- Después de una práctica nocturna en la NEL, Kaiser se queda solo entrenando sus tiros a puerta. Ness, como siempre, lo observa desde lejos... hasta que decide que es momento de hablar de lo que ambos han estado evitando por demasiado tiempo.
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El eco del balón contra el poste retumbó por el campo vacío.
Una vez, dos veces. Y luego un suspiro. Michael Kaiser dejó caer el cuerpo hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas. El sudor goteaba desde su mentón hasta el césped artificial del campo, iluminado solo por las luces tenues del complejo.
A esas horas, solo quedaban los verdaderamente obsesionados. Y, por supuesto... Alexis Ness.
—Ya basta, Kaiser. —La voz llegó desde la sombra del banquillo. Sereno, pero firme.
Kaiser ni siquiera se volteó.
—¿Y si no quiero parar?
—Entonces me quedaré aquí, vigilando que no te revientes la pierna —dijo Ness, avanzando con paso lento pero constante hacia él.
Kaiser chasqueó la lengua. Estaba molesto, sí, pero no con Ness. Con todo. Con él mismo. Con lo difícil que había sido mantener su lugar en el top. Con lo fácil que todo parecía cuando no sentía tanto.
—No necesito niñera, no seas metiche.
—Yo tampoco. Pero aquí estamos. Tú haciéndote el muy vergas. Y yo, preocupándome por ti como un idiota.
Kaiser giró la cabeza, con una ceja alzada. Raro en Ness... ese tono. Esa sinceridad sin filtros. El "Si, emperador!'' perfecto nunca levantaba la voz. Nunca contradecía. Nunca lo confrontaba.
—¿Desde cuándo te revelaste, eh?
—Desde que te vi mirarme como si yo fuera otra carga para ti. —Ness lo miró con ojos más oscuros que de costumbre. No enojado. No frío. Sino herido—. ¿Tan difícil es decir que necesitas un descanso? ¿O... que necesitas a alguien?
Kaiser se quedó en silencio. Respiraba pesado, pero no por el esfuerzo físico.
—No sé cómo hacer eso —confesó, casi en un susurro—. Pedir que alguien se quede.
Ness se acercó hasta estar a su lado. No dijo nada al principio. Solo tomó el balón, lo sostuvo entre las manos, y lo hizo girar suavemente.
—No hace falta que lo pidas, Michael —dijo su nombre como si lo acariciara—. Ya estoy aquí.
Y entonces Kaiser lo miró. Realmente lo miró. No al asistente obediente. No al "pasador perfecto". Sino a Ness. El que lo seguía incluso cuando él mismo no sabía a dónde iba. El que lo entendía sin tener que hablar. El que... lo quería.
—No deberías. —Kaiser intentó sonreír con arrogancia, pero se quebró a la mitad—. No soy fácil de querer.
—No vine por fácil. Vine por ti.
Kaiser tragó saliva. La garganta le ardía. El pecho le dolía de una manera que nada tenía que ver con el entrenamiento. Y Ness, como si esperara ese momento, soltó el balón y alzó la mano, rozando con sus dedos la mejilla del emperador caído.
—Déjame intentarlo. Solo una vez —murmuró.
—¿El qué?
—Esto.
Y sin pedir más permiso, lo besó.
No fue un beso agresivo, ni uno torpe. Fue medido. Controlado. Como un pase perfecto directo al corazón de Kaiser. Este se quedó quieto por un segundo, como si el mundo se hubiera congelado. Y luego, inevitablemente, respondió. Sus manos fueron al cuello de Ness, tirando de él, como si temiera que se desvaneciera si no lo sujetaba fuerte.
Cuando se separaron, Kaiser respiraba agitado. Pero no por cansancio. Por algo mucho más aterrador. Y mucho más deseado.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora me llevas a tu cuarto. Y me dejas demostrarte que mereces que te cuiden —susurró Ness, con una sonrisa segura.
Kaiser se rió, por primera vez en días. Esa risa baja, real, que solo salía cuando se rendía a lo inevitable.
—Eres peor que Isagi —dijo, tomando la mano de Ness—. Pero me gustas más.
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