Bitácora 0001 — Entrada sin firma
No sé si esto es un recuerdo o una advertencia que me vuelvo a escribir.
El tiempo aquí tiene bordes deshilachados: se engancha en las cosas, se queda pegado a las paredes, vuelve con otro nombre.
A veces sueño la puerta abriéndose. Siempre es el mismo olor: metal húmedo, polvo frío, algo dulce como sangre seca.
Escucho pasos antes de que lleguen.
Dicen que somos cinco. Yo recuerdo seis.
Si alguien encuentra esta entrada, no confíe en el que camina detrás de los demás. No porque vaya a traicionarnos, sino porque siempre es el último en saber lo que ya pasó.
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El cielo estaba hecho de ceniza y luz herrumbrosa, un atardecer detenido que no encontraba dónde caer. Los edificios inclinados parecían barcos encallados en un mar seco, y en los charcos de lluvia vieja flotaban pétalos de anuncios descoloridos, rostros de desconocidos que prometieron algo que ya nadie podía cumplir. De cuando en cuando, un gemido sin dueño cortaba la calma y se apagaba detrás de los escombros. No eran animales. Tampoco personas. Eran lo que quedaba cuando las dos cosas se olvidaban de sí mismas.
Avanzaban en fila. Elías primero, con el rifle oxidado a la espalda como una columna vertebral externa; después Damián, que caminaba como si escuchara a través de los pies; luego Mariana, que se refugiaba en sus mapas como si fueran mantas; Julián, que cargaba un maletín médico con la delicadeza de quien lleva una cuna; y por último Lucía, con la grabadora en el bolsillo interior de la chaqueta, pesándole como si en vez de pilas tuviera memoria.
—Faltan doscientos metros —dijo Mariana, sin levantar la vista del papel. El viento intentó arrebatarle la hoja y ella la sostuvo con los dientes, sonrió por costumbre, respiró polvo—. Si no nos mentía el registro, la entrada está bajo la colina.
—Los registros siempre mienten —masculló Damián—. Lo único que dicen la verdad son los restos.
Elías no comentó. Tenía esa manera de no confirmar ni negar nada que hacía sentir a los demás pequeños, como gente que preguntaba obviedades en una iglesia vacía. El camino los obligó a bordear un autobús volcado con grafitis recientes: manos negras sobre fondo blanco, repetidas, como si hubieran querido contar algo y se hubieran quedado a la mitad.
Lucía se detuvo un segundo ante las manos pintadas. Eran del tamaño de manos reales. Algunas más pequeñas. En una esquina, con tinta corrida, alguien había escrito: "No recuerdes". Leyó en silencio y sintió el impulso de mirar hacia atrás. No había nadie. Solo el zumbido del viento rozando vidrios. Aun así, el escalofrío le recorrió la nuca como si una mirada tardía se hubiera apoyado en su piel.
—¿Lucía? —Julián la observó, atento a los gestos que preceden a los desmayos—. ¿Todo bien?
—Sí. Solo... escuché mi nombre. Debe haber sido el aire.
—El aire no habla —dijo Damián.
—A veces sí —murmuró Mariana—. Solo no lo entendemos.
Llegaron a la colina. De cerca era menos colina y más una losa de concreto enterrada, cubierta por una piel de maleza gris. Elías limpió con el canto del rifle una franja de tierra: emergió, tenue, la figura de un triángulo con un trazo cruzado: Δ. El símbolo estaba hundido, como tatuado.
Damián se arrodilló. La costumbre lo convirtió en precisión: guantes, herramienta, un pequeño banco de baterías con cables trenzados. Golpeó la superficie con los nudillos y pegó la oreja a la piedra. Cerró los ojos, escuchó. Sonrió apenas, la sonrisa de quien reconoce una canción lejana.
KAMU SEDANG MEMBACA
Zona zero
Fiksi IlmiahDespués del colapso, cinco sobrevivientes llegan a un búnker perdido entre ruinas. Afuera, el mundo se desmorona; adentro, algo los espera. Entre pasillos silenciosos y luces que respiran, comienzan a recibir mensajes que nadie admite haber escrito...
