El gran salón parecía sacado de un sueño imposible: una catedral erguida en medio del hielo eterno, alzándose como un espejismo de cristal y geometría imposible. Columnas transparentes que no parecían sostener nada, arcos curvados en ángulos que desafiaban la gravedad, techos altos que se confundían con la neblina luminosa que flotaba sobre las paredes. Era arquitectura kriptoniana, o al menos eso suponía Bruce mientras dejaba que sus botas resonaran en el suelo como único recordatorio de que no estaba soñando. Cada paso hacía eco contra ese material translúcido que parecía hielo, pero no lo era: no se derretía, no se quebraba, no sentía frío al tacto. Aquello no era piedra, ni vidrio, ni cristal. Era algo que los humanos aún no tenían nombre para describir.
Lo más desconcertante era la temperatura. Afuera, en el Ártico, el viento podía partirte los huesos. Dentro de esas murallas translúcidas, en cambio, no había rastro de frío. El aire era neutro, casi cálido, con un aroma sutilmente metálico. Bruce sospechaba que los kriptonianos modulaban el ambiente a voluntad. Como todo lo que habían traído: incomprensible, perfecto, intimidante.
Refunfuñó para sí mismo, la mandíbula apretada y la mirada alerta. Nunca dejaba de analizar, de diseccionar lo que veía. Era su instinto, lo que lo mantenía con vida. Aunque ahora dudaba mucho de que todo ese análisis sirviera de algo frente a seres capaces de levantar edificios con un dedo.
—Tch… —soltó bajo, como si escupiera un mal sabor de boca.
Delante de él flotaba una criatura metálica, con forma de esfera achatada y patas articuladas que se movían sin tocar realmente el suelo. Era lo más cercano que había visto a un “guía turístico” alienígena, aunque en la práctica no era más que un robot que daba instrucciones en una mezcla de kriptoniano y traducciones torpes al español. Bruce se limitaba a seguirlo, más por no tener otra opción que por obediencia.
Hace apenas unos días, su vida había dado un giro absurdo. Un mensaje oficial, transmitido con toda la diplomacia posible pero traducido con la torpeza de un diccionario automático, había llegado a la mansión Wayne. Alfred lo había leído con calma, ajustándose las gafas mientras Bruce fruncía el ceño ante cada palabra. El comunicado, en esencia, solicitaba su presencia inmediata en el Ártico como parte de lo que los kriptonianos llamaban un “harem consorte” para la Casa de El.
Harem. Esclavitud. Consorte. Nadie en la Tierra tenía muy claro qué significaban esos términos en kriptoniano. Bruce prefería llamarlo lo que realmente era: una amenaza. El mensaje fue explícito en lo que importaba: si Bruce Wayne no se presentaba, habría represalias. Y cuando una raza alienígena con naves capaces de partir la atmósfera en segundos te pide algo, uno no tiene muchas opciones.
Alfred, con esa calma tan inglesa, había dicho que un harem no era lo mismo que esclavitud. Probablemente trataba de consolarlo, de pintar la tragedia con un barniz de dignidad. Bruce no estaba convencido.
El recuerdo lo hizo fruncir aún más el ceño. Había tenido que despedirse de Alfred con un apretón de manos que intentó ser casual, de Dick con instrucciones que rozaban lo paranoico, y de Damian con la amarga certeza de que su hijo intentaría matar a alguien en cuanto se enterara de la “oferta” kriptoniana. Técnicamente, había dejado toda su fortuna y poder en manos de Dick como tutor, aunque la sola idea lo ponía nervioso. Jason, Tim, incluso Cassandra… todos eran capaces de hacer algo imprudente si se enteraban de lo que en verdad pasaba.
Así que ahí estaba, Bruce Wayne, treinta y dos años, caminando en silencio como un prisionero vestido con un abrigo demasiado fino para el Ártico, siguiendo a un robot alienígena hacia quién sabía qué destino.
Habían pasado dos años desde la llegada de las naves. El cielo se había abierto en varias regiones del planeta y de pronto, quinientos kriptonianos caminaron sobre la Tierra como si fuese suya. La humanidad, que apenas entendía lo que veía, se rindió sin pelear. ¿Qué otra opción había? No se trataba de ejércitos ni de tanques. Aquella gente podía volar, lanzar fuego por los ojos, resistir cualquier arma conocida. Un solo kriptoniano equivalía a un ejército entero.
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Etiqueta Kriptoniana |SuperBat AU
FanfictionLa guerra terminó, pero la paz tuvo un precio. Un pacto sellado entre vencedores y vencidos une a dos mundos que jamás debieron encontrarse: el sol de Kriptón y la sombra de Gotham. Entre velos de consorte, rituales incomprensibles y el peso de una...
