prólogo

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             Los primeros pasos

Izuku Midoriya nunca fue un niño común. Desde que tiene memoria, su mundo se reducía a piezas de metal, engranajes y libros que nadie más leía. En la escuela, era el chico que no destacaba, siempre al margen, ignorado por compañeros y maestros por igual. Era un niño sin Don, sin habilidades especiales, el blanco fácil de burlas y desprecio.

En casa, la indiferencia y el reproche tenían rostro familiar. Su madre, agotada y crítica, apenas le dirigía la palabra más que para reprenderle:

—Izuku… ¿otra vez con esos juguetes inútiles? Nunca vas a ser nada —decía, sin mirar siquiera lo que él sostenía en las manos.

Su hermana, siempre atenta a cada error, se burlaba desde la sala:

—¿Vas a pasarte la vida con esas tonterías? Ni siquiera pareces un niño normal.

Las palabras calaban hondo, pero no podían apagar la chispa que él llevaba dentro. En la soledad de su habitación, rodeado de restos de electrónica y chatarra, Izuku se sentía invencible. Allí podía crear, manipular y controlar. No eran juguetes; eran compañeros, sus primeros amigos. Les confiaba todo, incluso su soledad y sus pensamientos más profundos.

—Orbot, ajusta la frecuencia. Cubot, pásame la herramienta —decía con la seriedad de un adulto.

Orbot y Cubot eran simples robots de formas torpes y luces parpadeantes, pero para Izuku eran vida. Cada movimiento que hacían, cada pitido que emitían, lo hacía sentir menos solo. No había críticas, no había burla, no había indiferencia. Solo él y sus creaciones.

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En la escuela, Izuku siempre caminaba con la cabeza ligeramente baja, vigilando a sus compañeros desde lejos. Cada error era motivo de risas; cada pregunta respondida con lentitud era un recordatorio de que no pertenecía.

—Midoriya, ¿otra vez? —susurraba una voz burlona mientras algunos niños reían—. Siempre tan inútil.

Él bajaba la cabeza, callaba, pero dentro de él algo empezaba a crecer: la certeza de que su mente funcionaba de manera distinta, superior. Mientras ellos dependían de fuerza y habilidades visibles, él dependía de su ingenio, de su capacidad de crear lo imposible con simples piezas de chatarra.

Los libros que llevaba en su mochila eran una puerta a mundos que los demás no podían imaginar. Física, mecánica, teoría de máquinas… todo parecía fluir naturalmente ante él. Y en cada lección, mientras los demás jugaban o peleaban por atención, él anotaba, calculaba, soñaba con inventos que podrían cambiarlo todo.

Esa arrogancia silenciosa fue la primera chispa de lo que algún día se convertiría en Eggman. No era odio todavía; era la conciencia de que nadie podía entenderlo, ni su genio, ni su imaginación, ni su hambre de conocimientos y control.

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Cada noche, Izuku perfeccionaba a Orbot y Cubot. Les enseñaba rutinas básicas, les daba instrucciones, y se maravillaba de cada mejora, por mínima que fuera. Sus robots no eran juguetes; eran compañeros, confidentes y testigos de sus noches interminables de trabajo y aprendizaje.

—Algún día, ustedes serán parte de algo grande —susurraba—. Y nadie podrá detenerme.

A veces, mientras soldaba piezas y ajustaba circuitos, imaginaba mundos distintos: ciudades de metal y cristal, máquinas que se movían con vida propia, guardianes que protegían a los débiles y castigaban a los injustos. Sus ojos brillaban con cada visión, y aunque todavía era delgado y pequeño, su mente caminaba por senderos que ningún otro niño podía recorrer.

Incluso los pequeños fracasos de sus inventos eran lecciones. Cada chispa que saltaba fuera de lugar, cada robot que no funcionaba como él quería, alimentaba su obsesión por perfeccionar, controlar y mejorar. Su paciencia y determinación eran infinitas.

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Aunque su mundo interno era brillante, la familia lo mantenía en la sombra. Cada reproche de su madre y cada burla de su hermana eran recordatorios constantes de que no había lugar para él en el mundo tal como era.

—Si tan solo fueras como los otros niños… —suspiraba su madre—. Pero siempre estás con esas tonterías.

—¡Míralo, sigue jugando con sus chatarritas! —reía su hermana desde la sala.

Izuku ya no pedía aprobación ni cariño. La indiferencia se transformó en una fría convicción: nadie debía subestimarlo, y nadie tendría poder sobre él. Su rencor no era odio todavía, sino una firme decisión de no volver a depender de nadie.

A veces se sentaba junto a la ventana, observando a los otros niños correr y jugar en la calle, imaginando que su mundo, lleno de inventos y máquinas, algún día sería más grande y poderoso que el de ellos. Una parte de él deseaba estar con ellos; otra parte sabía que nunca lo aceptarían.

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A los ocho años, Izuku ya podía construir pequeños robots que realizaban tareas sencillas: limpiar, levantar objetos, reproducir sonidos. Cada éxito aumentaba su confianza, cada fallo fortalecía su paciencia. Su habitación parecía un pequeño taller, con herramientas y piezas dispersas, planos pegados en las paredes, luces parpadeando en distintos colores.

—Orbot, prueba el nuevo motor. Cubot, ajusta la dirección —ordenaba, con la precisión de un científico—. Si esto falla, debemos encontrar la causa.

Sus robots respondían con pitidos y movimientos torpes, pero para él eran perfectos. Cada mejora, cada patrón de luces que lograba, era un pequeño triunfo que nadie más reconocería.

Y en esas noches silenciosas, su imaginación crecía más allá de cualquier límite. Comenzó a dibujar planos de máquinas rápidas, guardianes mecánicos, armas y dispositivos que parecían imposibles de construir. No sabía aún que esos bocetos se convertirían algún día en Metal Sonic y en las creaciones que consolidarían su identidad como Eggman.

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Una noche, después de un largo experimento con Orbot y Cubot, Izuku se miró en el espejo. Cubierto de grasa, con los ojos cansados y la respiración entrecortada, sonrió de forma extraña. Una risa leve, casi burlona, se escapó de sus labios:

—Heh… heh… —susurró, sin comprender del todo de dónde venía el sonido.

Orbot y Cubot lo observaron en silencio. Para ellos, su dueño era un líder, un creador, alguien que siempre tendría un plan. Para Izuku, esa risa era un primer indicio de algo más grande. Algo que un día lo transformaría.

Ese día, mientras sus robots parpadeaban bajo la luz tenue de la habitación, Izuku Midoriya dio sus primeros pasos hacia Eggman.
No lo sabía todavía, pero la chispa había nacido. Y nada ni nadie podría apagarla.

genio oscuroWhere stories live. Discover now