Alberto

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Estaba en un taxi dirigiéndome al aeropuerto de Quito, ubicado en un pequeño pueblo lejos de la ciudad. Por la ventana se lograba visualizar cómo el paisaje cambiaba; por un momento estaba lleno de casas con locales comerciales, hasta que todo se volvió una mancha verde borrosa. Mientras distinguía los diferentes árboles de la carretera, venían a mi mente sus últimas palabras: "Vete, es una buena oportunidad". Irme era fácil, pero ver su rostro sin ningún ímpetu de tristeza tras la noticia de mi partida me hizo dudar de algunas palabras que nos dijimos veranos pasados. Para ser sinceros, esas palabras me animaron a tomar una decisión que podría cambiar mi vida. Sus palabras dolieron; sin embargo, me dieron una nueva perspectiva. No podía quedarme en un lugar donde no iba a crecer, crecer en todas las formas que debía.

—Servido —escuché la voz del taxista, un hombre de unos cincuenta y tantos años. No sabía su nombre ni su edad exacta; lo que intuía era su devoción por la Virgen del Quinche y el fútbol. Todo el trayecto estaba escuchando un partido de Barcelona Sporting Club contra el Deportivo Emelec; me pareció escuchar algunos goles narrados por el comentarista de la radio, y las reacciones de mi conductor eran un tanto apasionadas. Dolía saber que sería la última persona que vería después de mi partida.

—Gracias. ¿Cuánto es?

—Treinta y cinco dólares —dijo. Suma exagerada teniendo en cuenta que un Uber podría costarme la mitad, pero eso sucede cuando sales corriendo del departamento de aquella persona que pensaste que te iba a retener entre sus brazos. Sin ninguna sorpresa, noté que su último acto ante mi partida fue llevarse un vaso de whisky a la boca para soltar un "Te irá muy bien en Buenos Aires".

—Quédese con el cambio —dije mientras salía del vehículo para sacar dos maletas grandes y una pequeña. Al bajarlas, saqué mi celular y noté que tenía llamadas perdidas de muchos conocidos, incluso una de mi padre. Me coloqué mis headphones y reproduje una playlist de Green Day.

Estaba en la fila para registrar las dos maletas grandes. Las miraba con tristeza, porque sentía lástima de mí mismo; dentro estaban mis 29 años, como si todo lo que viví no significase nada para nadie ni para él. Alcé la mirada para saber cuántas personas faltaban para el registro del equipaje y frente a mí estaba una pareja de novios; ella lo miraba tiernamente y él le dio un beso en los labios rosas. Apuesto que ese labial era de fresa o cereza; tras ese acto romántico ambos sonrieron en medio del beso. Bajé nuevamente la mirada para sacar mi celular y me fijé en su mano: ella tenía un anillo. Era obvio, unos recién casados yendo a su luna de miel. Me preguntaba si iban al mismo destino que yo.

Según mis amigos, Buenos Aires es una ciudad hermosa; me decían que me iba a encantar. Ellos sabían de la oferta laboral que me dieron hace un par de meses, pero no les dije que mi partida se adelantó. Emily, una compañera de trabajo que tras años de conocernos se volvió una íntima amiga, estaba organizando una fiesta de despedida. ¿Cómo podría celebrar algo que dolería? Para mí iba a ser un funeral con cuerpo vivo. Si les hubiera dicho, todos estarían aquí con carteles y lágrimas en los ojos. Todos menos él.

La fila para la entrega de las maletas que iban en bodega se detuvo. La pareja que tenía frente a mí regresó a verme, ambos estaban confundidos; ella señaló que me saqué los headphones.

—¿Lo conoces?

Tras su pregunta, regresé mi mirada a quien gritaba con todas sus fuerzas.

—¡Alejandro, espera! —esa voz se me hizo familiar. Era él, era Alberto—. Espera, llego siempre tarde a todo. Pero esta vez supongo que llegué a tiempo. No te vayas, no te vayas aún. Sé que es egoísta, pero si te vas, matarás algo, algo que tú y yo logramos construir. Sé que puede ser tarde, pero quédate, hasta tener una solución para estar juntos, porque quiero que estemos juntos.

Debería QuedarmeWhere stories live. Discover now