Cuando las voces despertaron

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Hubo una época en la que los supers caminaban entre nosotros. Una era brillante, de héroes y villanos, de gloria y ruina. Pero como todo lo que brilla demasiado, aquella luz no pudo durar."

Así comenzaba el viejo metraje en blanco y negro, con imágenes de supers sonrientes saludando a las cámaras. En medio de ellos estaba Amber scott, la mujer que el público nunca olvidó del todo.

Cabello rojizo ondeando bajo el viento, ojos encendidos como brasas, y un traje escarlata con destellos metálicos que parecía latir de energía. Su presencia era hipnótica.
—Soy Red Ember —decía en aquella entrevista televisada—. Mi don no es solo un poder... es un reflejo de la mente. Energía psíquica, telequinesis, percepción más allá de los sentidos. Algunos me llaman bruja, otros me llaman arma. Pero yo... yo prefiero llamarme esperanza.

Las imágenes la mostraban en acción: deteniendo un tren fuera de control con un solo gesto, levantando escombros para salvar a una familia atrapada, y derrotando a un villano con una descarga carmesí que iluminaba toda la calle. Su nivel de poder la colocaba entre los supers más temidos y respetados. Podía doblar la realidad a su voluntad por segundos, proyectar visiones en las mentes de otros, y desatar explosiones telequinéticas capaces de arrasar edificios enteros.

 Red Ember no era solo un super, era un recordatorio de lo que significaba ser extraordinario.

 Pero casi nadie elige ser extraordinario. Al menos, no realmente. Para algunos, el don es un regalo; para otros, es una carga. Y a veces, un mismo poder puede ser ambas cosas."

Así comenzaba la historia de Amber Scott, mucho antes de ser conocida como Red Ember.

Ella tenía apenas doce años cuando la primera chispa despertó. Fue en medio de una pesadilla: el grito de su madre, el ruido de platos rotos en la cocina, y de pronto, un destello carmesí iluminando toda la casa. Cuando abrió los ojos, la mesa flotaba en pedazos suspendidos en el aire, y las paredes estaban marcadas por surcos incandescentes como si el fuego hubiera querido escapar de su mente.

Los primeros años fueron insoportables. Cada emoción era un detonante. La ira podía hacer que los objetos explotaran, el miedo retorcía la realidad a su alrededor, y la tristeza proyectaba visiones tan reales que hasta su familia dudaba de lo que veía.
No eran solo poderes. Era dolor. Cada vez que liberaba energía, sentía un ardor que recorría su cráneo, como si miles de agujas atravesaran su mente.

Y cuando llegaron las protestas contra los supers, Amber  escuchó frases que marcaron su corazón:
"¡Queremos seguridad, no monstruos!"
"¡Que controlen a esos fenómenos!"
"¡Ya basta de héroes que destruyen más de lo que salvan!"

Aquellas voces se incrustaron en su memoria como cuchillos. La hicieron odiar sus poderes. Odiarse a sí misma, de verdad dolía saber y escuchar cosas que no quería.

Pero Amber no era de rendirse.
Si su poder era un caos, decidió que lo domaría.
Pasó noches enteras frente al espejo, entrenando en secreto, intentando contener la energía carmesí que brotaba de sus manos. Falló cientos de veces, hasta que aprendió a dirigirla en pequeñas ondas controladas: primero levantar un lápiz, luego detener una piedra en el aire, después manipular objetos más grandes.

Cuando entró a la universidad, su doble vida ya era parte de ella. Estudiaba psicología por el día —buscando comprender la mente humana, quizás para comprenderse a sí misma— y entrenaba por la noche, hasta el agotamiento.

Durante un tiempo, pensó que había encontrado el equilibrio. En la universidad era la estudiante aplicada, callada, la que nadie sospechaba que podía arrasar un edificio con un pensamiento.

DAÑO COLATERALWhere stories live. Discover now