Vicuña Roja.

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-Uno, dos, tres y.

Una orquesta cualquiera de un colegio católico, que se encontraba ensayando una nueva partitura llamada La Vicuña Roja.

El profesor Edgar, un hombre tranquilo pero bromeador, con sus gafas resbalandose por la nariz, frotaba con esmero el arco con las cuerdas de violín buscando la afinación perfecta.

A su lado, el profesor Nicolás, un profesor de flauta siempre con un buen humor, con una gran sonrisa en su rostro, dándole algunos cumplidos que cualquiera tomaría como coqueteo.

El primer intento de 'La Vicuña Roja' fue un completo desastre, los violines iban al unísono. Las flautas parecían estar en una competencia de silbidos agudos. El aire en el salón de música parecía cargado, no por el olor a madera y cuerdas, sino por la tensión palpable de las dos semanas que quedaban para el concierto. Y el echo de sólo poder ensayar los viernes hacia que cada minuto contara el doble, se podía sentir la urgencia en la que Edgar se ajustaba su ropa con impaciencia y en como Nicolás intentaba disimular su inquietud con una sonrisa forzada.

Edgar cerró la funda de su violín con un golpe seco que resonó en el silencio del salón. No miró al contrario quien seguía guardando metódicamente su flauta en su estuche.

Cada movimiento era deliberado, cargado de una incomodidad que flotaba entre ellos, el día que había esperado ansiosamente se acercaba, y con él, la necesidad de dejar atrás las diferencias. Nicolás finalmente levantó la vista, su vista encontrándose con unos hermosos ojos almendrados, antes de que este girara bruscamente hacia la puerta.

Justo después de que cerrará la puerta sintió un suave tirón de su manga en su chaqueta.

-Oye, Edgar...- Comenzó, su voz más baja de lo normal - Sé que las cosas han estado... Un poco tensas, pero quería decir te lo mucho que admiro cómo tocas. Tu dedicación es increíble, y se que juntos haremos sonar increíble 'La Vicuña Roja'.

Las palabras tan directas golpearon a Edgar de una forma inesperada, haciendo que su corazón diera un vuelco cálido y confuso. Nunca había escuchado algo así de Nicolás. Antes de que pudiera procesarlo del todo, Nicolás soltó su manga y le dio una palmada en su hombro.

-Nos vemos el viernes, entonces.- Dijo con una sonrisa en su cara.

Edgar se quedó inmóvil por un segundo. Se dió la vuelta y vio a Nicolás ya dirigiéndose a la salida, su figura alejándose poco a poco. Confundido, con una extraña sensación de alivio y esperanza, suspiró y se dirigió rumbo a su casa.

El profesor de viola, Alejandro, lo había visto todo.

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