Recorro las calles de la ciudad, calles cubiertas de gritas y baches, con constantes embotellamientos que plagan el aire con su asfixiante humo y perturban la tranquilidad del viento con sus ensordecedoras bocinas.
Recorro las calles de la ciudad, y no puedo evitar toparme con cientas de casas, edificios y departamentos derruidos, a los que el paso del tiempo ha sido de todo, menos amable.
Estructuras de ladrillo y cemento que en su mejor momento fueron sinónimo de vanguardia, de desarrollo, de la próxima llegada del futuro y de la prosperidad. Dejaban en ridículo a todas las demás estructuras, mirándolas por encima del hombro y exclamando: “¡Contemplad mis obras y desesperad!”.
Pero todo eso ya ha quedado atrás. El asombro y respeto que infundían se ha perdido, lo único que transmiten es simple y llana indiferencia. Algunos siguen habitados, pero con un notorio descuido y sin conservar su antiguo estatus. Otros, sin embargo, han sido abandonados, relegados al olvido.
Sus fachadas no son ni la sombra de lo que fueron en antaño. La pintura se ha vuelta pálida por el sol y se desmorona como si fuera polvo. Los cristales de sus ventanas están hechos añicos e inutilizables. Sus jardines son tan áridos como un desierto, que ni las plagas pueden habitar en ellos. Sus cálidos interiores se han vuelto gélidos como el invierno, no hay otro aroma más que el de la humedad y el agua estancada, y no hay otro sonido más que el de una fúnebre orquesta del viento.
Estas edificaciones han sido desplazadas por nuevas estructuras de hierro, más futuristas y repletas de cristales, pero carentes de identidad. Mientras que las antiguas estructuras del futuro se han convertido en nuestras ruinas modernas, nuestro Machu Picchu y nuestras pirámides de Guiza del siglo XXI. Ruinas que dentro de unos siglos los historiadores examinarán y se preguntarán quiénes las habitaron y qué historias se contaron ahí.
Algunas de estas ruinas tienen la ilusión de alargar su esperanza de vida, que alguien pueda compadecerse de ellas y las restaure para darles una nueva utilidad, una nueva oportunidad de demostrar que son símbolos de progreso. En cambio, otras se han resignado a su destino, de que ya no tienen la misma utilidad, y aguardan a que alguien termine con sus tristes existencias para construir en su lugar de descanso un nuevo edificio del futuro, que con el tiempo pasará por el mismo destino de las que hoy son las ruinas modernas.
