La tormenta caía con bronca, chaparrones fuertes que golpeaban el techo de chapa del gimnasio. Él había buscado refugio, acomodándose contra la pared, con las manos en los bolsillos y esa calma de tipo maduro que ya había vivido de todo.
Ella llegó corriendo, empapada, con la remera pegada al cuerpo y el pelo desordenado. Sus ojos se cruzaron y la chispa apareció ahí, como si se conocieran de toda la vida.
—¿Te mojaste mucho? —preguntó él, con voz grave.
—Un poco… —dijo ella sonriendo, mientras se acomodaba el pelo—. Igual no es tan grave.
Lo que sí era grave era la tensión que se armó en el aire. Se acercaron despacio, como si la lluvia de afuera los empujara a encerrarse en un mundo propio.
El primer beso fue brutal. Nada de suavidad, directo, lengua contra lengua, como si hacía meses que se deseaban. Ella se dejó atrapar contra la pared, con las manos de él recorriéndole la espalda, bajando, apretando firme.
—Me volvés loco… —murmuró él, con la boca rozándole la oreja.
—Seguí… no pares… —susurró ella, ya respirando agitada.
Las manos de él bajaron más, levantándole la remera mojada. La piel fría por la lluvia se encendía bajo el calor de sus dedos. Ella gemía bajito, mordiéndole el cuello, mientras sus uñas arañaban la camisa empapada de él.
El deseo explotó. La apoyó contra un banco de pesas, bajándole el pantalón con torpeza urgente. Ella abrió las piernas sin miedo, con la ansiedad de alguien que lo estaba esperando desde siempre. Cuando él la penetró, un jadeo fuerte se mezcló con el ruido de la tormenta afuera.
El vaivén era crudo, intenso, sus cuerpos chocando mientras los dos se agarraban fuerte, como si el mundo se fuera a terminar en ese instante. Cada embestida arrancaba un gemido nuevo, cada caricia era un incendio más.
—Nunca nadie me hizo sentir así… —dijo ella entre gemidos, agarrándole el pelo.
—Porque nunca te tuvieron como yo… —contestó él, mirándola con esa mezcla de ternura y lujuria que solo un hombre curtido podía dar.
El orgasmo llegó como un trueno, ambos temblando, gritando sin pudor. La lluvia seguía cayendo, pero adentro no importaba nada: los dos cuerpos habían encontrado su propia tormenta.
Cuando terminaron, todavía jadeando, ella apoyó la cabeza en su pecho y sonrió.
—La puta madre… con vos la cama —o cualquier lugar— se prende fuego.
Él rió bajito, besándole la frente. Afuera, la lluvia no paraba. Pero entre ellos, el fuego recién empezaba.
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Tentaciones Porteñas
Kısa HikayeTentaciones porteñas es una antología que te invita a recorrer la ciudad del deseo, donde cada mirada, roce y susurro es un juego prohibido. Entre bares, calles y rincones secretos, el riesgo se convierte en placer y lo imposible se vuelve irresisti...
