El sonido del vapor era constante, como un susurro grave que jamás descansaba. Arcadia estaba viva; no en el sentido orgánico, sino como un coloso mecánico que respiraba por las calderas, tosía humo a través de sus chimeneas y latía al ritmo de miles de engranajes en movimiento. La ciudad entera estaba construida sobre capas de hierro, puentes suspendidos y torres de cristal reforzado que resplandecían bajo la luz artificial del domo.
Ese domo —la Cúpula Ætheris— no era una simple estructura de ingeniería.
Era magia pura.
Desde lejos parecía una esfera de vidrio colosal, incrustada con placas de hierro bruñido y runas que brillaban como estrellas. Pero en realidad era mucho más que eso: un conjuro ancestral que los primeros arcanistas sellaron en este único refugio humano. Nadie en Arcadia sabía con certeza cómo se había erigido aquella maravilla. Algunos decían que fue levantada por un pacto entre los magos y los primeros ingenieros; otros, que los dioses se apiadaron de la humanidad y dejaron caer una lágrima cristalina sobre las ruinas del mundo.
Lo cierto era que la Cúpula Ætheris latía.
Cada noche, cuando el sol falso se apagaba y las luces de las torres a gas iluminaban las calles, las runas brillaban en un tono azul profundo. Resonaban con un zumbido grave, como si la misma cúpula vigilara, respirara y advirtiera. Afuera, más allá de aquel velo brillante, se extendía un páramo de oscuridad interminable. Y en esa oscuridad, los demonios acechaban.
La gente de Arcadia caminaba bajo la cúpula con una seguridad fingida. Reían en los mercados, bebían en las tabernas de cobre y cristal, celebraban los festivales de vapor y luz como si la ciudad fuese eterna. Pero en sus ojos siempre había un leve temblor, una chispa de miedo que no podían ocultar. Porque todos, incluso los más optimistas, sabían la verdad: ninguna muralla es impenetrable. Ningún conjuro es eterno.
Ahri conocía esa verdad mejor que nadie.
La cazadora se deslizaba por los tejados como un espectro. Sus nueve colas ondeaban tras de sí, plateadas y etéreas bajo el fulgor anaranjado de las lámparas a gas. Sus pasos eran ágiles, silenciosos, capaces de pasar desapercibidos incluso para los vigías más atentos. Desde allí arriba tenía una vista privilegiada de Arcadia: la maraña de tubos y pasajes elevados, los mercados cubiertos por toldos de cuero, los dirigibles que flotaban lentamente entre torres, soltando vapor como ballenas mecánicas.
Ahri inspiró profundamente. El aire siempre tenía el mismo sabor: humo de carbón, aceite y un toque de ozono. Un recordatorio constante de que vivían dentro de una máquina colosal. Aun así, para ella, aquel aire era preferible a respirar el hedor del mundo exterior.
Se detuvo al escuchar un sonido.
No era el rugido familiar de las calderas.
Era algo distinto.
Una vibración sutil recorrió la Cúpula Ætheris. Como un escalofrío en la piel de la ciudad. Las runas titilaron un instante, casi imperceptible, y después volvieron a su pulso habitual. La mayoría de los ciudadanos no se daría cuenta. Pero Ahri, que pasaba sus noches escuchando los latidos de Arcadia, lo había sentido con claridad.
Alguien —o algo— estaba intentando abrirse paso.
Descendió con la agilidad de una sombra, cayendo entre dos chimeneas y aterrizando en una pasarela de hierro. Su mirada dorada recorrió la oscuridad. Los rumores hablaban de demonios que podían desintegrar su forma y filtrarse como humo. Otros hablaban de entidades capaces de corromper a los humanos desde dentro, usando sus cuerpos como caballos de guerra.
Ahri no descartaba nada.
Ella era una Hunter.
Una de los pocos elegidos que entrenaban para combatir a las criaturas que lograban atravesar la cúpula. Su infancia había estado marcada por el miedo, como la de todos, pero a diferencia de los demás, ella había tomado una decisión: no viviría escondida. Cazaría a la oscuridad antes de que esta la devorara.
Recordó entonces a su maestra, la voz grave de la veterana Hunter llamada Seraphine, que un día le había dicho:
—El demonio no teme a las murallas, Ahri. El demonio teme al cazador que no tiembla al mirarlo a los ojos.
Y Ahri jamás había temblado.
Avanzó por la pasarela, siguiendo aquel temblor en el aire. Sus orejas, sensibles como las de un zorro, captaban murmullos lejanos. No eran voces humanas. Eran susurros guturales, graves, que se entremezclaban con el siseo del vapor. No comprendía las palabras, pero sentía la intención detrás de ellas: odio, hambre, sed de destrucción.
Las colas de Ahri se agitaron lentamente, reaccionando a la presencia demoníaca. Una de ellas brilló con un fulgor tenue, canalizando la energía mágica que recorría sus venas. Ella cerró los ojos un instante, escuchando.
El susurro provenía del Distrito Bajo, la zona más cercana a los límites de la cúpula. Era lógico: allí las runas eran más débiles, más antiguas, y a veces el resplandor azul mostraba grietas de luz extraña.
Ahri tomó una decisión.
Saltó al vacío, descendiendo varios metros antes de clavar sus garras mágicas en una pared metálica. Se deslizó por el lateral como un rayo, hasta caer finalmente en un callejón húmedo y oscuro. El suelo estaba cubierto de charcos de aceite, y los tubos rezumaban vapor ardiente. Desde allí, las calles parecían respirar como un organismo vivo.
Siguió caminando, el sonido de sus botas resonando suavemente contra el hierro. Nadie más estaba allí; los ciudadanos comunes evitaban el Distrito Bajo al caer la noche.
Ella, en cambio, lo buscaba.
Y entonces, lo sintió.
Un golpe seco, como un tambor oculto. La cúpula tembló de nuevo. Una de las runas del domo, visible desde el callejón, se apagó por un segundo. Solo un segundo. Pero fue suficiente.
Un resplandor negruzco, viscoso, se filtró entre las grietas de luz.
Un humo que no era humo, un líquido que no era líquido.
Un demonio estaba entrando.
Ahri dejó escapar una sonrisa fría.
Era la primera cacería de la noche.
