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La base RED todavía olía a pólvora y metal caliente cuando el amanecer se filtraba por las ventanas altas del taller. La guerra nunca dormía, pero aquella mañana parecía haberse tomado un respiro. Los pasillos resonaban con pasos apresurados, voces graves y algún que otro grito lejano de Engineer discutiendo con Heavy por una torreta mal colocada.

En medio de ese caos, Jeremy —el Scout— parecía moverse como si todo fuera suyo. Corría con su inseparable bate colgado del hombro, canturreando una melodía inventada y con esa sonrisa descarada que siempre lo acompañaba. Sus ojos brillaban con la promesa de un día más, y no porque quisiera ganar la guerra, no. Lo que lo hacía levantarse con tanta energía era una sola persona: Ludwig, el Medic.

Jeremy giró la esquina del pasillo con un trote ligero y golpeó la puerta de la enfermería con los nudillos, sin esperar permiso para entrar.

—¡Doctoooor! —canturreó—. El héroe de tus días ha llegado, con café, donas y un encanto irresistible.

Dentro, Ludwig estaba inclinado sobre una mesa, revisando con obsesiva calma unas radiografías. Su bata blanca estaba manchada de sangre seca en los bordes, y sus guantes chirriaban al estirarse con un chasquido. El Medic levantó la vista lentamente, y la dureza de sus ojos azules se suavizó apenas un segundo al reconocer a Jeremy.

—Ah, Liebling… —dijo con su acento alemán marcado, que para Jeremy sonaba como música—. Llegas temprano hoy.

El Scout dejó el paquete sobre la mesa con un golpe teatral.

—¡Por supuesto! ¿Quién necesita dormir cuando puede pasar la mañana con el mejor doctor de este maldito circo?

Ludwig arqueó una ceja, divertido, mientras retiraba los guantes con precisión quirúrgica. Jeremy, incapaz de resistirse, se inclinó para darle un beso rápido en la mejilla, aunque apuntó un poco más alto para atrapar la comisura de sus labios.

—Mmm, schmeckt süß —murmuró el Medic, probando el sabor del azúcar en los labios del muchacho.

Jeremy sonrió como si hubiera ganado una medalla.

—Claro que sí, todo en mí es dulce. Hasta mis bromas, aunque algunos digan lo contrario.

Se dejó caer en una camilla vacía, con los brazos detrás de la cabeza, y observó al Medic mientras este organizaba sus herramientas. La enfermería olía a desinfectante, metal y un leve toque de perfume caro que Jeremy juraba Ludwig usaba solo para él.

—¿Sabes, doc? —empezó Jeremy, con ese tono entre dramático y juguetón—. Si me dieran un centavo por cada vez que pienso en ti durante el día, ya tendría pa’ comprarle un auto nuevo a mi ma’.

Ludwig soltó una risa corta, casi seca, pero sus ojos brillaban de diversión.

—Entonces estaría arruinado. No quiero que malgastes tus pensamientos en otras cosas.

—¿“Otras cosas”? —Jeremy se sentó de golpe, fingiendo indignación—. ¡Doc, por favor! ¿Tú crees que existe algo más interesante que vos?

El Medic se giró hacia él con un bisturí en la mano, jugueteando con el filo bajo la luz. Cualquiera en la base se habría puesto nervioso ante esa imagen, pero Jeremy solo ladeó la cabeza, fascinado.

—Deberías tener más cuidado con tus palabras, Liebling. Sabes que puedo tomar eso muy en serio.

Jeremy sonrió con descaro.

—Tal vez lo digo en serio. Tal vez me gusta la idea de que seas un loco celoso.

El silencio que siguió fue pesado, pero no incómodo. Ludwig dejó el bisturí en su lugar y se acercó despacio, hasta que quedó frente a Jeremy. Sin previo aviso, le tomó el rostro con ambas manos enguantadas y lo besó con una intensidad que cortó el aire. Jeremy se rió en medio del beso, porque hasta en los momentos más apasionados no podía dejar de ser él mismo.

—Ja… —murmuró el Medic, apartándose apenas—. Definitiv verrückt.

—Y lo mejor es que te encanta —replicó Jeremy, todavía con la sonrisa torcida.

El resto de la mañana pasó entre risas, silencios compartidos y pequeñas rutinas que ya parecían de pareja. Jeremy se encargaba de traerle café, distraerlo con chistes absurdos o molestar a los demás pacientes para que Ludwig lo “regañara” y terminara prestándole atención. Y el Medic, aunque a veces parecía perder la paciencia, siempre terminaba cediendo. Con una mirada, con una palabra suave en alemán, con un gesto de cariño escondido bajo la máscara de seriedad.

Jeremy adoraba esos momentos. Se sentía especial, diferente a todos. ¿Quién más podía hacer que Ludwig, el hombre más frío y calculador del equipo, dejara escapar sonrisas o incluso lo abrazara cuando nadie más miraba? Era un privilegio que Jeremy llevaba como trofeo en el pecho.

Más tarde, mientras caminaban juntos por el patio de la base, Jeremy saltaba de un lado a otro contando una anécdota ridícula sobre cómo casi se cae en plena batalla porque estaba mirando “algo mucho más interesante que el enemigo” (refiriéndose descaradamente a Ludwig). El Medic lo escuchaba en silencio, con las manos detrás de la espalda, pero había una suavidad en sus ojos que desmentía su expresión seria.

—¿Sabes qué, doc? —dijo Jeremy, poniéndose de repente dramático—. Si un día dejas de quererme, yo me muero. Así, ¡pum!, directo al piso. Sería la tragedia más grande desde que inventaron los pantalones cortos.

Ludwig lo miró de reojo, y Jeremy notó el leve temblor de una sonrisa reprimida.

—No seas ridículo, Liebling. No tengo planes de dejarte.

Jeremy sintió un calor en el pecho. Se detuvo de golpe y lo abrazó, sin importarle que estuvieran en medio del patio y que cualquier compañero pudiera verlos.

—Lo digo en serio, doc. Eres lo mejor que me pasó en esta mugre de vida.

Ludwig tardó unos segundos en responder, pero finalmente rodeó al muchacho con los brazos, apoyando la barbilla sobre su cabello. Para cualquiera habría sido un gesto frío, casi mecánico. Pero para Jeremy significaba todo: un refugio, una promesa silenciosa.

En ese instante, nada más importaba. Ni la guerra, ni las balas, ni las miradas de los demás. Solo ellos dos, unidos en un mundo que parecía odiar la idea misma del amor.

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El día terminó con Jeremy recostado en la enfermería, fingiendo dolor de cabeza solo para que Ludwig lo atendiera. Entre bromas, caricias torpes y la risa contagiosa del Scout, la relación brillaba como una llama fuerte. Hermosa, aunque destinada a probarse con el tiempo.

Porque en el fondo, en esos silencios que aún no pesaban, ya se escondía una sombra. Y Jeremy, tan enamorado, ni siquiera lo notaba.

Dolor 💔🥀Stories to obsess over. Discover now