Durante siglos busqué la muerte como quien busca un puerto después de una salvaje tormenta. Nadie entiende lo que significa vivir demasiado: la luz ya no calienta, las noches dejan de ser refugio, y la sangre —esa promesa de eternidad— termina con un sabor amargo a rutina. Yo ya no era un monstruo: era un cansado.
Creí que el fin llegaría por agotamiento, como un fuego que se apaga en silencio. Hasta que la vi por primera vez.
Estaba sentada en la escalinata de la iglesia, como si el mundo acabara de confesarle un secreto que no sabía digerir. Tenía ojeras, la postura encorvada de quien lucha contra algo invisible. Olía a enfermedad, pero no de un mal común: era a incertidumbre, a algo que el tiempo no había querido tocar del modo correcto.
Me acerqué sin esperanza. Si la muerte no venía a mí, quizá yo podía acercarme a ella.
Le pregunté su nombre. Me dio uno que olvidó al día siguiente. Fue la primera señal. La segunda y más inquietante venía con cada amanecer: cada vez era más joven. Los surcos de su rostro se alisaban, los gestos se volvían más ligeros, como si cada noche le arrancara un año de vida. Pero no retrocedía solo el cuerpo: también la memoria, las costumbres, la voz con la que se hablaba a sí misma.
Y sin embargo, yo permanecí ahí. Por primera vez en siglos, quise quedarme.
Me enamoré del modo en que pronunciaba verdades sin saber que ya las había olvidado antes. Me enamoré de cómo me miraba, aunque a veces lo hiciera con extrañeza, como si yo fuera un libro que sabía leer pero no recordar. Me enamoré incluso de su retroceso: ese deshilarse suave que la hacía más ligera cada día.
Yo, que siempre viví hacia adelante sin poder detenerme, encontré consuelo en verla regresar hacia sí misma.
Una noche me preguntó:
—¿Qué crees que me está pasando?
—El tiempo te está llamando —respondí—. Pero lo hace al revés. ¿Será que le debes algo? ¿Tienes alguna deuda que pagar para que te deje en paz?
Le expliqué lo que veía: su vida no avanzaba hacia un final, sino hacia un origen. Ella lo recibió con una serenidad que yo, inmortal y desgastado, jamás alcancé durante mi existencia en la tierra.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Hacia dónde vas?
No supe responderle. Hacia nada, pensé. Hacia un silencio eterno que me rechaza. Pero ella me tomó la mano, sin saber que las mías habían destruido ciudades, y dijo:
—Quédate un rato más. Aunque yo ame distinto cada día.
Me quedé. Y fue suficiente.
La amé mientras se desprendía de sus miedos. La amé cuando olvidó antiguas heridas. La amé cuando empezó a hablar más suave, como si el mundo todavía fuera nuevo. Y la amé, sobre todo, cuando dejó de recordarme.
No hubo tragedia en eso. Comprendí que el amor no era una línea recta que se construía con memoria, sino un espacio donde se puede caer y caer sin llegar al fondo.
A medida que ella rejuvenecía, yo dejaba de desear la muerte. Su retroceso no me curó, pero me reveló algo que olvidé siglos atrás: incluso los inmortales pueden renacer si se quedan el tiempo suficiente a mirar a alguien volver al inicio.
Ahora la cuido mientras duerme. Pronto ya no sabrá caminar. No recordará cómo pronunciar palabra alguna. Me mirará como se mira a una sombra amable.
Y cuando llegue a su origen, cuando vuelva a ser apenas una chispa, tal vez el universo la arroje otra vez al mundo. Y yo estaré aquí, recordándola y buscándola de nuevo, sea quién sea. Listo para seguir enamorado. Envidiándola por el regalo que jamás tendré.
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El origen que nos separa
RomanceUn vampiro cansado de vivir encuentra a una mujer que rejuvenece cada amanecer y olvida quién es. Mientras ella retrocede hacia su origen, él descubre, por primera vez en siglos, una razón para quedarse.
