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Pokémon: Promesa Eterna
El viento soplaba suavemente sobre el prado, moviendo las flores silvestres como si todo el campo estuviera danzando al compás del día más especial. Frente al viejo molino, bajo un cielo despejado, Ash Ketchum permanecía de pie con Pikachu en brazos. A su lado, Serena lo tomaba del brazo, vestida de blanco, sonriendo con la serenidad de quien por fin se siente en casa.
Pero no estaban solos.
Frente a ellos, rodeándolos en un semicírculo inmenso, estaban todos los Pokémon que habían formado parte de sus viajes. Algunos saludaban con emoción, otros se mantenían erguidos y orgullosos, como guardianes de aquel momento. Cada criatura presente había compartido con Ash una etapa distinta de su vida, y ahora parecían testigos de algo mucho más grande que un simple encuentro.
—No puedo creerlo… —susurró Serena, con los ojos humedecidos mientras contemplaba aquella multitud.
Ash apretó el brazo de ella con ternura, sonriendo.
—Yo tampoco. Es como si… todas mis aventuras hubieran decidido reunirse hoy.
Pikachu miró a ambos, soltando un “¡Pika-pi!” lleno de alegría.
Serena rió suavemente, inclinándose hacia Pikachu.
—Siempre fuiste parte de todo esto, ¿verdad?
El pequeño roedor asintió con energía, como recordándoles que había estado con Ash desde el inicio, en cada caída y en cada triunfo.
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Un rugido resonó en lo alto. Charizard descendió batiendo sus alas con fuerza, aterrizando frente a Ash con orgullo. Ash no pudo evitar sonreír.
—¡Charizard! Viejo amigo… siempre llegas con estilo.
Charizard exhaló una pequeña llamarada al cielo, como saludo solemne. A su lado, Greninja apareció desde las sombras de un árbol, cruzando los brazos.
—Ustedes dos… —Ash negó con la cabeza, riendo—. Supongo que siguen compitiendo en silencio.
Greninja desvió la mirada, pero Serena juraría que lo vio sonreír apenas.
Los demás Pokémon comenzaron a acercarse poco a poco. Bulbasaur saltó sobre la pierna de Ash, mientras Totodile daba brincos alrededor. Bayleef lo empujaba con cariño, casi derribándolo, y Snorlax simplemente se quedó sentado a lo lejos, con una sonrisa tranquila.
—Ash… todos vinieron —dijo Serena, maravillada—. Es como… una familia inmensa.
Él asintió, conmovido.
—Eso son, Serena. Mi familia.
Ella lo miró de reojo, sintiendo que esas palabras también la incluían a ella.
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Sylveon, la inseparable compañera de Serena, se acercó y frotó su lazo contra su entrenadora, mirándola con ternura. Serena se inclinó para acariciarla.
—Tú también lo sentías, ¿no? Que este día era especial…
Sylveon emitió un suave sonido afirmativo. Serena sonrió y, sin pensarlo, miró a Ash.
Él la estaba observando.
Sus miradas se cruzaron. Por un instante, todo el bullicio alrededor se desvaneció. No había Pokémon, ni molino, ni prado. Solo estaban ellos dos, frente a frente, con todo un pasado que los había llevado a ese instante.
—Serena… —Ash empezó a hablar, pero dudó.
—¿Sí? —preguntó ella, expectante.
Ash respiró profundo.
