Elliot siempre decía que las cosas malas comienzan en silencio.
Nadie lo escuchó. Nadie quiso hacerlo.
Esa noche, mientras limpiaba las mesas del casino, las luces parpadearon por primera vez.
Fue el último momento tranquilo que el mundo conoció.
La lluvia caía sin descanso sobre las calles adoquinadas, pintadas por el reflejo tembloroso de los faroles.
El murmullo de la gente se mezclaba con el sonido del agua golpeando los paraguas, formando una melodía tenue, casi hipnótica.
Entonces, un eco diferente rompió aquella calma.
Pasos apresurados, desordenados, resonaron entre los charcos. Un joven, de no más de veinte años, corría con el corazón latiéndole en los oídos.
La puerta del casino se abrió con un golpe seco, dejando escapar una ráfaga de humo, risas y luces doradas que devoraron la oscuridad de la calle.
Elliot apenas tuvo tiempo de sacudirse la lluvia del cabello antes de que el mundo nocturno del casino lo engullera por completo.
El humo de cigarro y la fragancia de colonia cara inundaron el aire, borrando el frescor que la lluvia había dejado afuera.
Aquel rubio se adentró en el lugar, con la respiración agitada y la mirada nerviosa recorriendo las mesas, los rostros, los murmullos.
Las cabezas se giraron hacia él: algunos curiosos lo observaban, otros apenas levantaban la vista de sus copas. Su llegada había sido todo menos discreta.
Elliot se encogió de hombros, el rubor subiéndole hasta las orejas. Sus pasos se hicieron más lentos, y su mirada terminó fija en el suelo impecable del casino.
-Llegas tarde, Elliot.
Una voz grave,ligeramente rasposa, que parecía acomodarse perfectamente en la penumbra del casino se oyó tras su espalda. Aquel mencionado por el mayor alzó tímidamente la mirada, una sutil sonrisa pero nerviosa se dibujó en su empapado rostro, se giró lentamente para quedar frente a frente con, un hombre de unos casi 27 años, su reconocido amigo de la infancia
-¡Chance! ¡Hola! -
soltó el rubio con sorpresa.
Su cuerpo se enderezó al instante, y sus delicadas manos nerviosas recorrían su ropa empapada, tratando de secarse disimuladamente ante la mirada de quien lo esperaba.
Chance sonrió, dejando que el bullicio del casino siguiera a su alrededor. A sus 27 años, era dueño del lugar, heredado de sus padres. No era un experto en manejarlo, pero contaba con la ayuda de amigos de confianza... como Elliot.
El hombre de cabellos grises se cruzó ligeramente de brazos, y su mirada se tornó preocupada al ver al chico rubio empapado hasta los huesos.
-Elliot... estás completamente mojado.
Elliot bajó la mirada, con una sonrisa tímida intentando disimular su vergüenza. Sus manos temblorosas intentaban secar la camiseta empapada, pero el agua seguía resbalando.
-lo sé...- murmuro tímido mientras su mirada se posaba en el charco que se empezó a formar bajo suyo
Chance dejó escapar un suspiro y se acercó, ofreciéndole un paño, señalando a una puerta cerca para que se secara.
-Vamos, no puedes quedarte así, te vas a resfriar -dijo, con un toque de paciencia en su voz ronca.
El rubio asintió suavemente, y el sonido de sus pasos resonó en el suelo con un leve chapoteo a cada movimiento; el agua se filtraba en sus zapatos todavía húmedos.
Al llegar frente a una puerta con un letrero colgante que decía “Solo personal”, la empujó con cuidado. Un chirrido agudo rompió el silencio antes de que una tenue luz amarillenta llenara la pequeña habitación.
Elliot entró despacio, dejando atrás el murmullo del casino. Sus ojos recorrieron el lugar, buscando entre los percheros su ropa de trabajo, mientras el olor a humedad se mezclaba con el leve aroma a perfume barato del pasillo.
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entrelazados
FanfictionAntes del silencio de Forsaken, hubo una ciudad viva, llena de luces, música y secretos. Elliot Builder era solo un joven amable que trabajaba en la pizzería de su padre y por las noches servía bebidas en el casino de Chance. No buscaba ser un héroe...
