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He Tianjian recordaba vagamente cómo era su vida antes de que su padre decidiera casarse con la señorita de la familia Zhuo. Recordaba ser mimado, ser atendido por un sinfín de sirvientas, ser vestido con telas finas y comer solo los más deliciosos platos, humeando por lo frescos que estaban. He Tianjian casi podía oler el apetitoso aroma de los dulces recién hechos, y su boca se llenaba de saliva.

No había probado un dulce o un plato caliente de comida desde hacia más de doce años. Lo único que recibía en las noches eran las sobras de los banquetes que hacía su familia cada día. Apenas era suficiente para mantenerle en pie, pero recibía comida de los sirvientes. Ninguno le ayudaba directamente, solo apartaban pequeñas porciones de su comida y las dejaban cerca de él. Gracias a ellos aún no había muerto de hambre.

Trabajar a diario era agotador cuando ni siquiera podía comer lo apropiado. No tenía opción. En su hogar, era como si no mereciera ni una sola pizca de compasión o empatía.

Su cuerpo se sentía débil y frágil la mayoría del tiempo. A veces levantarse de la cama era tan complicado que por poco no lo hacía, levantándose solo porque sabía que era necesario para evitar una golpiza. He Tianjian sabía que estaba mal, que la vida a la que había sido forzado por  caprichos de su madrastra era incorrecta para alguien que por derecho y ley era el heredero primordial de todo lo que les rodeaba en aquella mansión. Todo le pertenecía a él, no a sus hermanastros. Por mucho que lo degradaran, golpearan e insultaran, He Tianjian seguía siendo dueño del techo sobre el que descansaban tan tranquilamente.

Soñaba con el día en que su padre muriera. Sería el día en que tomaría su lugar y acabaría a todo aquel relacionado con la familia Zhuo a la calle. A sus hermanastros puede que los perdonara, pero pensaba castigarlos con la misma vida que a él le había sido impuesta. Venderlos como esclavos a alguna familia cruel.

Ese sueño era lo único que le empujaba a seguir adelante, aún cuando sus huesos le sobresalían de la piel y sus ojos parecían totalmente vacíos de vida. Era casi un cadáver.

Con un suspiro, He Tianjian terminó de limpiar el almacén y se dirigió a su habitación. Por habitación se refería a un pequeño y antiguo espacio entre los muros que había permanecido vacío luego de la primera expansión de la mansión. Dormía ahí, con una manta vieja que tenía desde bebé y solo un viejo y desgastado cojín sobre el que apoyar su cabeza en las noches. Se quitó la ropa exterior y se acostó a dormir, abrazándose a sí mismo para intentar reducir el frío invernal que penetraba cada centímetro del lugar. Su piel pronto palideció y sus labios se tornaron azules, pero sabía que no tenía más opción que perseguir el sueño y obligarse a sí mismo a dormir para no sentir más.

Tal vez moriría de hipotermia durante la noche.

Ese pensamiento lo llevó hasta la inconsciencia.

Despertó con una patada a su costado tan fuerte qué por unos segundos no pudo respirar. Le dolía el cuerpo tras haber dormido sin siquiera una sábana cálida a su alrededor en medio de una tormenta de nieve, y el golpe solo aumentó el dolor que se esparcía sobre su piel como finas agujas de metal. No tenía fuerzas ni para gritar o gemir de dolor. Solo abrió los ojos, aguantando su dolor en silencio mientras intentaba averigüar por qué era golpeado tan temprano. Aún no había tenido la oportunidad de hacer algo mal.

Su tío político, hermano de su madrastra, estaba de pie frente a él y por la posición en la que estaba era evidente que había sido él quien golpeó con su zapato el costado de He Tianjian. El hombre sonreía satisfecho, y esa sonrisa solo aumentó ante el silencio de He Tianjian.

Lágrimas saladas bajaron por sus mejillas mientras se ponía de pie lentamente, manteniendo la cabeza baja y encogiéndose lo más que podía.

—Parece que finalmente vas a ser útil, muchacho.

La Flor Venenosa del Emperador.Stories to obsess over. Discover now