Tony siempre fue un ser despreciable para la sociedad: ladrón, estafador, extorsionador, y por un buen precio podría matar a quien quisiese. Era un sujeto de estatura promedio, piel canela, cabello corto y barba muy corta. Se notaba que pasaba bastante tiempo en la barbería; lucía un corte degradado y la barba bien perfilada. Vestía unos jeans skinny y una sudadera holgada con capucha, que casi nunca se quitaba.
Aquella noche disfrutaba de la música, sentado en una mesa de una discoteca ubicada en una zona algo peligrosa de la ciudad, el sitio que a Tony le gustaba. Adicto a la adrenalina y al peligro, empeñado en ser más malo que el resto, hundido en su ignorancia y bajo los efectos de la cocaína, esperaba a un cliente que lo había contactado noches atrás para un encargo. Movía las piernas de arriba abajo, inquieto. Desconfiado por su corta pero agitada vida criminal, había acumulado varios enemigos. Debajo de su sudadera ocultaba su arma, que el portero de la discoteca le dejó pasar tras un pequeño soborno.
Frente a él se sentó una dama: joven, de unos treinta o treinta y cinco años, de ojos grandes y azules, piel caucásica, cabello largo, liso y oscuro, muy bien cuidado. Vestía un elegante vestido; su cuello estaba adornado por costosas joyas y en la mano llevaba una cartera de cuero oscuro, ostentosa.
Tony se agitó, rozó con los dedos el arma y se calmó con rapidez.
—¿Y tú quién eres? —preguntó de forma grosera.
No era común ver a una mujer de ese estilo en un lugar de tan pésima reputación. Ella sonrió, casi coqueta, y alzó una ceja.
—Tú eres Tony —dijo pausada y confiadamente—. Hablé contigo, ¿o me equivoqué de mesa?
La forma de hablar de la mujer hacía sentir a Tony inferior.
—¿Eres la persona que esperaba? —preguntó él, sorprendido.
—Sí, soy tu contacto.
—Bueno, al punto: ¿qué necesitas y cuánto pagas? —inquirió el maleante con premura. Quería evitar algún encontronazo con un enemigo esa noche.
La mujer sacó de su cartera un teléfono, buscó una foto y se la mostró a Tony. Era la imagen de un niño: cabello cobrizo, piel muy blanca, delgado, con aspecto enfermo y desnutrido.
—Ajá —dijo Tony, seco—. ¿Quieres que mate a ese niño?
—No —respondió ella—. Quiero que lo secuestres para mí.
—¿Y este niño tiene guardaespaldas?
—No. No es de una familia pudiente; será fácil para alguien avezado en estos negocios como tú.
Tony miró a la mujer con curiosidad.
—Casi nunca pregunto por qué mis clientes quieren que mate o robe algo. ¿Para qué quiere usted que secuestre a ese niño si su familia no es adinerada? —preguntó.
—Tengo gustos y fetiches peculiares —respondió ella con una sutil sonrisa—. ¿Entonces lo harás?
Tony la observó y sonrió. La mujer le comentó los detalles sobre dónde encontrar al niño y, luego, discutieron los honorarios. Él propuso un precio; ella ofreció una suma mayor. El dinero aumentó el ánimo de Tony respecto al trabajo.
Días después, Tony alquiló una camioneta presentando documentación falsa, condujo y aparcó frente a un colegio público. Miró la hora: faltaban quince minutos para que el timbre anunciara la salida de los niños. Aspiró cocaína, bajó de la camioneta y la bordeó para recostarse en la esquina del vehículo. Encendió un cigarrillo, miró la foto del niño en su teléfono y luego posó la vista en la puerta del colegio, atento. Solo soltó una risita, pensando que aquella mujer —seguramente adinerada— preferiría niños antes que la compañía de un hombre de verdad. Luego pensó: «Cada loco con su tema».
El timbre anunció la salida. Tony hizo el gesto más grande de hipocresía para alguien de su calaña: se persignó y pidió que todo le saliera bien. Muchos niños salieron corriendo a tomar la mano de sus representantes; otros se agrupaban para irse acompañados. Pero entre tanto bullicio, ahí iba caminando, lento y con la mirada ida, el niño pálido, sin nadie que lo esperara.
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El libro rojo Vol. 1
Horror📕 El Libro Rojo Hay lugares donde las sombras guardan memoria, y el miedo escribe su propio testamento. Cada historia de este libro nació del susurro de lo imposible, de lo que algunos juran haber visto... y otros prefieren olvidar. Entre sus págin...
