La vida y la muerte.
Eran simples palabras, dos fenómenos opuestos separados por una delgada línea de percepción. Siempre se cuentan historias sobre los vivos y erróneas leyendas sobre la muerte.
Esta historia es más bien una leyenda, una leyenda que nace del alma encadenada de un hombre, del desconocimiento sobre todo lo que rodea a la Muerte.
Aquellos que piensan —de manera errónea— que la muerte es la causante de las pérdidas humanas están muy equivocados. Ella solo tiene una función: acompañarlos, guiarlos hasta cruzar el umbral.
Al principio, que era mucho más tiempo del que podía recordar, ella intentaba mantener alguna conversación con lo que sería su compañero de bote en los últimos minutos de su presencia en aquel espacio fragmentado.
Pero ellos la ignoraban, se centraban, asustados y temerosos, en remar apresurados para alejarse de su presencia. En algún momento dejó de intentarlo, de acercarse más o de mantener algún tipo de conversación; se sentía herida, sola y abandonada. La Muerte también tenía sentimientos.
Las personas tenían un concepto erróneo de ella. Los humanos tenían la costumbre de creer cualquier estupidez que pudiera explicar aquellos fenómenos que ocurrían en la Tierra, y mientras estaba sentada frente al chico que remaba en las aguas del olvido, simplemente desvió la mirada esperando el final del camino.
Como siempre.
—¿Qué son esos ruidos? —la voz del muchacho sonó como un eco en el lugar. La Muerte lo miró y evasiva contestó:
—Son gritos.
—No suenan como gritos.
—Porque son gritos de lamento. No deben ser altos ni ruidosos, solo lastimeros; son un eco de lo que fueron —había contestado. El chico continuó remando y guardaron silencio por un par de segundos más, segundos que se sintieron eternos.
—¿Qué son esos hilos transparentes que se desplazan en el agua?
—Son recuerdos olvidados, fragmentos de memorias de quienes se ahogaron o murieron de alguna manera grotesca y horrible. Anda, rema más rápido.
La Muerte se sentía, por primera vez en siglos, complacida con aquella pequeña conversación. El chico sonrió un poco y dejó de remar, mirando con curiosidad a la Muerte.
—Tengo muchas preguntas y presiento que no podrás responderlas todas. El final del camino me espera y no sé si aún quiero llegar.
—Qué valiente eres, muchacho. Ningún muerto se había detenido a hablar conmigo.
—No soy cualquier muerto.
La Muerte sonrió, calavérica, y con suavidad tocó el borde de su capucha oscura, revelando su rostro. El chico no desvió la mirada; más bien, parecía incluso atraído por el desconocido rostro de la Muerte. La observó, detallando las líneas delgadas de cada expresión calavérica.
—Eres preciosa. No entiendo por qué te temen tanto en mi mundo.
La Muerte se puso nerviosa y se regañó a sí misma por ello; ningún humano le había dicho algo así jamás. Los ojos del chico eran grises y brillaban a pesar de la palidez que comenzaba a adquirir su piel. Entonces notó las marcas en su cuello, rojas y desgarrantes.
—¿Así moriste? —dijo señalando el cuello del muchacho.
—La vida es maravillosa, señorita Muerte, pero a veces se complica, y los cobardes como yo solo encuentran una manera de huir, y es sin duda con usted.
—¿Qué tan complicada puede ser tu vida para desear venir aquí?
—Muy complicada, señorita. Pero yo no deseé venir a este lugar, no deseé ir a ningún lado en específico; solo deseé poder escapar de los problemas que me echaron una soga al cuello.
YOU ARE READING
LA MUERTE Y SU GUADAÑA
Short StoryNadie se ha detenido a preguntarse cómo encontró la Muerte su guadaña ni por qué ese símbolo es tan esencial para ella. Más allá de su imponente imagen, existe una historia oculta llena de soledad, búsqueda y encuentros inesperados. En este relato...
