Cicatrices Que No Cierran

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La noche había caído sobre la clínica solitaria de Black Jack. El viento golpeaba las ventanas con un silbido inquietante, como si la oscuridad misma quisiera entrar. Dentro, el cirujano trabajaba en silencio, sus manos firmes y precisas, mientras los bisturíes brillaban bajo la luz blanca de la lámpara quirúrgica.

Era una operación complicada, pero no imposible para él. El paciente, un joven de apenas veinte años, había llegado acompañado de una mujer desesperada que rogaba por su vida. Una herida profunda en el pecho, causada por un accidente extraño, amenazaba con perforar su corazón. Black Jack se concentraba, sintiendo cómo cada segundo pesaba como plomo.

"¿Podrá sobrevivir, Doctor?", preguntó la mujer, sus ojos rojos de tanto llorar.

"Si lo interrumpes, morirá de inmediato", murmuró Pinoko, cruzada de brazos a un lado, con su voz infantil pero firme.

La mujer guardó silencio, temblando. Black Jack apenas levantó la vista; su mente estaba enfocada en mantener el ritmo quirúrgico. Cada puntada era una línea de vida que se resistía a romperse. Tras varias horas, logró estabilizar al muchacho. Respiró hondo y retiró los guantes manchados de sangre.

"Vivirá", dijo finalmente.

La mujer rompió en llanto, agradecida. Pero algo en sus ojos inquietó al cirujano. No era solo alivio... también había miedo.

—Doctor... —susurró con voz quebrada—. Ese joven... no es cualquier persona.

Black Jack arqueó una ceja, encendiendo un cigarrillo mientras la observaba en silencio.

—Explíquese.

La mujer vaciló. "Él... es mi hermano. Pero también es parte de un proyecto... un experimento del cual nunca debió escapar. Lo buscarán. Y si saben que lo salvó, también irán tras usted."

Pinoko frunció el ceño. "¿Proyecto? ¿Como esos malos que quieren jugar con la vida de la gente?"

Black Jack no respondió de inmediato. Su mirada se endureció, recordando los fantasmas de su propio pasado, los experimentos que casi le robaron la infancia y las cicatrices que cargaba en su piel. Había visto demasiadas veces cómo la ciencia podía torcerse en nombre del poder.

El silencio se rompió con un estruendo afuera. Pasos apresurados, voces graves, y luego golpes contra la puerta.

—¡Lo sabíamos! —gritó una voz—. ¡Black Jack, entréganos al sujeto!

La mujer palideció. El joven aún inconsciente en la camilla respiraba débilmente, ajeno a la amenaza. Pinoko se escondió detrás de una mesa, con el ceño fruncido.

Black Jack apagó el cigarrillo en un cenicero y tomó uno de sus bisturíes, no como cirujano, sino como advertencia. Su voz sonó fría, cortante:

—Si han venido a arrebatarle la vida a mi paciente... tendrán que pasar sobre mí.

Los hombres empujaron la puerta, logrando abrirla a la fuerza. La clínica se llenó de sombras armadas, ojos calculadores que miraban al joven en la camilla como si fuese un objeto valioso y no un ser humano.

La tensión era insoportable. Pinoko temblaba, pero no retrocedió. La mujer, entre lágrimas, se interpuso frente a su hermano.

Black Jack no era un héroe enmascarado, ni un guerrero. Era un médico. Pero sabía algo mejor que cualquiera de ellos: la vida que había salvado le pertenecía al joven, y a nadie más.

Su voz resonó firme, inquebrantable:

—Un cirujano protege a su paciente. Ese es mi único juramento.

El episodio cerró con ese instante de desafío, mientras la clínica se convertía en el escenario de un inminente enfrentamiento entre la ciencia que salva... y la que destruye.






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