"He cruzado océanos de tiempo para encontrarte".
Berlín, 2025. Un velo perpetuo de nubes grises abrazaba la ciudad, dándole un aire de melancolía gótica que Emma adoraba. Su estudio, un ático antiguo en Mitte, olía a trementina, aceite de linaza y ese aroma particular a madera envejecida que solo las viejas construcciones alemanas retienen.
Emma, se limpió el pigmento verde de la punta de su nariz. Sus manos eran su tesoro, capaces de capturar la luz y la sombra de un rostro humano con la técnica de los antiguos maestros flamencos. Su cabello castaño oscuro estaba recogido en una trenza floja que le llegaba a la cintura, y sus ojos verdes—grandes, expresivos, y a menudo descritos como de color "musgo bajo la lluvia"—se entrecerraban en concentración.
Estaba terminando un retrato de un anciano melancólico, cuando el sonido de un claxon estridente y unos golpes frenéticos en la puerta la sacaron de su trance.
"¡Emma! ¡Abre esta puerta, alma en pena! ¡Estamos llegando tarde a la vida!"
Era Alana. Su mejor amiga y mecenas no oficial era una tormenta rubia platino, vestida casi siempre con diseños de alta costura que parecían salidos de la pasarela más reciente y calzando tacones de aguja que desafiaban la gravedad. Era hija de una acaudalada familia de banqueros y su energía era el único rayo de sol que penetraba la atmósfera del estudio.
Emma abrió la puerta. Alana entró como un huracán, sosteniendo dos cajas de terciopelo que parecían contener artefactos arqueológicos y gesticulando con desesperación.
"¡Escúchame, Emma! Los Kaulitz. Los Kaulitz están dando su fiesta anual. ¡La Fiesta del Solsticio Oscuro! La invitación es un privilegio, no una opción. Y la regla es... ¡disfraz de época!"
Emma suspiró, volviendo a su caballete. "Alana, sabes que odio los eventos. Y detesto los disfraces. Preferiría pasar la noche pintando el reflejo de la luna en un charco."
"¡Absurdo! Mira," Alana levantó una de las cajas con entusiasmo febril. "El tema es el barroco alemán. Pero yo, querida, al ser una visionaria, he decidido que vamos a ir a lo grande. Piensa en la decadencia, piensa en el exceso. ¡Pensé en María Antonieta!"
Emma dejó el pincel. "Alana, si me obligas a usar una peluca de medio metro..."
"¡No te obligo, te inspiro! Te he traído un vestido color esmeralda, casi idéntico al que usaban las damas de la corte de Versalles. Es tan detallado que si te pones el corsé, te aseguro que serás totalmente irreconocible. Nadie, absolutamente nadie, se dará cuenta de que la solitaria artista Emma ha dejado su cueva." Alana entrecerró los ojos con picardía. "Piénsalo, podrías pasar una noche sin que nadie te pida un retrato para su adorado caniche."
El argumento de la "irreconocibilidad" golpeó el punto débil de Emma. Una noche de anonimato total. Ella se rindió con un encogimiento de hombros.
"Bien. Pero si me desmayo por el corsé, será tu culpa."
"¡Trato hecho!" Alana gritó victoriosa. "Y ahora, ¡vámonos! Tienes que conocer la mansión. Es un antiguo castillo prusiano al borde de la ciudad. Dicen que está embrujado, y que los hermanos Kaulitz son tan misteriosos que nadie sabe de dónde sacan su fortuna, solo que es inmensa y antigua."
Mientras Emma se resignaba a su destino, un sutil escalofrío recorrió su espalda. Era la misma extraña sensación que a veces tenía al mirar su reflejo: una melancolía profunda, una sensación de que su alma había visto más inviernos de los que su cuerpo joven podía recordar. Pero lo atribuyó al olor de la trementina y al cansancio.
La Mansión Kaulitz (Horas Antes)
A kilómetros de distancia, la Mansión Kaulitz era una fortaleza gótica de piedra oscura, envuelta en la niebla que venía del bosque. Dentro, en una biblioteca revestida de caoba donde la luz eléctrica era casi un insulto, Tom Kaulitz repasaba una antigua partitura con la punta de un dedo que llevaba un anillo de plata envejecida.
Tom parecía la personificación de un sueño romántico oscuro: cabello largo y denso cayendo sobre los hombros en finas trenzas, un porte relajado pero con una tensión subyacente, y esa mirada que no miraba a la gente, sino a través de ellos. Llevaba puesto un atuendo sorprendentemente sencillo para el anfitrión.
"No, Bill," dijo Tom, con una voz profunda que rara vez necesitaba subir de volumen. "La orquesta tocará Vivaldi. No queremos tecno-barroco. Queremos que esta fiesta sea una ofensa a la modernidad."
Bill Kaulitz, impecable como siempre con una levita de terciopelo y encaje, aunque con un eyeliner perfectamente delineado, revoloteaba cerca, supervisando a los sirvientes con una eficiencia casi inhumana.
"Es una ofensa a todo, querido hermano," replicó Bill con un tono que mezclaba el afecto con la exasperación. "Pero esa es la marca Kaulitz. ¿Estás seguro de que quieres seguir con esto? Siglos buscando, y cada reencarnación que creemos que es ella resulta ser una decepción."
Tom se giró, su rostro un mapa de melancolía. Sus ojos, de un hermoso color ámbar que brillaba débilmente en la penumbra, se posaron en la chimenea.
"Tengo que hacerlo, Bill. Es una obligación que me impuse en 1647. Buscar su alma hasta que el Sol me queme hasta convertirme en ceniza." Una media sonrisa apareció en su rostro, pero era una sonrisa de dolor. "Además, me entretiene ver a los mortales intentando imitar a sus ancestros. Es adorablemente patético."
Bill se acercó a su gemelo, su voz bajando a un susurro lleno de preocupación. "Pero si la encontraras de verdad... ¿qué harías, Tom? ¿Cómo le dices a una chica moderna que fuiste su esposo hace cuatro siglos, antes de que te convirtieras en el ser que eres? ¿Con un 'Hola, soy Tom y bebo sangre para mantenerme vivo'?"
Tom cerró los ojos, recordando el rostro de su esposa, el sonido de su risa, el color exacto de sus ojos.
"No lo sé, Bill. No lo sé. Pero si esos ojos verdes—los míos, mi única ancla en el tiempo—vuelven a mirarme, creo que mi corazón, lo que queda de él, podría volver a vibrar. Y si lo hace, el nerviosismo me matará antes que el sol."
Bill palmeó el hombro de su hermano con afecto y resignación. "Ese es mi Tom. Un vampiro inmortal, más asustado de una mujer que de una estaca de roble. Vístete. En una hora, la función comienza."
Tom asintió, pero antes de irse, levantó la vista hacia el techo. Un pensamiento sombrío y recurrente cruzó su mente: ¿Y si ella ya no quiere ser encontrada?
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Tom Kaulitz: Una Historia De Amor
Fanfiction- Daría mi inmortalidad por ti - sus ojos penetraban mi alma, es como si no necesitará decir más para saber que me estaba dando su alma.
