El cielo sobre Umbrya no conocía el azul. Las nubes se arremolinaban en grises y púrpuras oscuros, siempre en movimiento, como si el reino mismo respirara tormenta. Desde los balcones de piedra negra, los nobles y soldados observaban en completo silencio el Puente de la Luz encenderse.
La estructura centenaria, hecha de cristal viviente y energía pura, se tendía como un hilo tenso entre los dos mundos. Solo se activaba cuando ambos reinos pactaban un alto el fuego.
Y en mil años, eso había ocurrido... nunca.
Hasta ahora.
A lo lejos, una procesión avanzaba cruzando el puente con paso solemne. Las armaduras de los soldados de Solvenya brillaban como espejos bajo el fulgor natural del camino. Estandartes blancos y verdes ondeaban con la brisa, y en su centro, montadas sobre corceles de crines plateadas, avanzaban dos figuras inconfundibles.
Reina Lysandra Elowen, vestida en capas vaporosas de seda clara, la frente erguida como si caminara sobre raíces invisibles. A su lado, la princesa Serelyn.
Los ojos de todo Umbrya se posaron en ella.
Cabello rojizo recogido en una trenza sobre el hombro. Túnica de batalla blanca con bordados dorados. Arco cruzado en la espalda. Corona de madera viva y plata, sencilla pero firme. Se movía con calma, como si no necesitara alardear de poder. Como si ya lo llevara en la piel.
Desde lo alto de la escalinata imperial, Nyxen Draymor no parpadeó al verla. Sus puños cerrados tras la espalda, su capa negra agitada por el viento, y sus espadas cruzadas a la espalda como un aviso. Observaba sin pestañear, sin expresión.
No conocía a la princesa. Pero algo en ella no encajaba del todo con lo que esperaba.
El rey Tharion Draymor dio un paso al frente.
—Umbrya da la bienvenida a Solvenya —declaró, su voz profunda y firme—. Que esta tregua no sea solo palabra. Que la sangre que compartiremos en batalla no sea la nuestra.
La reina Lysandra desmontó primero. Se inclinó con respeto, sin sumisión.
—Mi pueblo está listo para luchar junto al tuyo, rey Tharion. Contra lo que venga... o lo que regrese.
Levantó la vista. Un destello negro cruzó el cielo en silencio, como una grieta suspendida.
Serelyn desmontó después. Rozó brevemente el cuello de su corcel, le susurró algo inaudible, y comenzó a caminar. Cada paso sobre el cristal encendido parecía emitir un leve resplandor, como si la luz la siguiera.
Nyxen no desvió la mirada. Observaba con la atención de quien está acostumbrada a calcular amenazas. Pero no percibía amenaza.
Percibía... algo más.
Cuando Serelyn se detuvo frente a ella, se miraron por primera vez.
—Princesa Nyxen —dijo Serelyn, con voz clara—. Gracias por recibirnos.
Nyxen tardó una fracción en responder. Mantuvo la postura firme, la expresión neutra.
—Bienvenidos a Umbrya.
Nada más.
Serelyn asintió con la misma sobriedad. No buscaba provocar. No buscaba agradar. Solo... observar.
Nyxen pensó que sus ojos no eran tan claros como los describían. No eran luz. Eran fuego templado. Paciente.
Tharion dio un paso al frente.
—Que la paz pactada comience con la unión de ejércitos y la mezcla de sangre en entrenamiento. Umbrya ha dispuesto habitaciones para cada miembro de la delegación. El entrenamiento conjunto iniciará al amanecer.
Lysandra asintió. Sus ojos recorrieron brevemente a Nyxen, con un destello leve de reconocimiento. Como si viera algo que aún no estaba del todo allí.
Los soldados comenzaron a avanzar hacia los portones. Saludos formales, movimiento de escuadrones, órdenes pronunciadas en voz baja.
Pero Nyxen y Serelyn no se movieron.
Seguían ahí, una frente a la otra.
No había desafío en sus miradas. Ni juicio. Solo... lectura mutua. Silenciosa.
Una ráfaga de viento agitó sus capas. Las coronas brillaron bajo el cielo nublado. Las espadas tintinearon en sus fundas.
Y fue en ese instante —apenas perceptible, casi privado— que el suelo vibró levemente bajo sus pies.
Solo ellas lo sintieron.
Nyxen desvió la mirada un segundo después, girándose para acompañar al rey.
Serelyn la siguió con la vista unos pasos más.
Lo que estamos despertando —pensó Nyxen— no es solo guerra.
Y Serelyn, sin saber por qué, sintió que aquello que ardía en la princesa de Umbrya... no era oscuridad.
Era otra cosa.
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Un reino por tu mirada
FantasíaCuando la princesa de las sombras y la hija del sol se cruzan, el mundo tiembla. Umbrya y Solvenya libran una guerra ancestral, pero entre las ruinas del deber nace un amor imposible. Una guerrera marcada por la oscuridad. Una heredera de la luz. Y...
