En un mundo donde no existen demonios, Denji vive con sus excéntricos padres, Kishibe y Quanxi, formando parte de una familia tan disfuncional como unida. En la escuela, Denji no destaca por sus notas ni su disciplina, pero siempre encuentra formas...
El despertador sonó a las seis de la mañana con un pitido tan estridente que Denji juraba que alguien quería matarlo desde el más allá. Dio un manotazo torpe al aparato, lo derribó al suelo y se enterró de nuevo en la almohada, con la esperanza de que el mundo desapareciera.
-¡Denji! -rugió una voz áspera desde la cocina-. ¡Levántate de una vez o te vas a quedar sin desayuno!
Era Kishibe, su padre. O, al menos, la figura paterna más cercana que el rubio había tenido. Un hombre de rostro curtido, mirada cansada y maneras toscas, que parecía más un veterano de guerra que un simple padre de familia.
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Denji gruñó desde su cama. -Cinco minutos más...
Un portazo retumbó en su puerta. No era Kishibe esta vez, sino Quanxi, la otra figura parental de la casa: alta, fría y letal incluso con la sartén en la mano.
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-Arriba -dijo con voz seca, abriendo la ventana de golpe. La luz del sol invadió la habitación como un ataque.
-¡Aaah, me quema! -chilló Denji, cubriéndose con las sábanas.
Quanxi arqueó una ceja, sin pizca de compasión. -Si no bajas en diez segundos, Kishibe se comerá tus tostadas.
Esa amenaza fue suficiente. En un movimiento torpe y desesperado, Denji se levantó, se vistió como pudo con el uniforme arrugado y salió disparado hacia la cocina.
La mesa estaba servida con un desayuno sorprendentemente decente: huevos, tostadas y café. Kishibe ya tenía el periódico abierto frente a él, mientras fumaba un cigarrillo a pesar de los regaños constantes de Quanxi.
-Ya era hora -gruñó Kishibe, sin levantar la vista-. Si algún día llegas puntual a algo, será un milagro.
Denji se dejó caer en la silla y empezó a devorar el desayuno como si llevara días sin comer. -¡Está buenazo!
Quanxi lo miró con ese aire entre resignación y ternura que solo ella podía mostrar. -Algún día deberías aprender a preparar algo por ti mismo. No viviremos para siempre.
Denji, con la boca llena de pan, levantó el pulgar. -¡Tranqui, yo sé hacer ramen instantáneo!
Kishibe bufó, escondiéndose tras el periódico. -Con eso morirás a los treinta.