Isla de Elba, en el mar Tirreno, frente a la costa de Toscana, Italia.
Él es el hombre... ¡Sí!, ¡¡él es el último candidato perfecto para completar el listado de los gladiadores!! Hablamos del guerrero que fue desterrado en mil ochocientos catorce y que su imperio se redujo a una isla que olía a salitre y hierro: Elba, frente a la costa de Toscana. La brisa marina siempre golpeaba las murallas del puerto de Portoferraio, trayendo consigo el aroma áspero de las redes de los pescadores secándose al sol y el humo acre de las fragatas británicas que lo vigilaban a la distancia.
El que había recorrido Europa entre aplausos y pólvora ahora vagaba por calles estrechas de piedra húmeda, donde las pisadas resonaban huecas, mezcladas con el relincho lejano de mulas y el chirrido metálico de herraduras sobre los adoquines. Sus manos, acostumbradas a desplegar mapas de continentes, rozaban ahora pergaminos administrativos de aldeas olvidadas; papeles que olían a tinta barata, donde firmaba decretos sobre caminos, molinos y cosechas de aceitunas.
En el Palacio dei Mulini —su residencia oficial—, las paredes rezumaban humedad marina. El salitre se incrustaba en la piedra análogo a una herida permanente, y al pasar la palma de la mano por los muros, quedaba un polvillo blanco que raspaba los dedos. Desde la terraza veía el mar: azul profundo, pero profanado por las velas enemigas que le recordaban, con cada golpe de ola, que su poder fue despojado. La mesa de banquetes era un eco ridículo de las fastuosas cenas de las Tullerías.
El vino local rudo, sin la elegancia de Burdeos, luego el pan denso, con el amargor de la harina pobre. No había más música que el golpeteo del viento en las contraventanas y el susurro monótono del océano, que parecía reírse de su destino. La humillación estaba en cada detalle: en el sabor salado que quedaba en la boca después de respirar el aire costero, en el tacto áspero de los uniformes gastados de sus seiscientos soldados —que parecían más fantasmas de gloria pasada que una guardia real—, y en el silencio pesado de las noches, apenas roto por el crujido de la madera de los barcos que lo custodiaban.
Sin embargo, una noche... Una noche acuosa, idéntica a los muros de dei Mulini, algo cambió, ¡¡y los libros de historia tuvieron que ser rescritos, porque para sorpresa de todos...!! Desapareció sin dejar rastro. Bajo el cálido manto de la luna, su silueta jamás la encontraron. Era casi a que el mundo se lo hubiese tragado, borrándolo de la existencia misma. Su escolta lo buscó y lo buscó desesperadamente. Nada... Nada. Ni siquiera una agria despedida, ni siquiera una carta mal escrita o una última carcajada. En el pueblo, ningún ojo lo detectó.
Los animales dormían, inconscientes de que un hecho atroz ocurrió cerca de los establos. ¿Qué testigos?, ¡¿qué testimonios?! La única certeza de que alguna vez vivió, yacía en los recuerdos de aliados y enemigos. ¡¿Quién... Lo secuestró?!, ¿quién lo mató...? No, ¡¡no, no, no, no!!, ¡¡no se trataba del crimen perfecto planeado milímetro a milímetro!! Se marchó por voluntad propia. Aquella noche de mayo, entre las dos y cuatro de la madrugada, estaba en la terraza, gozando del precioso paisaje, digno de los mejores pintores de la época.
El aire, por supuesto, humedecía la cara por las gotas que arrancaba del mar. Con los brazos cruzados a la altura del pecho, permaneció inmóvil, cual estatua en abandono acumulando mugre, hongos e insectos. Suspiró con fuerza, destensando los hombros. Su actuar no era de desesperación o impotencia, ni vergüenza por haber sido derrotado. Al contrario. Era paz. No estaba en el balcón por ausencia de sueño, aburrimiento o a reflexionar. Esperaba a un invitado. Alguien que anunció su pronta visita en una carta que nadie supo cómo llegó a sus manos.
Lugar, fecha, hora y, luego, un párrafo asombroso; indescriptible. Los detalles estaban ahí, precisos, como si el autor hubiese querido asegurarse de que nada faltara. No era una amenaza ni una advertencia. Más bien sonaba al saludo de un viejo amigo de la infancia, de esos que sorprenden con un mensaje inesperado. Al principio no creyó en el mensaje. Y aun así, ahí estaba, a merced del frío y con una corazonada que lo mantenía alerta, aunque todavía no entendía por qué. El futuro le daría la razón: su invitado... Apareció. Nadie lo vio llegar. Burló la seguridad con una facilidad inquietante.
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SANCTA HAERESIS
Science FictionNadie sabe por qué ni cómo ocurrió, pero... Dios se corrompió. El Creador abandonó a los hijos que hizo a su imagen y semejanza. Ya no es un ser benevolente. Ahora encarna la herejía, la demencia y el caos. Él mismo volcó las copas de su ira y forzó...
