para ir al molino pa las tortillas, la brisita de la mañana se sentia amena, con una tranquilidad bien bonita. Y cuanto mas me iba acercando a la casa de Don Juan, un bolero se hacia presente en toda la calle...el reloj.
Me detuve frente a la puerta, y la luz amarilla del foco salia por la rendija de la puerta, y unas voces roncas y bien afinadas se hicieron presentes, seguida de algunos martillazos. Me quedé ahi escuchandolo cantar, y senti un nudo en la garganta cuando la voz se le quebró a el, y lloré. Comparti su dolor, su tristeza amortiguada por cada clavaso, a travez de ese castillo de madera que lo separaba de la paz.
El martes por la mañana...fue la mañana que entendí todo. Los martillazos, las lagrimas, las ultimas risas. Ese dia amanecio acompañado de luces de velas, de agua bendita y de flores blancas. De cantos, de compañia.
Su esposa yacia dormidita en ese autaud recien hecho, barnizado con delicadeza y cubierto de flores..tantas flores. Toda la comunidad lo acompañaba en su tristeza, y aun asi yo me sentía tan lejos, como si no sintiera su dolor mio mismo. La misa se me hacia eterna, todos en silencio, uno pesado. Y el seguía sentado, ahi a un lado de aquella bella mujer, que me habian dicho que el habia querido arreglar, le habia puesto un traje blanco tan bonito, y le habia cubierto la cabeza sin pelito con una chalina de seda blancos. Tocaba el costado del ataud como si le estuviera tomando la mano, cabisbajo.
El camino al panteon fue dificil, yo iba con las demas mujeres cantando atras de el, pues no habian tenido hijos y no habia familia que los acompañase.
De un momento a otro todo se quedo en silencio, yo elevé la mirada del libro de canticos quitandome un poco el velo de encaje blanco que traia y le miré la espalda. Y le canté, le canté aguantandome las lagrimas, le canté aquel bolero ultimo que habian esuchado juntos, apretandome los labios. Pero no volteó, solo se me unió con su voz ronca de tanto llorar.
Tuve miedo de acercarme al final de todo, tuve verguenza, y no pude. El se quedó ahi sentado al lado de la cama eterna, hablandole por ultima vez, y luego, le empezó a cantar.
Lloré yendome por el camino de terraseria, tocandome el pecho queriendo suspirar de dolor y quitarme aquel pesar y aquella temblorina.
Desde ese dia, ya no habia ruido, no hubo gente yendo por madera, no hubo boleros ni olor a barniz. Solo soledad. Me entré que su castillo habia sido para ocultar la tristeza de su cariño, y la suya misma, que ella se habia quedado sin mirada por la enfermedad mortal y no pudo volver a ver el rosotro que le amaba tanto, pero el olor a madera, a barniz, a encino, le recordaba a su amor, su voz, sus ojos azules. La rodeo de él, de su aroma, de su cariño, de lo mas fuerte que tenia.
Yo me fui del pueblo tres dias despues, pues no aguanté tanta tristeza, no aguanté la verguenza, y hui, sin despedirme de nadie. Tomé mis cosas y me subi en el primer camion que salió de ahi. Cobardía y ganas de llorar fue lo que sentí por muchos años.
Ahora yo le escribo, estando sola en otro pueblo, pero siempre rodeada de aquel olor a aserrin. En cada aniversario luctoso, Don Juan me manda alguna figura de madera, alajeros, muebles. Habia conseguido mi paradero a través del parroco, que compartía sacerdocio con la comunidad donde yo ahora vivía. Me llenaba de su gratitud, y la tristeza se habia ido, se disipó. Mi casa se llenaba del amor fraternal, de flores y se llenaba de boleros...
Poco a poco envolviendome tambien en un palacio de madera.
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El palacio de madera
General FictionMañana pondré otra tabla, luego otra tras otra, de forma que no puedan ver mi dolor.
