Pitágoras no me habló, pero ella si
La clase empezó con una novedad. La profesora titular había pedido incapacidad por unas cirugías, y nadie sabía cuándo volvería. No hubo aviso formal, solo un correo breve y una silla vacía que se llenó ese lunes a las 7:00 a.m.
—Buenos días —dijo ella, con voz clara y sin titubeos—. Mi nombre es Zoë Woodley Avendaire. Estaré con ustedes mientras la profesora Álvarez se recupera. Espero que podamos trabajar bien juntos, aunque sé que los reemplazos no siempre son fáciles.
No sonrió al decirlo, pero tampoco lo dijo con frialdad. Era como si entendiera que su presencia era una interrupción, no una elección. Se acomodó frente al tablero, sacó un marcador, y sin más introducción, escribió:
a² + b² = c²
—Hoy veremos el teorema de Pitágoras —dijo, girando hacia nosotros.
No era muy alta, quizás 1.68, pero tenía una presencia que llenaba el aula sin esfuerzo. Piel blanca, ojos color café miel tan claros que parecían dorados bajo la luz del proyector. Brillaban, incluso cuando no sonreía. Y cuando lo hacía, su sonrisa era perfecta, como si nunca hubiera tenido que forzarla.
Llevaba el cabello corto, estilo pixie, con mechones grises que no parecían de edad, sino de estilo. Usaba una cadena delgada que apenas se notaba, unos aretes diminutos como topitos, y una manilla de hilo que parecía hecha a mano. Vestía casual: Vans negros, pantalón clásico negro, y una blusa blanca de tela suave, con pequeños botones de madera y mangas ligeramente arremangadas. Nada en ella era ostentoso, pero todo parecía pensado.
Yo estaba en las sillas del fondo. No por rebeldía, sino por costumbre. Los números me estresaban. La mezcla de letras con cifras me parecía una provocación innecesaria. ¿Por qué a² + b² = c² tenía que parecerse tanto a un acertijo sin alma? Mientras ella hablaba, yo solo hacía rayas en mi cuaderno. Líneas sin sentido. Como si dibujar fuera más útil que intentar entender.
En medio de la explicación, la profesora Woodley se detuvo. Señaló el triángulo que había dibujado en el tablero y miró hacia el fondo.
—¿Tú? —dijo, apuntando con el marcador—. ¿Podrías decirme cuál es el cateto opuesto?
Me congelé. No respondí. Ni siquiera levanté la mirada. Me quedé quieta, como si el silencio pudiera protegerme.
Ella esperó unos segundos. Luego bajó el marcador y se dirigió al grupo entero.
—Si no están prestando atención, no se preocupen —dijo, con tono firme, pero sin levantar la voz—. Esta semana haré un quiz sorpresa. No será para calificar, pero sí para saber quién realmente está avanzando.
No lo dijo con enojo. No me miró otra vez. No insistió. Y eso, curiosamente, me inquietó más que si me hubiera regañado.
¿Por qué no le importó? ¿Por qué no insistió? ¿Por qué su voz, tan seria, parecía no necesitar que yo estuviera presente?
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Cuando la clase estaba por terminar, la profesora Woodley dejó sobre el escritorio un pequeño taller. No era evaluativo, pero sí entregable. Lo curioso fue que no era una fotocopia impersonal. Era su letra. Pulcra, inclinada, con números perfectamente trazados. Como si cada ejercicio fuera parte de una coreografía silenciosa. Me sorprendió que alguien pudiera escribir así. Que los números, en sus manos, tuvieran estética.
Salimos a descanso después de eso. El pasillo olía a café recién hecho y a humedad vieja, como si la universidad respirara entre sus muros. El ruido era distinto afuera: conversaciones cruzadas, risas apagadas, pasos que no sabían a dónde iban. Me encontré con Emma Coleman y Cate Bernal en la banca de siempre, justo al lado del mural de salud ambiental que ya nadie miraba.
Emma me saludó con una palmada en la espalda. Con ella somos amigas desde el kínder. Ha visto todas mis versiones: la que se calla, la que explota, la que escribe para no llorar. Cate llegó después, en la universidad, pero encajó como si siempre hubiera estado. Las tres tenemos ritmos distintos, pero nos complementamos como si fuéramos parte de una fórmula que sí funciona.
—¿Qué tal la nueva profe? —preguntó Cate, sacando una manzana de su bolso.
—Tiene una letra muy bonita —respondí, sin pensarlo mucho.
Emma me miró de reojo, como si supiera que eso no era todo. Como si pudiera leer entre líneas incluso cuando no había líneas escritas.
Me quedé mirando el taller que tenía en las manos. Los números seguían sin gustarme, pero ahora tenían otra textura. Otra voz. Otra forma de estar.
Y aunque la profesora Woodley ya no estaba frente al tablero, su presencia seguía ahí. Como una pregunta sin resolver.
No fue un momento especial. No fue dulce. Pero fue el primero.
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Cero Y Uno
ChickLitNunca entendí los números. No porque fueran difíciles, sino porque nunca me hablaron en un idioma que pudiera sentir. Me sentaba frente a ellos como quien observa una ciudad desde lejos: llena de luces, pero sin saber por dónde entrar. Hasta que apa...
