El umbral de los encutros

20 4 4
                                        

"Cuando el corazón late al ritmo de lo desconocido, descubres que cada abrazo, cada palabra y cada paso desdibujan los límites de tu propio valor."

Me llamo Auren y tengo diecisiete años. Mi vida ha sido tranquila, con sus propias pequeñas batallas. Desde niño, comprendí que todo puede encajar si contemplas el mundo con los ojos de quienes te rodean y abrazas el positivismo de este hermoso planeta.

Hoy, absorto en mis pensamientos, sacudí la cabeza ante la imponente puerta de la universidad. Con el pecho latiéndome como un tambor, crucé el umbral.

El vestíbulo bullía de voces. Sostuve mi horario con manos temblorosas, sintiéndome diminuto... hasta que una voz suave rozó mi mente:

-Hola... buenos días.

Me giré. Era baja, cerca de metro sesenta, con ojos de luz serena y una sonrisa que parecía guardar secretos. El sol de la mañana pintaba dorados los mechones de su cabello.

-Hola -respondí, esforzando mi voz-. Soy nuevo y estoy... algo perdido. No encuentro mi salón.

-Yo también llegué sin brújula -rió ella-. Buscaba mi horario y terminé aquí.

Su risa era música. Quise proponerle explorar juntos, trazar un mapa de aulas, pero justo entonces un chico y otra chica la llamaron. Se despidió:

-Fue un gusto. ¡Nos vemos!

-Sí, hasta luego -susurré, sintiendo un "qué hubiera pasado si..." atrapado en mi garganta.

Corrí al área de administración. El aroma a papel y tinta fresca me ancló al presente. Una señora consultó mi horario y mi DNI.

-Sección 12-D, Facultad de Informática -dijo, alzando la mirada.

Asentí, agradecido, y me dirigí al aula. A través de la ventana vi a ella charlando con un compañero. Un fugaz pellizco de celos me recorrió: lo natural de su conversación contrastaba con mi titubeo interior.

Entré, murmuré un "buenos días" al vacío y me senté. El profesor inició la exposición de la materia y el plan de evaluaciones; su voz grave fue un ancla contra mis inseguridades. Cinco horas después, el timbre me liberó.

Salí a la plaza central. El césped olía a hierba fresca, los bancos de piedra brillaban al sol. Revisé el teléfono: ningún mensaje. Me hundí en un asiento, navegando en un mar de imaginaciones sobre ella: su voz, su risa, su manera de ver el mundo.

Un clic digital me sacó de mis ensoñaciones. Frente a mí, un chico jugaba en su móvil. Reconocí el título: el videojuego de mi infancia.

-¿Te gusta "Super Smasher Boom"? -pregunté, ofreciéndole un truco.

-¡Sí! Qué extraño encontrar a otro fan -contestó, con ojos brillantes-. Gracias.

Charlamos y reímos como viejos amigos hasta que el reloj marcó las 13:00. Me despedí con una sonrisa sincera, dispuesto a enfrentar lo que viniera.

Al salir, la encontré de nuevo junto a la puerta. Su sonrisa se expandió y, sin mediar palabra, me abrazó. Sentí la calidez de su gesto en mi nuca; un cosquilleo ardió en mi rostro. Me quedé petrificado hasta que retomé el control y partí hacia el autobús.

En casa, mi madre esperaba con guiso de pollo y arroz blanco: capas de consuelo y hogar. Comí con avidez. Tras el almuerzo, salí a la tienda. Ahí apareció Annabelle -Ann-, mi amiga de infancia, sonrisa contagiosa.

-Hey, Auren, ¿qué tal tu primer día? -preguntó, mientras preparaba mi pedido.

-Bien, tranquila -respondí-. Conocí al primer amigo de la uni y compartimos un videojuego.

Ann soltó una carcajada.

-Solo tú podrías encontrar un compañero de campus por un truco de juego.

Tras pagar, me devolvió el billete y el vuelto.

-Olvidaste tu cambio -advirtió.

Tomé las monedas y lancé una propuesta.

-Gracias, Ann. Cuando salga del entrenamiento, te invito a tus dulces favoritos por tu ayuda.

Sus ojos brillaron con picardía. Guiñó el ojo y guardó las monedas.

Eran las 17:00: hora de dojo. Me enfundé el cinturón negro y pisé el tatami. El crujir bajo mis pies era un cántico familiar. Practiqué geris y tsukis, alternando potencia y velocidad, y combatí con mis compañeros. El sudor me cubrió como armadura líquida. En dos semanas será la competencia regional; mi meta es nacional y continental.

Al finalizar, me despedí de Damián, Diego, Álex y Ándrea: mi clan de alto rendimiento. Álex, veloz y certero, era mi espejo y desafío permanente.

Eran las 20:00. Envié un mensaje a Ann:

-Voy para la panadería, ¿vienes?

-Allí estaré -respondió.

Caminé bajo faroles anaranjados, recordando el abrazo espontáneo de la mañana. Llegué y esperé.

-¡Holiii, Auren! -saludó Ann, abrazándome.

-Holaa, Ann -respondí-. ¿Me esperaste mucho?

-Nada, llegué al instante -bromeó-. ¿Quieres caminar y contarme tu día?

Paramos junto a un barandal de hierro. Mientras avanzábamos, mi mente se desvió hacia ella, la chica de la uni. Quise hablar, pero Ann me sorprendió:

Ella bajó la mirada y su voz se tornó tenue:

-Auren... tengo miedo de mi futuro. Quiero ser aeromoza, recorrer el mundo, y temo no estar a la altura. Me preocupa no dominar el inglés, no tener el porte adecuado ni la seguridad para enfrentar las pruebas.

Su mano se aferró al barandal, buscándose un apoyo.

-A veces siento que cualquier examen me desvanecerá. Me pregunto: "¿Y si no soy suficiente?"

La vi, frágil y honesta. Entonces supe qué decir.

La tomé de los hombros y la giré hacia mí:

-Ann, tus miedos no te definen; tu coraje al enfrentarlos sí. Tienes la inteligencia, la dedicación y el corazón que ningún examen desgrana. No te pido que dejes de sentir temor, sino que lo uses como impulso. Yo estaré a tu lado cada vez que tu valor flaquee.

Ann aspiró profundo y esbozó una sonrisa genuina.

La conduje a la cafetería de postres. En nuestras copas, un quesillo temblaba como promesa de confianza. Mientras Ann saboreaba la textura cremosa, el silencio se volvió cómplice. Coloqué mi mano en su mejilla:

-Eres increíble. Cada uno de tus miedos es un ensayo para tu victoria. No prometo borrarlos, pero sí recordarte siempre tu fuerza.

Sus ojos brillaron con las luces de la noche. Me abrazó con ternura y susurró:

-Gracias, Auren. Te quiero mucho.

La acompañé a su puerta. Caminé de regreso, pensando en todo lo vivido: nuevos amigos, abrazos sinceros, entrenamientos intensos y palabras que calan en el alma.

Cerré los ojos imaginando el tatami nacional, mi puño alzado, el triunfo y la paz interior. Así terminó mi día extraordinario.

Auren: hijo de las estrellas Where stories live. Discover now