Capítulo 1: El descanso obligado

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El reloj de la oficina de Rusia marcaba las once de la noche. Los pasillos del hospital estaban vacíos, salvo por él, que revisaba expedientes como si el tiempo no existiera. Sus ojeras eran profundas, y sus manos, firmes y expertas, temblaban de puro cansancio.

La puerta se abrió de golpe.

Venezuela: -¡Hermano, ya basta!
Rusia (sin levantar la vista): -Estoy trabajando. Vuelve mañana.
Venezuela (cruzando los brazos, molesto): -Mañana, pasado... ¿y cuándo piensas vivir? Te vas a morir aquí dentro.

Detrás de Venezuela, Siria asomó la cabeza con su sonrisa tranquila.

Siria: -Ya lo hablamos, Rusia. Tienes vacaciones atrasadas... cinco años de vacaciones.
Rusia (frunce el ceño): -El hospital me necesita.
Venezuela (con sarcasmo): -Lo que necesitas es aire fresco y un poco de sol. No te vas a desangrar si dejas de operar tres semanas.

Rusia soltó un suspiro, pesado como si le doliera hasta respirar. Cerró el expediente y, por primera vez, levantó la vista hacia ellos.

Rusia: -¿Y a dónde quieren arrastrarme?
Venezuela (sonríe de oreja a oreja): -A México. Mi hermano tiene haciendas enormes, y él sí sabe lo que es descansar.

Rusia arqueó una ceja.

Rusia: -¿Campo? ¿Animales? ¿Sol?
Venezuela: -Exacto.
Rusia: -...Odio el sol.
Siria: -No lo odias, lo desconoces. Y créeme, México te va a encantar.

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