Capítulo 1

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El nudo en mi estómago ya no era del tamaño de una pelota de tenis. Qué va, ojalá fuera eso. Era del tamaño del puto avión entero, con alas, motores y el carrito de las bebidas incluidos. No sé en qué maldito momento se me cruzó el cable y accedí a esto. A estar encajonada en un asiento de turista rumbo a Mallorca, con el cinturón tan apretado que me estaba cortando la circulación de las piernas, mientras Hugo, el novio de Maca, se empeñaba en explicarme con una sonrisa de suficiencia lo improbable que era palmarla en un accidente aéreo.

— O sea, Anna, piénsalo fríamente — decía, tan tranquilo, moviendo las manos como si estuviera contando el chiste del año mientras yo clavaba las uñas en el reposabrazos —. Estadísticamente hay una probabilidad de una entre once millones de que el avión se estrelle. Es más fácil que te caiga un rayo paseando por la Gran Vía.

— Genial, Hugo — respondí, con la vista clavada en la ventanilla, intentando ignorar que estábamos flotando a diez mil metros de altura sobre la nada —. Una posibilidad entre once millones. Me dejas súper tranquila, de verdad. Ahora ya puedo dormir como un bebé.

— Pero si llega a pasar — añadió con ese tono animado, casi didáctico, que me daban ganas de estrangularlo allí mismo —. Es muy poco probable que sobrevivas. El impacto es brutal.

—  Tú estadísticamente eres un capullo, pero ahí estás, desafiando a las matemáticas y a mi paciencia — repliqué con la mandíbula tan tensa que sentía que me iba a crujir en cualquier momento.

Hugo tenía un sentido del humor que se alimentaba de mi ansiedad como un vampiro. En cuanto el tren de aterrizaje se había retraído con ese golpe sordo y mecánico que para mí sonaba al inicio del apocalipsis, él había comenzado su particular recital sobre la moralidad de las aseguradoras y las «probabilidades lamentablemente bajas» de que nos tocara el premio gordo en la lotería de la muerte.

Sabía perfectamente que mi pánico a volar no era una tontería pasajera; era una fobia con cimientos de hormigón armado. Yo siempre había sido de tierra firme, de controlar la situación, de coche o AVE, cualquier cosa que tuviera ruedas pegadas al asfalto y donde yo pudiera decir "para, que me bajo". Pero ahí arriba, no controlaba nada.

Pero Belén había insistido, y a Belén, cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no hay Dios que le diga que no. Una escapada de fin de semana a Mallorca. Ella, mi socia y mejor amiga desde que compartíamos bocadillos en el patio del colegio, la reina de las decisiones impulsivas y los planes ejecutados al milímetro (aunque solo en el curro, porque su vida personal era otra historia), lo había organizado todo. Belén era un torbellino, una tía extrovertida y caótica que huía del compromiso como de la peste, pero que, irónicamente, ahora estaba felizmente enredada en una relación poliamorosa que requería un calendario de Google casi profesional para no liarla. Ella se reía de mis miedos, claro, pero siempre desde ese cariño bruto que nos teníamos.

— Deberías haber dejado tus dramas en Madrid, tía, que te van a cobrar exceso de equipaje — me soltó, mirándome de reojo como si pudiera leer cada pensamiento catastrófico de mi mente.

—¿Qué dramas? Yo no tengo dramas — me defendí, aunque mi voz sonó un poco más aguda de lo normal.

— Ya, claro. Los de Paula, los de tu cabeza que no para nunca, los de "nadie me entiende y todo es una mierda". Este finde es para desconectar, joder. Para que se te olvide hasta tu nombre.

— Belén, Paula y yo estamos bien — mentí. Y lo hice tan mal, con tan poca convicción, que hasta a mí me dio vergüenza ajena escucharme.

Ella me miró con esa expresión de "no me cuentes milongas", como quien observa a un niño con la cara manchada de chocolate jurando que no ha tocado la despensa.

Noche de primaveraOù les histoires vivent. Découvrez maintenant