#1 El encuento mas estupido del mundo

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Stephenie tenía un solo objetivo ese día: no hacer el ridículo.
Y como siempre, fracasó.

Había ido a Venice Beach con su amiga Vanessa para distraerse del estrés, de la vida, de los ex idiotas y del maldito diseño gráfico que la estaba volviendo loca. El sol estaba fuerte, la arena caliente y ella solo quería un día normal.

Pero claro, lo normal nunca iba con ella.

—Steph, por favor, intenta no caerte hoy —le dijo Vanessa mientras ajustaba sus lentes.

—Oh, por favor, ¿por qué siempre piensan que voy a caerme? —respondió Stephenie indignada.

Dos segundos después se tropezó con una tabla de surf que ni siquiera estaba en su camino.
—¡Mierda! —exclamó, tratando de recuperar el equilibrio como si estuviera en una coreografía rara.

Vanessa solo la miró con cara de “te lo dije”.

Stephenie quería desaparecer debajo de la arena cuando escuchó una voz detrás de ella, una voz masculina, suave y con ese tono confiado que solo tienen los que están acostumbrados a que el mundo los mire.

—¿Estás bien? —preguntó.

Cuando se giró, Stephenie casi se ahogó con su propia saliva.
Porque ahí estaba.
Ahí, frente a ella, con el sol dorando su piel y un gorro que apenas cubría su cabello oscuro:

Mateo Álvarez.
Sí.
Ese Mateo Álvarez.
El famoso. El cantante. El actor. El chico que salía en todas las revistas. El que las chicas suspiraban. El que Stephenie había visto en TikTok diciendo “buenos días” a la cámara y parecía hecho en un laboratorio por ángeles.

Y ella…
Ella estaba parada ahí como una idiota, con arena en las rodillas y el orgullo golpeado por una tabla de surf.

—¿Yo? Sí, sí… súper bien. Perfecta. Genial. Es que… —balbuceó— la tabla… ya sabes… atacó.

¿¡Por qué mierda estaba hablando así!?

Mateo soltó una risa suave, esa risa de famoso que parece editada profesionalmente, y se agachó para alcanzarle la botella de agua que se le había caído.

—Esa tabla tiene mala actitud, ¿eh? —bromeó.

Stephenie sintió que el alma se le salía del cuerpo.

—Sí, seguro me odia —respondió ella, porque su cerebro decidió que responder estupideces era buena idea.

—¿Te puedo dibujar? —preguntó de pronto, levantando una libreta.

Stephenie parpadeó.
—¿Qué?

Mateo sonrió, esa sonrisa que ella había visto miles de veces en fotos, pero que en persona… mierda, era diez veces peor para su corazón.

—Estaba dibujando el paisaje, pero… no sé. La forma en que el sol cae sobre tu cabello se ve genial. ¿Puedo?

Su amiga, al lado, parecía a punto de gritarle: “¡Di que sí, estúpida!”.

Stephenie tragó saliva. Ella no creía en cuentos de hadas, ni en romances de Wattpad, ni mucho menos en historias donde un famoso se fijaba en una chica torpe que se tropieza con tablas de surf.

—¿A mí? —preguntó, como si estuviera confirmando que Mateo no estaba ciego.

—Sí. A ti —respondió él, con esa tranquilidad que le heló las piernas.

Y ahí estaba ella:
sentándose frente a un hombre que millones deseaban, mientras él la miraba como si fuera alguien totalmente normal… y totalmente interesante al mismo tiempo.

Mientras Mateo dibujaba, Stephenie no sabía si quería morirse de pena, salir corriendo o quedarse ahí para siempre.

Porque, joder, por primera vez en su vida…
un famoso la estaba mirando como

Ese verano en Los Ángeles Stories to obsess over. Discover now