El sol caía a plomo sobre las afueras de Camposolo. Las calles polvorientas brillaban bajo
el dorado del mediodía, donde campesinos y mercaderes caminaban sin prisa, ajenos al
eco de golpes y gritos que rompía la calma en un rincón apartado.
-¡Hyaaaa! -rugió un niño de apenas diez años, lanzándose contra un anciano con una
ráfaga de puñetazos.
Kai, con ojos encendidos de determinación, arremetía una y otra vez. Sus pies levantaban
polvo al moverse, sus manos buscaban con desesperación un hueco en la guardia del
hombre. Pero su adversario, Ben Zoan, permanecía inmóvil como una montaña.
De pronto, un solo movimiento seco. El puño de Ben impactó en el abdomen del chico y lo
mandó volando hasta chocar con un árbol cercano.
-¡Hasta cuándo vas a seguir con la misma táctica, mocoso! -bramó el anciano,
acercándose con los brazos cruzados-. Es tan predecible que hasta un burro la leería.
Kai se levantó con la ropa llena de polvo, con la frente arrugada entre rabia y burla.
-¡Pero abuelo! ¿Por qué tengo que cambiarla? ¡Me gusta!
Ben suspiró, llevándose la mano a la frente como si cargara con el peso del mundo.
-Ah... no tienes remedio.
Un rugido retumbó en ese momento: no era un grito, era el estómago del niño.
-¿Tienes hambre? -preguntó Ben con una ceja levantada.
-¡SÍÍÍ, y mucha! -gritó Kai, los ojos brillándole como si acabara de ganar una pelea.
Ben bufó, aunque una sonrisa se le escapaba por la comisura de los labios. Le extendió
unas monedas.
-Anda donde Yukio por unas hogazas. Y escucha bien: lo que sobre, gástalo en lo que
quieras... pero no tardes. ¡Yo también tengo hambre!
Kai asintió con entusiasmo y salió corriendo hacia el pueblo, levantando una nube de polvo
tras de sí. Ben lo siguió con la mirada, murmurando apenas audible:
-Se parece tanto a sus padres... si tan solo pudieran verlo.
El pueblo de Camposolo lo recibió con las miradas de siempre. Algunos aldeanos lo
observaban con frialdad, otros con un desprecio disfrazado en silencios. Kai fingía no
notarlo, pero por dentro sentía el pecho apretado.
La panadería Rosa Pan apareció ante él como un oasis. Lina, la hija del panadero, lo saludó
con una sonrisa cálida.
-¡Kai, buenos días!
Kai pidió las hogazas, y antes de irse, Lina metió un dulce en la bolsa.
-No hagas caso a lo que digan los demás. Yo también sufrí burlas de niña -le dijo,
mirándolo a los ojos.
-¿Y dejaron de molestarte? -preguntó él, genuino.
Lina sonrió con picardía.
-Sí. Porque le rompí la nariz al idiota que me molestaba.
Kai abrió los ojos como platos. Lina rió.
-El punto es que los ignores. Si no les das importancia, se cansarán. Ya verás.
De regreso, tres chicos mayores lo interceptaron.
-Mírenlo, el mocoso raro -dijo uno, empujándolo con el hombro.
-¿Qué haces caminando por aquí, monstruo? -añadió otro con veneno en la voz.
Kai recordó las palabras de Lina. Enderezó la espalda y siguió de largo. No dijo nada.
El silencio de Kai los enfureció más. El tercero recogió una piedra y la lanzó con rabia.
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Fire Fist
ActionKai siempre pensó que era un chico normal... hasta el día en que su cuerpo ardió en llamas y descubrió que podía usar el fuego como si fuera parte de él. Con un poder que apenas entiende y un sueño demasiado grande para su pequeño pueblo, Kai decide...
