One three Hill

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—¡Papáaa! ¡Jamie lleva media hora encerrado en el baño! —gritó Lydia, golpeando la puerta con desesperación—. ¡Jamie Lucas Scott, sal de ahí ahora mismo o juro que voy a pinchar tu balón firmado por Michael Jordan!

Del otro lado de la puerta, Jamie se inclinaba frente al espejo, peinando con paciencia sus rulos dorados, idénticos a los de su tío Lucas. Mientras ajustaba el peinado con una sonrisa de satisfacción, decidió subir aún más el volumen de la música en su celular para no escuchar los gritos desesperados de Lydia.

Para él, esos minutos de tranquilidad eran sagrados: su ritual antes de salir, su manera de recordarse que, aunque el pueblo lo conociera como "el chico Scott del baloncesto", seguía siendo Jamie, con su estilo propio, su confianza y su cabello heredado como un sello familiar imposible de negar.

—¡Jamie! —gritó Lydia golpeando la puerta una vez más—. Si no me apuro, la señorita Johnson me va a poner a dar cincuenta vueltas al campo... ¡y será tu culpa! ¿Me oyes? ¡Tu culpa!

Finalmente, Jamie salió del baño con esa sonrisa de ganador igual que la de su padre, esa que siempre usaba cuando sabía que había ganado alguna "batalla" con su hermana. Se inclinó un poco y, como siempre, agitó el cabello de Lydia de manera exagerada, provocando que ella pusiera los ojos en blanco.

—Por lo menos te ayudara, piernas de pollo —dijo con su típico tono burlón, sabiendo perfectamente que ese apodo hacía que Lydia ardiera de molestia.

Lydia cruzó los brazos y bufó, pero no pudo evitar sonreír ligeramente. A pesar de todo, seguir siendo la víctima de Jamie era parte de la rutina mañanera que no podía faltar.

Abajo, en la cocina, Nathan y Haley preparaban el desayuno como siempre, charlando sobre quién llevaría a Lydia a clases y a qué hora sería el partido de Jamie, para asegurarse de que toda la familia pudiera estar presente.

Como si lo invocaran, Jamie bajó las escaleras con su uniforme de baloncesto, la camiseta número 12 con su apellido Scott brillante en la espalda. La llevaba con orgullo, haciendo pequeños movimientos de defensa mientras saludaba a su padre con el clásico gesto que solo ellos compartían. Se acercó a Haley y le dio un beso rápido en la mejilla.

—¡Buenos días, familia! —dijo con una sonrisa confiada—. Hoy es un día más... y conmigo, el mejor jugador que han visto.

Haley rodó los ojos, sonriendo ante la exageración típica de su hijo, mientras Nathan simplemente sacudió la cabeza con diversión. Era otro día en la casa Scott: lleno de risas, baloncesto y pequeñas rivalidades familiares.

Mientras los tres desayunaban y charlaban sobre lo que harían esa tarde, Lydia, la más pequeña de la casa, bajaba las escaleras con su conjunto deportivo puesto, lista para la clase que más detestaba: educación física. Sumida en la lectura de su libro favorito, Five Feet Apart, ni siquiera notó que el balón de su hermano estaba tirado a medio camino, haciéndola tropezar.

—¡Jamie! ¿Qué te he dicho de dejar tus balones tirados? —exclamó Haley, mientras ayudaba a su hija a incorporarse.

—¡Mamá, no es mi culpa! —dijo Jamie, masticando un huevo duro—. Ella vive encerrada en sus hojas de árbol y ni siquiera mira por dónde camina.

—Campeón, sé que te encanta jugar hasta en el baño, pero es peligroso —intervino Nathan mientras comía su propio huevo duro—. Tienes que hacerle caso a tu madre, ¿de acuerdo?

Lydia, sobándose la parte de atrás de la cabeza, miró a Jamie y le sacó la lengua. Él, como siempre, la imitó al instante, provocando que sus padres estallaran en risas.

Scott LegacyWhere stories live. Discover now