El Despertar De Enigma

15 2 4
                                        

El cielo estaba gris, pero no el gris romántico de las películas. Era el tipo de gris que anuncia que algo va a salir mal.
Ethan Graves caminaba bajo la lluvia con las manos en los bolsillos, mojándose sin apuro. No porque disfrutara mojarse… sino porque acababa de perder todo: trabajo, reputación, y probablemente, la poca fe que le quedaba en el universo.

—Qué ironía —murmuró, viendo su reflejo distorsionado en un charco—. Un genio arruinado por un error de cálculo. Supongo que Einstein también tuvo días malos.

El charco no respondió, claro, pero su cara reflejada parecía burlarse. Ethan sonrió con cansancio.

Había sido un investigador brillante, especializado en neurociencia aplicada. Sus proyectos rozaban lo prohibido: manipulación de memoria, control de impulsos, reconstrucción de identidad. Cosas que el gobierno amaba en secreto y odiaba en público.

Hasta que un “pequeño accidente de laboratorio” lo convirtió en el enemigo público número uno.
Nadie murió… salvo él mismo, unas horas más tarde.

—A veces me pregunto si nací para molestar a la humanidad —susurró mientras cruzaba la calle—. Bueno, si mañana hay titulares, que al menos digan que fui un genio incomprendido.

El claxon de un camión lo sacó del pensamiento. Giró la cabeza y solo alcanzó a ver las luces acercándose.
Ni tiempo de maldecir.

Todo se volvió blanco.

---

Oscuridad.
Silencio.
Y luego, una voz.

—...¿Así que tú eres el nuevo error del sistema? —dijo alguien con un tono burlón, como si leyera un expediente que le diera risa.

Ethan abrió los ojos. No había cielo, ni tierra, ni cuerpo. Solo un espacio infinito lleno de relojes suspendidos en el aire. Algunos avanzaban hacia atrás, otros giraban sin sentido.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—En trámite.

La voz provenía de una figura sin rostro, vestida de blanco, sentada sobre un reloj gigantesco.

—¿Trámite? —repitió Ethan—. ¿Qué soy, un formulario?

—Técnicamente, sí —contestó la figura, hojeando un libro invisible—. Mmm… Ethan Graves. Muerto por camión. Causa: distracción existencial. Nivel de inteligencia: ridículamente alto. Nivel de sentido común: inexistente.

—Ah, excelente —ironizó Ethan—. Hasta después de morir me siguen evaluando.

—Buena noticia, genio —continuó la voz—. Has sido seleccionado para una reubicación. Un mundo donde los humanos nacen con poderes. Héroes, villanos, caos… lo de siempre.

Ethan alzó una ceja.
—¿Y tengo opción de negarme?

—Tienes opción de morir por segunda vez, si eso cuenta.

—…Paso. —Suspiró—. Muy bien. ¿Y cuál es mi papel en esa comedia de poderes?

—Eso lo decides tú. Pero ten cuidado: en ese mundo, las decisiones pesan más que la inteligencia.

—Entonces será divertido.

El reloj bajo sus pies empezó a girar a una velocidad absurda. Los segundos se estiraban, el aire vibraba.

Antes de desaparecer, Ethan sonrió por última vez.
—Bueno, universo… veamos si puedes manejar a alguien como yo.

El primer sonido que Ethan escuchó no fue su respiración. Fue el zumbido grave de algo eléctrico, mezclado con el eco metálico del agua cayendo.
Abrió los ojos con un sobresalto. No había cielo ni estrellas, solo un techo de concreto agrietado y un hilo de luz filtrándose entre los escombros.

El aire olía a óxido, sudor y basura quemada.
Estaba tendido sobre lo que parecía ser una cama improvisada de cartones húmedos.

—…Esto no es el paraíso —murmuró, incorporándose con dificultad. Su voz sonó más áspera, más joven.

Miró sus manos: huesudas, temblorosas, con cortes recientes. Su cuerpo era distinto, y estaba vestido con ropa vieja, harapienta, cubierta de polvo.
A un costado, medio enterrada bajo un trozo de metal, había una máscara blanca partida al medio. La tomó sin pensar, limpiándola con la manga.

Una mitad perfecta. La otra, rota, astillada.
Un reflejo de sí mismo.

Se la acercó al rostro, y por un segundo sintió una presión, como si algo invisible la reclamara. Luego, nada. Solo silencio.

—Supongo que me queda —susurró, sin humor.

Avanzó hacia la salida del túnel. Afuera lo esperaba una ciudad que no tenía nada de heroica.
Torres inmensas, luces de neón, pantallas proyectando rostros sonrientes de héroes con nombres grandilocuentes. Pero debajo, en las calles, el contraste: pobreza, humo, sirenas lejanas, gritos.

Un dron pasó zumbando sobre su cabeza con el logo del Departamento de Control de Poderes (DCP).
Por el altavoz, una voz femenina anunciaba con calma:

> “Curfew activo en Zona Baja 7. Cualquier civil sin licencia de habilidad será detenido para registro genético.”

Ethan levantó una ceja.
—Héroes con horario… y villanos con chips de rastreo. Qué sociedad tan eficiente.

Caminó entre los callejones. En cada esquina, murales con propaganda mostraban al Héroe Supremo Atlas, un gigante con capa dorada, proclamando justicia y orden.
A su lado, un cartel tachado mostraba los rostros de tres “enemigos del sistema”: villanos buscados, todos muertos.

Muerte confirmada. Justicia cumplida.

El mensaje se repetía como un mantra.

Ethan se detuvo frente a un contenedor y vio su reflejo en una lámina oxidada.
El ojo derecho descubierto, la mitad del rostro cubierta por la máscara rota.
No era un héroe. No era un científico.
Era un cuerpo abandonado en un sistema que parecía tragarse a cualquiera sin apellido o poder útil.

—Parece que sigo en la Tierra… solo que con esteroides morales. —Sonrió sin alegría—. Aquí el bien y el mal son productos con etiqueta.

Un ruido seco lo interrumpió: pasos rápidos, respiración entrecortada.
Un chico con una chaqueta roja apareció corriendo, perseguido por dos agentes del DCP.
—¡Detente! ¡Registro obligatorio! —gritó uno, apuntando con un arma de energía.

El chico se tropezó, cayó al suelo. Gritó algo que Ethan no alcanzó a entender, y entonces su cuerpo se iluminó por un segundo: una onda de calor salió de sus manos, derritiendo el asfalto.
Uno de los agentes cayó, gritando. El otro disparó sin dudar.

El chico quedó inmóvil, el humo aún saliendo de su pecho.

Ethan observó la escena desde las sombras.
No sintió lástima. Sintió información.

—Así que incluso tener poder es una condena —murmuró—. Interesante.

Se dio media vuelta y caminó hacia la oscuridad del callejón, el abrigo colgando de su cuerpo como una sombra viva.
Ya lo entendía: este mundo no necesitaba otro héroe ni otro monstruo.
Solo alguien que pensara como un hombre… y actuara como una fuerza de la naturaleza.

Ese sería su papel. No un elegido. No un redentor.
Solo Enigma: una mente libre en un sistema que había olvidado lo que significaba pensar.

(Aqui les dejo un retrato de ethan... Hecho con ia.)

(El siguiente capítulo lo voy a hacer más largo, gracias

Oops! This image does not follow our content guidelines. To continue publishing, please remove it or upload a different image.

(El siguiente capítulo lo voy a hacer más largo, gracias.)

ENIGMAWhere stories live. Discover now