Nunca me habían gustado los espejos. No por superstición, sino porque me cuesta mirarme demasiado tiempo. Es como si, al hacerlo, algo dentro de mí empezara a moverse sin permiso. Pero cuando encontré aquel espejo en la subasta online, algo me atrajo. Decía “siglo XIX, marco de nogal, procedencia desconocida”. La madera estaba desgastada, casi negra, y el vidrio tenía un tono gris azulado que parecía absorber la luz. Me pareció hermoso, y también… distinto. Lo compré sin pensarlo mucho, convencida de que quedaría perfecto en mi nueva habitación universitaria.
El paquete llegó una semana después. El repartidor me miró raro, como si el objeto pesara más de lo que parecía. En la caja venía una nota escrita a mano:
> “No te reflejes más de lo necesario.”
Nada más. Ni remitente, ni firma.
Pensé que era una broma del vendedor. Sonreí, lo saqué con cuidado y lo apoyé contra la pared. Me vi reflejada: cansada, despeinada, con la camiseta arrugada de tanto estudiar. Pero por alguna razón, mi reflejo parecía… más nítido. Más vivo.
Esa noche no podía dormir. Desde la cama, el espejo se veía justo frente a mí, reflejando la habitación en penumbra. Apagué la lámpara, pero seguía notando el brillo tenue del vidrio. Cerré los ojos. Los abrí. Juraría que el reflejo parpadeó un segundo después que yo.
Me reí para quitarle importancia. “Estoy cansada”, me dije. Pero lo volví a mirar. Y volvió a hacerlo. Un retraso mínimo, apenas perceptible, pero suficiente para que un escalofrío me subiera por la espalda. Me levanté, acerqué la cara al vidrio, observé con atención. Nada. Solo yo.
Al día siguiente, intenté no pensar en eso. La universidad, los trabajos, la rutina. Todo normal. Hasta que, al volver por la tarde, noté algo extraño: el espejo estaba ligeramente girado, como si alguien lo hubiese movido. No lo recordaba así. Lo volví a colocar recto. Me senté a estudiar. Cuando me levanté, otra vez torcido.
“Quizá el suelo está desnivelado.” Pero no lo estaba.
Empecé a sentirme vigilada.
Los días siguientes fueron peores. A veces me parecía escuchar un leve crujido, como un suspiro saliendo del cristal. O creía ver una sombra cruzando fugazmente detrás de mí. Intenté grabarlo con el móvil, dejarlo toda la noche apuntando al espejo. Por la mañana, revisé el video: nada, solo silencio. Hasta el minuto veintitrés.
Un sonido.
Una respiración.
Y una voz susurrando mi nombre: “Noah…”
Tiré el móvil al suelo. Repetí la grabación una y otra vez. Sonaba como yo. Mi voz. Pero yo no había hablado.
Desde entonces no pude volver a dormir tranquila. Cada noche sentía una presencia, un peso, como si algo al otro lado del espejo esperara que lo mirara. Empecé a cubrirlo con una sábana, pero siempre amanecía en el suelo. Una madrugada la encontré cuidadosamente doblada sobre la silla, como si alguien la hubiera retirado con cuidado.
Soñaba con el espejo incluso cuando no lo veía. En mis sueños, el reflejo no era exacto: había pequeñas diferencias, gestos que no hacía, expresiones que no recordaba. A veces me sonreía. A veces me observaba llorar.
Una mañana, al despertar, vi una huella en el cristal. Una marca de mano, desde dentro. Pegué la frente contra el vidrio para verla mejor y, por un instante, sentí calor. Como si el espejo respirara.
Me asusté tanto que llamé a mi madre. Le conté por encima, sin entrar en detalles. Ella solo dijo: “Noah, cariño, no duermas tan poco. Estás alucinando.”
Colgué. Pero no era cansancio. Lo sabía.
Esa tarde, mientras me maquillaba, noté que mi reflejo sonrió sin que yo lo hiciera. Fue apenas un segundo, pero lo juro, lo vi. Y fue suficiente para que el corazón me diera un vuelco. Retrocedí. Me golpeé la mesa. El espejo no cambió. Mi reflejo seguía sonriendo.
Grité. Cerré los ojos. Cuando los abrí, la sonrisa había desaparecido. Solo quedaba mi cara pálida y el temblor en mis manos.
“Necesito dormir”, me repetí. Pero ya no era sueño. Era miedo.
A la mañana siguiente, cuando me preparaba para salir, vi algo más. Detrás de mí, en el reflejo, había una figura parada en la puerta. Giré de inmediato. La habitación estaba vacía.
Miré de nuevo. Ya no estaba.
Esa fue la primera vez que lloré por culpa del espejo. La segunda, fue cuando vi que la figura llevaba mi misma ropa.
Pasé el resto del día en la biblioteca, evitando volver a casa. No podía concentrarme. Todo el tiempo tenía la sensación de que algo se movía a mi espalda, que alguien respiraba justo detrás de mi cuello. Volví al anochecer. Me temblaban las manos al meter la llave.
El espejo estaba cubierto otra vez. Respiré aliviada, hasta que noté algo raro en el suelo: trozos de papel rasgados. Me agaché. Eran recortes de fotos antiguas, todas con rostros femeninos. Algunos sin ojos, otros sin boca. Y, entre ellos, una fotografía en sepia, doblada. La desdoblé con cuidado. Era yo. O alguien idéntica a mí. Mismo rostro. Mismo lunar bajo el ojo. Pero el papel olía a humedad vieja, y en el borde estaba escrita una fecha: 1974.
Me quedé inmóvil. El corazón se me aceleró tanto que apenas podía respirar. Dejé caer la foto, retrocedí… y tropecé con el espejo. La sábana cayó. En el reflejo, la foto no estaba en el suelo.
Estaba pegada al cristal.
Y mi reflejo, que aún la sostenía, levantó la vista y susurró algo que no escuché, pero que entendí sin necesidad de sonido:
> “Te estaba esperando.”
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El Reflejo
ParanormalNunca creí en maldiciones... hasta que lo compré. Un espejo antiguo, hermoso y peligroso, que no solo refleja mi imagen... sino que guarda secretos que podrían devorar mi vida. Cada noche cambia algo. Cada reflejo oculta algo. Y yo empiezo a pregunt...
