CAPITULO UNO

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Tiago se despertó bruscamente, empapado en sudor, con el corazón latiéndole a mil por hora. Abrió los ojos de golpe y aspiró una bocanada de aire, como si acabara de salir a la superficie tras estar sumergido. Estaba sentado en su asiento de avión, rodeado por el cielo que apenas comenzaba a despertar y el murmullo de los motores, a miles de metros de altura sobre la tierra. La voz calmada pero firme de la sobrecargo resonaba en el altavoz, dando las instrucciones para el aterrizaje: "Por favor, abrochen sus cinturones y asegúrense de que el respaldo de su asiento esté en posición vertical."

Mientras la mayoría de los pasajeros comenzaba a despertar poco a poco, Tiago seguía con la respiración entrecortada, luchando por calmarse. Las imágenes de su pesadilla aún se aferraban a su mente: siluetas oscuras, figuras sin rostro que lo acechaban y perseguían en corredores infinitos. Sintió cómo el miedo se evaporaba lentamente, reemplazado por la realidad del avión, el suave vaivén y el ambiente controlado. Se pasó la mano por la frente, tratando de borrar el sudor frío y recomponerse antes de que alguien notara su agitación.

Minutos después el Avión aterrizo

Tiago, aún con el pulso acelerado por la pesadilla que lo había perseguido durante el vuelo, se mezcló con la multitud que avanzaba lentamente hacia la salida. El ambiente era un mar de murmullos, ecos de conversaciones y el crujir de maletas chocando entre si. Al llegar a la puerta del avión, sintió el cambio de aire y la vibración levemente diferente del aeropuerto, como si el mundo exterior lo recibiera con expectativas nuevas.

Justo cuando se detuvo un momento para sacar su celular y revisar la hora, una notificación apareció en la pantalla. Solo necesitó leer el nombre: Connor. Automáticamente, una sensación incómoda se apoderó de Tiago, y sin pensarlo dos veces, presionó el botón de apagado, ocultando el mensaje sin siquiera abrirlo. No quería enfrentarse a esas palabras en ese instante; prefería dejar la incertidumbre para después.

La multitud lo empujaba y lo obligaba a avanzar. Tiago guardó el celular en el bolsillo de su chamarra y siguió caminando entre los cuerpos apresurados, sintiendo cómo el bullicio del aeropuerto lo envolvía y lo arrastraba hacia la salida. A cada paso, el ruido, las voces y el movimiento se intensificaban, hasta que finalmente logró salir al vestíbulo principal, dejando atrás el avión y el mensaje sin leer que lo esperaba.

Entre la marea humana que descendía del avión, Oliver avanzó con paso tranquilo, casi ajeno al bullicio. Sus ojos rasgados observaban sin mirar realmente; el mundo parecía amortiguado por los audífonos que cubrían sus oídos, de donde brotaba la voz de HMB, ídolo indiscutible entre los jóvenes. Con las manos hundidas en los bolsillos y el gesto sereno, dejó que la multitud lo adelantara, convirtiéndose en el último en abandonar la terminal. Afuera, el aire tenía un peso extraño. Oliver se sentó frente a la parada de autobuses, esperando sin prisa, como si el tiempo no tuviera urgencia para él. Entonces ocurrió.

Un chico pasó a su lado con premura, rozando apenas el borde de su realidad.  Era Tiago que  subió al autobús justo antes de que las puertas del autobús se cerraran.

Oliver sintió algo extraño. Giró la cabeza sin saber por qué. En el instante en que sus ojos encontraron a tiago, el mundo se quebró en silencio. Su vista se nubló, los sonidos se apagaron, y su mente quedó en blanco... excepto por una sola palabra que emergió con fuerza ajena, como un susurro antiguo incrustándose en su conciencia: "Tiago."

No fue un pensamiento, Fue una revelación. La información se derramó en su mente como algo impuesto o canalizado, Cuando volvió en sí, un sudor helado recorría su espalda y un hormigueo eléctrico vibraba bajo su piel. Respiró hondo, desconcertado, girando el rostro de un lado a otro como si buscara el origen de aquello que acababa de experimentar.

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