Capitulo 1 - El inicio

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Mi abuelo decía que nuestra familia había pasado por más cosas de las que cualquier libro podría contar: soldados, doctores, granjeros, artesanos, veterinarios… todos con algo en común: saber demasiado para su propio bien.
Yo nunca terminé de creerlo del todo. Eran historias que se contaban junto al té caliente, a media voz, como si fueran secretos.

Aquel día estaba sentado en el pequeño jardín de su casa en Japón. El clima estaba fresco, con un cielo nublado que filtraba la luz en tonos suaves. King, mi cuervo, bajó del tejado y se posó cerca de mí, picoteando unas semillas. Sus plumas negras parecían beber la poca luz que había, y sus ojos brillaban como vidrio pulido.

En mi regazo reposaban las ropas que había encontrado en el baúl más viejo de la casa. El tejido era grueso, resistente, aunque el tiempo había gastado los bordes. En el pecho y la espalda estaba bordado un símbolo que siempre me intrigó: un cuervo con las alas extendidas, sobre espigas de trigo, y una Katana detrás.

—Solo es un recuerdo de los antepasados —decía mi abuelo cuando preguntaba—. No sirve de nada obsesionarse con el pasado.

Yo lo observaba, preguntándome si decía eso para protegerme o para ocultarme algo.

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El viento cambió de repente.
No fue una brisa, sino una ráfaga densa y fría que me hizo levantar la cabeza. King se erizó, soltando un graznido agudo, como si quisiera advertirme. El cielo, de pronto, se volvió de un gris plateado y sentí un zumbido bajo, casi en los huesos, que iba creciendo.

No hubo tiempo de buscar refugio. El aire pareció doblarse, como si el mundo entero se inclinara hacia un solo punto. El suelo se hundió bajo mis pies, y un remolino invisible me levantó en el aire. King intentó volar contra la corriente, pero fue arrastrado conmigo.

Luz y sombra me envolvieron. Flotaba y caía al mismo tiempo. Las formas se estiraban y encogían como si todo fuera agua. El zumbido se volvió un rugido ensordecedor… y luego, silencio.

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Desperté tumbado en tierra húmeda, con el olor del bosque llenándome los pulmones. Abrí los ojos y vi ramas altas filtrando la luz de un sol mucho más claro que el que recordaba. King estaba a unos metros, sacudiéndose el polvo, como si nada hubiera pasado.

Me incorporé despacio. No había edificios, ni carreteras, ni rastro de civilización moderna. Solo árboles, colinas verdes y un cielo limpio.

Caminé hasta un sendero de tierra y lo seguí durante horas, hasta encontrarme con una aldea. Fue entonces que lo supe: algo estaba muy mal.

La gente vestía kimonos simples, sandalias de paja, y casi todos los hombres llevaban katanas o yari. Las mujeres ofrecían verduras frescas y pescado seco en cestas de bambú. No había ni un solo poste eléctrico, ni coches, ni nada que indicara que estaba en mi tiempo.

No sé cómo, pero había terminado en otro lugar… y, quizá, en otro tiempo.

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Los primeros días fueron confusos. No entendía todo lo que decían, pero imitaba gestos y aprendía observando. Con el tiempo, cazaba pequeños animales y cambiaba pieles por arroz o té. Dormía donde podía, siempre con King cerca.

Un invierno, todo cambió. En un camino solitario, encontré a un anciano que estaba siendo acosado por bandidos. No pensé en intervenir… hasta que uno levantó su espada contra él. Fue como un reflejo: lancé una piedra para distraerlos, derribé a uno con una rama pesada y ahuyenté a los otros.

El anciano no dijo mucho. En silencio, me tendió una capa negra, larga, forrada de gris.
—Para el frío —murmuró.
Pero sabía que no era solo eso. Cubría perfectamente mi ropa y, con ella, el emblema que nunca mostraba.

Meses después, en un mercado bullicioso, encontré una máscara de oni sonriente. Roja y negra, con colmillos blancos y ojos alargados. No tenía ninguna razón práctica para comprarla, pero algo en ella me atrajo. El vendedor me la entregó envuelta en tela, y desde entonces la usé cuando necesitaba pasar inadvertido… o intimidar un poco.

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En tres años me hice un nombre que no era un nombre.
En las aldeas me llamaban el vagabundo. Un extraño que aparecía de vez en cuando para ayudar, que nunca pedía pago, y que siempre llevaba un cuervo y una sonrisa demoníaca pintada en su máscara.

Lo que no sabían era que yo prefería seguir siendo un fantasma.

El cuervo y el tigre.Stories to obsess over. Discover now