Azules

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Suaves brillos azules se vislumbraban entre los ladrillos. El vestido destacaba entre las sombras. Un hombre observaba con atención su caminar. Tras sonreír levemente se acercó. El carbón avanzó con lentitud entre el abanico. Un chillido sonó buscando la compasión entre aquellos ojos, pero el humo cubrió el rostro hasta que no quedó forma. Pequeñas motas incineradas flotaban en el aire. Los colores ascendieron al cielo pasando cenizas celestes. Entre la cortina gris solo resaltaba esa mirada.

Por el escándalo cientos de pasos se acercaron, obligando al hombre a huir. Las cerillas que arrojó se quedaron consumiéndose en el polvo. Entre dolores el ave elevó su vista para ver a la muchedumbre. Una mujer adornada de esmeraldas se acercó brevemente. Una esperanza surgió entre sus plumas, pero al ver la expresión de desagrado se sintió decepcionado. Entre la multitud se susurraba que ya jamás sanaría.

Apoyándose con esfuerzo, creía poder demostrar su belleza intacta. Abrió el abanico, pero el carbón había desecho todo rastro de colores. Ojos azules y verdes se habían borrado. Entre sus pupilas se apoyaron perlas de cristal. Todos se alejaron, unos pocos maravillados de haber visto a un pavo real llorar.

El polvo hería su cuerpo y con el pasar de los días se opacaban sus colores. Caminó hasta una fuente, viendo a un pequeño nenúfar flotando. Pidió su consejo para recuperar lo perdido. Siguiendo su sugerencia se acercó a una fachada cercana, y con cuidado tomó unas rosas. Las colocó con cuidado entre sus plumas.

El polvo era perfumado a su paso. Buscaba los reflejos admirándose, pero la incomodidad de las flores no lo convencía. Aquel rojo resaltaba sus ojos, al combinarse con su caminar actuado daban un aspecto decente. Si tan solo crecieran flores de sus alas.

A los días los pétalos se marchitaron, desapareciendo con el viento. No se preocupó por aquello, pero al buscar más flores para ocultarse, todas habían sido cortadas. Maldijo entre cantos al nenúfar por su absurdo consejo, y decidió por lógica, simplemente ignorar su aspecto. Sin embargo, un día una lluvia cubrió todas las aceras. Cientos de charcos se construyeron en el suelo.

Como cámaras aquellos espejos estarían esperándolo en cada espacio. Huyó desesperado a las afueras, consiguiendo cobijo bajo un árbol. Constantes lluvias azotaron todo. Se negaba a volver, aunque la falta de comida lo llamara, pero el sufrimiento que causarían los reflejos ahuyentaba cualquier intento. 

Entre largos sueños ignoraba el baile e intermitencia celestial. Aunque el hambre lo aquejaba se negaba a buscar alimento.  Una rara inconsciencia alejaba cualquier angustia. Pero entre aquellos sueños sintió su final. Los azules jamás volverían a sus plumas, pero estar condenado a causa de aquel fuego le resultó extraño. El olor a carbón había desaparecido, sin embargo, seguía observando aquellos ojos entre el humo.

Se levantó con esfuerzo, dirigiéndose a los espejos. Entre los charcos vio fijamente el reflejo de aquella ave calcinada. Pequeños fragmentos de plumas incineradas aparecían en todas partes. Cerró los ojos para recordar el humo que ascendía llevando sus colores. Dejó a las perlas cristalinas inundar sus ojos. Caminó cerca de un alimento arrojado al suelo y comió sin restricciones. Entre los pliegues de aquellas plumas oscurecidas, tonos de azul y verde empezaron a asomarse.

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