El aire se me escapó de los pulmones. Me desperté de golpe, el corazón martillando en mi pecho como un tambor frenético. Gotas frías de sudor resbalaban por mi frente. Todavía sentía el rastro helado de las garras sobre mi torso, la firma de esa bestia canina de ojos azul intenso que me perseguía en pesadillas desde que cumplí los dieciocho.
Me dejé caer en el borde de la cama mientras los primeros rayos del sol se estiraban por la ventana. Inhalar se sentía como un esfuerzo. Contuve el aliento hasta que el dolor de la necesidad me obligó a soltarlo en una exhalación temblorosa. Repetí la secuencia hasta que la pulsación en mi cuello disminuyó a un ritmo manejable. De la vieja mesita de noche oxidada, agarré el frasco. Tomé una pastilla y la tragué con el agua de mi cantimplora.
Algo más calmado, fui directo al baño.
El agua fría fue un latigazo contra mi piel, un shock que interrumpió la taquicardia. Me aferré al borde del lavamanos, mi respiración volviendo a ser propia. Lentamente, el rostro de la bestia se desdibujó de mi memoria.
Desde los quince, estos episodios de ansiedad han sido mi sombra. Hay días en que la medicación me da el filo para enfrentarme al mundo, pero hoy era uno de esos días en los que cada fibra de mi cuerpo clamaba por el refugio de la almohada.
Me vestí con movimientos medidos: pantalones de paño oscuros, una camisa de algodón blanca, el chaleco de lana gris abrochado. Mis botines de cuero estaban gastados, pero impecables. Mi ropa era mi única armadura, pues mi rostro pálido y tenso no podía ocultar la guerra que libraba mi interior.
Justo antes de abrir la puerta, una oleada de olor familiar me inundó: el aroma dulce del pan recién horneado. Cerré los ojos e inhalé, dejando que ese simple placer me devolviera a la realidad.
El pasillo del tercer piso estaba débilmente iluminado por faroles de gas. Sus rejillas proyectaban sombras que danzaban como espectros sobre el papel tapiz ajado. Los escalones de madera crujieron suavemente bajo mi peso mientras descendía por la barandilla de caoba pulida.
A mitad de camino, mi abuela salió de su habitación. Llevaba su habitual bata gruesa de lana.
-Buenos días, mi nieto hermoso, ¿cómo amaneces? -Su sonrisa era una calidez palpable, sus brazos se abrieron bajo el brillo metálico de sus gafas.
La abracé. -Buenos días, má. Estoy bien. -La leve sonrisa que le ofrecí era una cortina mal puesta.
Sus ojos, que me habían cuidado desde que mi madre murió, me taladraron.
-¿Mal sueño? ¿Te has levantado mal?
-Descuida, ya estoy mejor. Iré a ayudar a papá.
-Está bien, pero no te esfuerces demasiado.
Atravesé la sala. El sofá y los muebles de terciopelo color vino tinto parecían pesados bajo la luz matutina. El reloj de pie y la estantería de nogal -repleta de libros de ciencia y artefactos extraños- eran un monumento silencioso a mi padre, el científico respetado que el gobierno destituyó.
A medida que bajaba, el olor a pan se transformó en una embriagadora mezcla de azúcar, levadura y esencias. Al llegar a la planta baja, el dulce aroma me envolvió por completo.
Los primeros clientes ya llenaban el local, luciendo sus mejores galas. Las mujeres vestían elaborados corsés entallados y sombreros adornados con plumas, mientras los hombres llevaban chalecos de brocado, sombreros de copa y, muchos, lucían monóculos o bastones con pomos de marfil.
Mi padre, con el delantal cubierto de harina, estaba ante el Horno, una imponente mole de hierro fundido. Su exterior estaba pulido y remachado, cubierto de manómetros de bronce y pequeñas válvulas que mi padre ajustaba con precisión. De la máquina emergía un complejo sistema de tuberías de cobre que silbaban al perderse en el techo, canalizando el calor y el vapor. Se calzó los guantes de cuero grueso y, con un sonido de liberación de vapor, extrajo bandejas de panes crujientes y dulces dorados.
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Ayams y el príncipe Paria
RandomJhon, un joven idealista de 19 años, intenta ahogar su ansiedad y una fatal condición cardíaca en la rutina de la panadería familiar. Su vida se consume entre el humo tóxico de la ciudad Stimpunk de Zaraka y el tedio del instituto. Pronto descubrí e...
