Prólogo

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Abrí los ojos con lentitud. Una luz intensa me golpeaba de lleno en el rostro... y un dolor punzante, clavado justo en mi sien, martilleaba mi conciencia.

—Ugh... —un gemido se me escapó al llevarme la mano al rostro, masajeando mis párpados con la punta de los dedos.
—¡Marek!

Una voz femenina resonó en mis oídos: dulce, cálida, genuinamente preocupada... pero, en ese momento, cada sonido era una tortura; el latido en mi cabeza se intensificó al escucharla.

—Ugh... habla más despacio —murmuré, irritado por el dolor.
—S-sí...

Su expresión se apagó al instante, como si mis palabras hubieran apagado una llama.

Inhalé hondo e intenté abrir los ojos poco a poco mientras me frotaba la frente. Entonces, la sorpresa me recorrió como un escalofrío. Aquella luz que no me dejaba ver no venía de un foco, como había supuesto... sino del sol mismo. Sus rayos atravesaban un gran balcón, enmarcado por dos cortinas pesadas a cada lado, que se mecían suavemente por la brisa de la mañana.

Me incorporé un poco. No estaba en un hospital. Tampoco en mi casa. Ni siquiera sentía que estuviera en mi país. La habitación era inmensa, con murales elaborados, columnas decoradas y mobiliario que mezclaba la elegancia medieval con detalles extrañamente modernos, como si alguien hubiera fusionado siglos en un solo lugar.

Mientras la conmoción inicial se iba disipando, repasé el entorno con detenimiento: mesas talladas a mano, estantes repletos de libros encuadernados en cuero, cuadros colgados con marcos ornamentados, y objetos que no podía identificar... reliquias, tal vez, o artefactos de otra época.

Entonces la vi.

La mujer que me había llamado antes estaba justo allí, aunque no me miraba directamente. Era joven, quizá un par de años mayor que yo. Su cabello castaño caía lacio por sus hombros, y su porte tenía algo regio, casi aristocrático. Su rostro delicado, con mejillas ligeramente redondeadas, le confería un aire tierno; aun así, lo primero que noté fue cómo mantenía la vista baja, dejando que sus ojos —de un verde ámbar tan peculiar que incluso desde allí parecían brillar— quedaran apenas a la sombra de sus pestañas.

Bajo ellos podía distinguir un rubor suave, natural... aunque había algo más, una tensión apenas perceptible en sus manos y en la forma en que sostenía la respiración. Me quedé observándola unos segundos que parecieron eternos, hasta que comprendí que su expresión no era de simple preocupación: había en ella un matiz sombrío, como si no se atreviera a sostener mi mirada. Ese leve temblor, casi imperceptible, decía más que cualquier palabra.

—Su majestad, ¿ocurre algo? —preguntó una voz anciana desde el pasillo.
—Ah, sí... por favor, pase. Mi marido al fin despertó —respondió ella con una voz que, pese al alivio evidente, dejaba entrever un sutil nerviosismo.

Me quedé helado.

—¿Ma-marido...?

Sentí que la realidad se desmoronaba bajo mis pies. Nada de lo que estaba viendo, oyendo o sintiendo pertenecía al mundo que conocía.

Reencarné como un Padre CruelStories to obsess over. Discover now