Cap. 1:Primeros cruces

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Maxi estaba recostado en la pared del pasillo, revisando su celular con una expresión de "no quiero hablar con nadie hoy". La secundaria a veces se sentía como un laberinto de miradas y comentarios que no pedía, y hoy era uno de esos días.

De repente, alguien se le acercó con una sonrisa enorme.

—¡Hola! ¿Te puedo sentar aquí? —dijo una voz dulce, acompañada de un gesto amable hacia el banco vacío a su lado.

Maxi levantó la vista y se topó con Abby: alta, de cabello brillante y ojos que parecían sonreír antes que su boca.

—...Supongo —respondió él, con un leve encogimiento de hombros, intentando no mostrar demasiada cortesía.

Abby se sentó y abrió su mochila como si nada, sacando libros de colores y anotadores que parecían brillar por sí solos.

—Soy Abby, recién me cambié a este colegio —dijo, extendiendo la mano.

Maxi la miró un segundo antes de estrechar su mano, su gesto todavía serio:
—Maxi.

Hubo un silencio incómodo, roto por un pequeño comentario de Abby:

—Vaya, tu mochila tiene pins muy bonitos. Me encantan las cosas con humor —dijo señalando uno de los pins de un gato haciendo caras raras.

Maxi arqueó una ceja, sorprendido de que alguien se fijara en algo tan mínimo.
—Sí... me gustan los gatos y las cosas raras —respondió, con un pequeño tic de sonrisa que apenas logró esconder.

Abby se rio, genuina y contagiosa.
—¡Perfecto! Creo que nos vamos a llevar bien.

Maxi no respondió de inmediato, pero algo en la forma en que ella sonreía lo hizo sentir un poco más liviano. Quizás, solo quizás, tener alguien así cerca no sería tan malo.

Al final del día, terminaron asignados al mismo grupo para el proyecto del velador. Maxi rodó los ojos, pero no pudo evitar sentir que la jornada no había sido del todo mala.

Mientras caminaban hacia la clase, Abby habló sin parar sobre sus cosas favoritas, y Maxi, aunque no decía mucho, escuchaba con atención. Por primera vez en mucho tiempo, alguien parecía realmente interesarse en él.

Y eso, aunque él no lo admitiera, le hacía bien.

—¿Y tú? —preguntó Abby mientras abría la puerta del aula. —No me digas que eres uno de esos chicos que nunca ríen.

Maxi levantó una ceja y sonrió apenas, con un toque irónico:
—Podría decirse que sí... pero tú pareces inmunizarme contra eso.

Abby soltó una pequeña carcajada que llenó el pasillo de una energía inesperada. Maxi se sorprendió de lo bien que se sentía al escucharla reír.

Ya dentro del aula, mientras buscaban un lugar para sentarse, Abby comentó sobre las clases, los profesores y algunos rumores del colegio. Maxi, normalmente reservado, se dio cuenta de que estaba hablando más de lo que esperaba, compartiendo detalles de su vida cotidiana que rara vez contaba. Cada palabra era medida, sí, pero aún así sentía que podía confiar un poquito más en alguien que en la mayoría de los demás.

—Entonces... ¿siempre eres tan serio? —preguntó Abby mientras sacaba su cuaderno y empezaba a organizar los materiales del proyecto.

—No siempre —respondió Maxi, encogiéndose de hombros. —Solo cuando no quiero que la gente se meta donde no debe.

—Ah... entiendo —dijo Abby con un gesto comprensivo. —Pero parece que contigo se puede hablar de cualquier cosa.

Maxi se tensó un poco, sorprendido por la sinceridad de ella. No estaba acostumbrado a que alguien percibiera las cosas sin que él tuviera que explicarlas. La idea le generó un cosquilleo extraño en el pecho, algo que no entendía del todo, pero que no podía negar.

La clase comenzó, pero Maxi apenas prestaba atención a las explicaciones del profesor; más bien, sus ojos seguían a Abby mientras tomaba notas con cuidado, mordisqueando el extremo de su lápiz cuando estaba concentrada. Maxi nunca había notado cuánto podía importar la forma en que alguien hacía algo tan simple como tomar apuntes.

Cuando terminó la clase, Abby le preguntó si quería caminar juntos al recreo. Maxi dudó un segundo, evaluando si estaba listo para acercarse tanto, pero terminó asintiendo.

—Está bien —dijo él. —Supongo que podemos caminar juntos.

Abby sonrió como si hubiera ganado un pequeño premio, y eso hizo que Maxi sintiera algo que no esperaba: una especie de alegría silenciosa, que no necesitaba palabras para existir. Mientras caminaban, ella seguía hablando de cosas simples, pero Maxi escuchaba atentamente, absorbiendo cada gesto, cada risa, cada mirada. 

Por primera vez en mucho tiempo, alguien parecía realmente interesado en él. Y eso, aunque él no lo admitiera, le hacía bien. Le hacía bien porque le recordaba que no todos los vínculos dolían, que no todas las personas estaban listas para lastimarlo. Había una luz pequeña, tímida, en medio de su rutina diaria, y esa luz se llamaba Abby.

Cuando llegó el recreo, se sentaron juntos en un banco bajo el sol. Abby sacó una galleta de su mochila y le ofreció una. Maxi la tomó sin mucho entusiasmo, pero no pudo evitar pensar que aquel simple gesto había roto varias barreras que él mismo había construido.

—Prométeme algo —dijo Abby entre bocado y bocado. —Que no vas a cerrarte demasiado rápido conmigo.

Maxi la miró, divertido pero serio al mismo tiempo.
—No prometo nada, pero... puedo intentarlo.

Abby soltó una risa que parecía iluminar el patio entero. Maxi, por su parte, se permitió sonreír de verdad, dejando que una pequeña chispa de algo nuevo creciera dentro de él.

Y así, entre pasos lentos, palabras simples y gestos que parecían insignificantes, comenzó una amistad que ninguno de los dos sabía a dónde los llevaría. Pero Maxi, por primera vez en mucho tiempo, decidió dejarse llevar un poco.

Entre risas y silenciosStories to obsess over. Discover now