De Houston a Troti.
Era como una vieja leyenda de rock, de estar en el estrellato a descender de golpe y sin previo aviso. Alma Houston sonaba muy bien, tenía porte y la H daba un aire a sofisticación cada vez que alguien lo pronunciaba; en cambio Troti era tosco y vulgar, parecía sacado de una comedia mala sobre granjeros con peto y sombrero de paja. Alma Troti. ¿Qué hubiesen pensado sus amigos si alguna vez hubieran sabido que se apellidaba Troti? Quizá habrían tenido la misma reacción que Matt. Sea como fuere, lo único que podía agradecerle a su exmarido era el privilegio de haber podido llevar durante diez años aquel apellido. Pero el papel estaba firmado y sellado, tocaba ser Alma Troti de nuevo.
—Esto no podría ir peor —pensó Alma en voz alta, negando con la cabeza y dejando reposar su nuca en el asiento del avión.
El avión estaba aterrizando, el trayecto desde Australia a Solma se le hizo breve y estaba convencida de que hasta aquella especie de pájaro mecánico había acelerado el viaje y estaba deseando que se metiera en el aeropuerto para no tener que soportar sus quejas. Ni siquiera el avión la soportaba.
«Supongo que ya hemos llegado. Ya estoy en casa» Pensó mientras agarraba su equipaje.
Quince años eran muchos años. Solma era un ente abstracto en la mente de Alma, un recuerdo vago que no vino a su cabeza hasta que el patán de Matt le puso los papeles de divorcio enfrente. Ella sabía que su hogar era Australia y lo más doloroso era haber dejado a su hija atrás. Solma, al contrario que Australia, era esa vieja foto que te encuentras al hacer limpieza para desechar trastos y ropa acumulada por décadas mientras quitas el polvo de las cajas que nadie ha tocado durante por lo menos treinta años. Era su génesis, eran sus raíces y era aquel sitio al que podría volver siempre que quisiera sabiendo que allí estarían sus padres para recibirla con un enorme abrazo. Quitando eso, Solma no significaba nada más para ella.
—Me fui siendo una niña —echó el último vistazo al aeropuerto antes de subirse al taxi—, vuelvo siendo una mujer.
El camino se hizo ameno entre conversaciones con el conductor. Y, para cuando quiso darse cuenta, estaba a dos calles de casa de sus padres. Después de tantos años le eran irreconocibles las aceras que veía a través de la ventanilla, hasta el asfalto tenía otro color. Las casas y los edificios eran llamativos, no tenía ningún recuerdo con el que comparar nada puesto que apenas se acordaba. Esto último la dejó pensativa y frustada, llevaba mucho tiempo fuera de allí pero se reprochaba no poder conservar ninguna imagen en su memoria.
El taxi estaba aparcando. A Alma se le aceleró el corazón, movía la pierna frenética mirando a ambos lados y ganándole el pulso a su garganta cuando sintió su saliva resbalando por su faringe. Todavía con los nervios a flor de piel, consiguó sacar un par de billetes de su cartera y entregárselos al conductor; aún temblorosa y con el pulso de un anciano.
—Muchas gracias, señora —aquel acento extranjero del taxista le chirrió durante un par de segundos, aún así le dedicó una sonrisa.
—Señorita —bajó del vehículo y dio un portazo.
Cogió su teléfono móvil y tecleó una serie de dígitos para después pegarse el dispositivo a la oreja. Suspiró. Sabía lo que se le venía encima, pero necesitaba hablar con Leila. Estaba segura de que Matt pondría algún tipo de impedimento, pero estaba dispuesta a presionarle; la niña no tenía nada que ver con lo que pasaba entre ellos y se enfadaba cada vez que se acordaba del día en el que le pidió el divorcio y la custodia de la niña. Pareciera que en Australia un Houston siempre estaría por delante de un Troti, aunque fuese su madre y hubiese salido de sus entrañas. Estaba muy cabreada.
La cuarta llamada. ¿A qué jugaba Matt? Alma seguía parada enfrente de su antigua casa, esperando oír una voz que se resistía a hablar con ella. Cerró los ojos mientras marcaba la llamada de nuevo y por última vez. La quinta.
Un tono.
Dos tonos.
¡Bingo!
—¿Cómo que qué quiero, Matt? Sabes perfectamente lo que quiero, déjame hablar con Leila —intentó no alzar la voz—... Sé que está contigo... ¿¡Cómo que no quiere hablar conmigo!? ¡Soy su madre!... Eso no es verdad... ¡Mentira!... Siempre haces lo mismo, siempre igual. Todo culpa mía, mi marido siempre trabajando y olvidándose de mí pero yo soy la mala —gritó, moviendo la mano que quedaba libre en todas direcciones—... ¡Sabes por qué hice lo que hice!... No, por favor... No... ¿Matt?¿Sigues ahí? —al otro lado se hizo el silencio—. Capullo.
Apartó de forma brusca las pocas lágrimas que apenas brotaban de sus ojos. No era tristeza sino indignación. El rencor dio impulso y ahora caminaba más rápido. Echaba de menos a su hija, al contrario que a Matt; no le quería, hacía ya mucho que ese sentimiento hubo desaparecido. Puede que ese fuera uno de los motivos que le llevaron a ser infiel: no quería a Matthew. Todas las noches que lloró durante el proceso de divorcio no fueron por él, era por saber que estaba a punto de perder la vida que tenía. Eso sí lo quería, amaba la vida que llevaba con Matt pero no era suficiente y salió a buscarlo donde menos se imaginó encontrarlo.
Hasta que todo salió a la luz.
La puerta se abrió y la avalancha de besos, abrazos y sollozos no dio tiempo a que saliese ninguna palabra por parte de nadie. Inmediatamente, arrastraron a Alma hacia el salón y allí recibió al resto de la familia. También habían un par de desconocidos.
—Familia. Alma está de vuelta —canturreó su madre, bailando alrededor de todos—. Todas vuelven con mamá cuando se acerca la crisis de los cuarenta, ¿verdad?
Rieron todos. Durante días.
Ocho días después de haber vuelto a casa, Alma degustaba el desayuno de su madre. Con treinta y seis años era un poco feo hacer ascos y quejarse porque hubiese cebolla, ahora que Leila no estaba cerca podía apartarla sin sentirse mal por luego obligar a su hija a comérsela sin rechistar.
Durante su estancia allí se mantuvo ocupada de todas las formas posibles. Su madre tenía las noticias más frescas del pueblo y Alma disfrutaba cada rato que podía escucharla chismosear, aunque le costó ponerle cara a ciertos nombres que salían de vez en cuando. No podía acordarse de todos. Alguna anécdota de ella de pequeña de alguna trastada que salió mal también surgió en el relato. Se murió de vergüenza en varias ocasiones.
—Estos últimos meses ha estado habiendo mucho revuelo por las calles —empezó su madre preocupada—. Se vienen épocas oscuras por aquí. Llevamos un par de años con un clima muy hostil, dejamos de hacer comunidad hace mucho tiempo y puede que no te sientas acogida del todo.
Se acercó a Alma y besó su frente mientras ella daba el último sorbo a su taza de café. Se sentó en la silla de enfrente y le dedicó una ligera sonrisa a su hija.
—Estoy muy contenta de tenerte aquí de nuevo. Te quiero mucho, hija.
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La Dinámica del Amor
Mystery / ThrillerRecién divorciada de Matt, Alma regresa a Solma tras quince años lejos, buscando recomponerse y reencontrarse con su pasado. Pronto se topa con Bill, su primer amor, y la pasión que creían dormida vuelve con fuerza. Pero Bill se ha convertido en el...
