0°• "Destello".

3.8K 375 118
                                        

Satoru Gojo fue asesinado por Toji Fushiguro. Riko Amanai también. Algunos hechiceros recuperaron sus cuerpos fríos y solo de esa forma Suguru pudo verlos por última vez. Su mano temblorosa se posa en la mejilla del cuerpo de Satoru, tocando la sangre seca con una expresión apagada.

Satoru de verdad estaba muerto.

Y él no se siente capaz de vivir en un mundo sin él.

Sus ojos se fijan en la mirada perdida, carente de ese tono azul brillante. El mismo vacío en sus iris es el mismo que se instala en su pecho como una garrapata, apretujando su pobre órgano sin piedad.

La última vez que los vio brillar fue cuando Suguru lo dejó atrás, confiando ciegamente en las habilidades de su amigo. Ambos eran fuertes, los más fuertes, entonces no debía haber problema si decidía dejar el asunto en sus manos. Se habían enfrentado a maldiciones imponentes antes, brujos con técnicas poderosas. Toji debió haber sido uno más en la lista de victorias, no el que marcara el punto final en la vida de Satoru.

Ambos debieron haber llegado juntos a las profundidades de la escuela, tal vez se hubieran enfrentado a Tengen hombro con hombro, eliminando esa absurda fusión con los recipientes. Riko pudo haber tenido una vida normal sin tener que preocuparse por cosas que en realidad no tenían por qué involucrarla. Quizá habrían acabado celebrando yendo a jugar videojuegos junto a Nanami, Haibara y el resto, apostando cualquier estupidez que pudiera vaciar sus carteras.

Miles de "hubiera" cruzan por su cabeza, cerrando su garganta.

Sus dedos acarician sus párpados, cerrando suavemente sus ojos. Hay una extraña ternura en cada toque en su mejilla, como si Satoru solo estuviera durmiendo de nuevo. La sombra de una sonrisa temblorosa se asoma en sus labios antes de apartar su mano; sabe que es la última vez que podrá verlo tan cerca, así que se esfuerza por no mirar exactamente al cadáver tendido sobre la camilla de la morgue, sino a lo que alguna vez había sido.

Satoru de verdad estaba muerto. Y eso era una mierda.

_____•

A mediados de octubre, cuando el sol está en su punto más alto brillando con intensidad, es cuando las misiones se vuelven repentinamente más constantes. En los últimos meses la aparición de maldiciones va en aumento, ya sea por la ausencia de la monstruosa presencia de los Seis Ojos o por los desastres naturales que azotaron al país hace relativamente poco. Sea como sea, el trabajo para los hechiceros no se detiene, obligándolos a ir de un lado a otro sin descanso.

Para Geto es un poco más complicado. Al ser un grado especial al que algunos llaman el más fuerte, las misiones más difíciles y tardadas se le asignan: grado dos, semi grado uno, primer grado. Su rutina se basa en seguir a maldiciones de esos rangos y exorcizarlas para luego absorberlas. No es nada que no haya hecho antes y, aun así, con el paso de los días se sintió tan deprimente. Solitario.

El asiento siempre vacío a su lado parece ser la respuesta a tal desdicha.

-Parece que es una misión con una maldición de grado tres en las afueras de Sendai -explica Shoko, con las piernas cruzadas y un cigarrillo en la boca. Mantiene su distancia, al otro extremo del auto, sin parecer perturbada por la apariencia tan desaliñada del pelinegro. Parece que se acaba de despertar.- No es muy congruente decir que una maldición de tercer grado acabó con la vida de más de tres hechiceros. En especial si son de segundo grado.

La mujer parece reflexionar un poco, ladeando la cabeza en su dirección.- Entonces tiene sentido que vengas conmigo.

Suguru tararea en afirmación.

Ambos fueron enviados a una misión en una zona de pocos habitantes en las afueras de Sendai. Su trabajo consiste en curar a los jóvenes hechiceros que terminaron heridos en una batalla inconclusa con una maldición, investigar lo que pasó y terminar el trabajo. Inicialmente irían solo Shoko y otro hechicero cuyo nombre no se interesó en preguntar, pero las cosas dieron un giro cuando Suguru sostuvo el informe de la misión en sus manos. A la vista de lo ocurrido, el pelinegro tuvo la ligera sospecha de que no lidiaron con una maldición de tan bajo grado como decían, sino con una más fuerte. Yaga piensa lo mismo, así que le pidió de favor ocupar el lugar del otro hechicero y acompañar a la castaña, porque al final de cuentas, si se trataba de una maldición de grado superior sería buena idea agregarla a su arsenal.

Entre tus Brazos  || SuguSatoWhere stories live. Discover now