Llamada de Auxilio

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Había sufrido un bloqueo creativo desde hacía demasiado tiempo. El editor me exigía terminar el libro y la fecha límite estaba ya a tan solo cinco meses. Sabía que necesitaba un cambio de ambiente para recuperar la inspiración. Entonces recordé la vieja casa que me dejó mi abuela: estaba en una comunidad pequeña, apartada, rodeada de vegetación densa y húmeda. No lo dudé más: me mudaría allí el tiempo que fuera necesario para concluir mi novela.

Llevé únicamente lo indispensable; la casa ya estaba amueblada y, aunque era antigua, conservaba buenas condiciones. Me instalé y pronto los recuerdos comenzaron a arrastrarme hacia la infancia: las mañanas en que mi abuela me preparaba el desayuno y luego corríamos juntas hasta el riachuelo. Una sonrisa fugaz se dibujó en mi rostro, y por un instante sentí que la creatividad regresaba. Aquella misma tarde avancé algunas páginas, pero, como siempre me ocurría, la tensión pronto me atenazó. Decidí entonces caminar por la casa, dejar que las paredes susurraran su memoria y que la niñez volviera a envolverme.

Encontré el piano de mi abuela; todavía recordaba algunas canciones que ella me había enseñado. Me senté a tocar y, mientras mis dedos se dejaban llevar por la memoria muscular, los recuerdos volvieron a aflorar y me transportaron al pasado. La evocación fue tan vívida que pude escuchar, casi con claridad, el tarareo de mi abuela mientras tocaba —hasta que reaccioné. Entonces me di cuenta de que no era solo mi cabeza: alguien, muy cerca, estaba tarareando. Era la voz de una niña pequeña; se detuvo en cuanto yo dejé de tocar el piano.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pero pensé lo más evidente: alguien de la calle me había oído. Miré por la ventana y no vi a nadie en la calle; solo en la casa de mi vecina percibí una sombra, pequeña —o al menos así me pareció— que se alejaba de la ventana del segundo piso. ¿Acaso la hija de mi vecina me había escuchado? Lo lógico era que sí, así que me tranquilicé.

Al día siguiente fui al centro de la comunidad a comprar comida. Al regresar, Carmen —la vecina de mi abuela, que todavía vivía al lado— me saludó y, al vernos, me reconoció. Hablamos un rato; recordé que solía jugar con su hija cuando era niña, así que pregunté por Gracia. Carmen me miró con voz tranquila y me dijo que Gracia había abandonado este mundo hacía muchos años. Me dolió escucharlo. Carmen era viuda; aquello significaba que ahora vivía sola. Después de unos minutos me despedí, cociné algo y volví a escribir. Al sentir de nuevo el agotamiento mental, subí a tocar otra canción en el piano. Antes de sentarme, miré otra vez hacia la ventana de Carmen y recordé que, si ella estaba viuda, ¿qué demonios había visto la noche anterior?.

Intenté convencerme de que todo estaba en mi cabeza; no tenía tiempo para perder en supersticiones. Me dormí temprano porque debía levantarme fresca para trabajar, pero cuando intentaba conciliar el sueño escuché pequeños golpecitos en la ventana del cuarto del piano, como si alguien lanzara piedrecillas. Fui al cuarto; esta vez estuve segura: había una silueta en la ventana. El silencio se quebró con un susurro:

 —¿Me ayudas, por favor?—. La piel se me erizó; era la misma voz de la niña que había cantado la noche anterior. Antes de poder preguntar quién era, sentí pasos subir por las escaleras; la sombra giró de golpe hacia un lado y se alejó.

Carmen me había dicho que vivía sola, así que no entendía lo que ocurría. Aquella noche me acosté pensando en la presencia que rondaba la casa. Al día siguiente, mientras hacía compras, le pregunté al señor Rigoberto —dueño de la tienda desde hacía décadas— si Carmen vivía sola. Me confirmó que sí, que así era desde la muerte de su hija. Le pregunté si sabía cómo había ocurrido. Rigoberto miró hacia los lados, se acercó y, en voz baja, me dijo que nadie sabía con certeza pero que, unos días antes de morir, la mujer había pedido un sacerdote para su hija. «Creemos —me contó Rigo— que en la noche del exorcismo, Gracia murió, y que, para no manchar el nombre de la iglesia, todo se mantuvo en silencio.» No podía creerlo; pero Rigo nunca había sido de inventar historias tan graves.

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