El sol caía con una fuerza abrasadora sobre los campos de Villa Escarlata. Las espigas doradas se mecían bajo el viento cálido, y en lo alto de la colina, la hacienda de los Carranza se erguía como un monumento al poder y al miedo. Nadie entraba ni salía sin que Jerónimo Carranza lo supiera… y nadie, absolutamente nadie, se atrevía a desafiarlo.
Esa tarde, el pueblo entero estaba reunido en la plaza principal. Era la feria patronal, la misma que Jerónimo patrocinaba cada año para recordarle a todos que, en ese lugar, su palabra era ley. Vestido con camisa blanca de lino, botas de piel y sombrero ancho, él caminaba entre la gente con una seguridad que helaba la sangre.
—Ahí viene el diablo… —murmuró una mujer a otra, mientras se apartaban para dejarlo pasar.
Jerónimo sonrió de lado. No le molestaba el apodo; de hecho, lo disfrutaba. El diablo siempre conseguía lo que quería… y esa noche lo descubriría.
En el centro de la plaza, subió al templete para dar su discurso. Sus ojos, oscuros y penetrantes, barrieron el lugar… hasta que se detuvieron en ella.
Abigail Palacios.
Vestía un vestido color vino, ajustado a la cintura, con encaje en el pecho y un sombrero pequeño que apenas ocultaba su mirada desafiante. No sonrió, no bajó la vista, no se apartó. Se quedó ahí, viéndolo como si no le tuviera miedo.
Jerónimo sintió un calor extraño recorrerle el cuerpo.
—¿Y quién es esa mujer? —preguntó por lo bajo a uno de sus capataces.
—La hija menor de Don Laureano Palacios, patrón…
—La hija del enemigo… —murmuró Jerónimo, y una chispa peligrosa le cruzó los ojos.
Cuando terminó su discurso, bajó del templete. Caminó directo hacia ella, ignorando a todos los que lo saludaban. Al detenerse frente a Abigail, le quitó suavemente el sombrero y la miró de cerca.
—Así que tú eres la mujer de la que tanto hablan… —dijo con voz grave.
—Y usted debe ser el diablo del que todos se esconden —respondió ella, sin titubear.
Él sonrió, fascinado por su insolencia.
—Tal vez… pero si lo soy, tú acabas de hacer un pacto conmigo, Abigail Palacios.
Ella no respondió, solo lo miró con la misma intensidad, sin saber que, en ese instante, su vida había quedado marcada para siempre… porque el diablo, cuando ponía los ojos sobre una mujer, no la dejaba ir jamás.
El murmullo del pueblo se hacía cada vez más fuerte. Algunos observaban con recelo, otros con morbo… y unos cuantos, con el miedo de quien sabe que está a punto de ver algo prohibido.
Jerónimo sostenía el sombrero de Abigail entre sus manos, y ella lo miraba como si estuviera desafiando al mismísimo infierno.
—Me gustan las mujeres con carácter… —susurró él.
—A mí no me gustan los hombres que creen que lo tienen todo —replicó Abigail, clavando sus ojos verdes en los suyos.
Jerónimo arqueó una ceja, acostumbrado a que las mujeres bajaran la vista ante él. Abigail no lo hizo. Y entonces, como movida por una fuerza que ni ella misma entendió, dio un paso hacia él… y sin decir una palabra, lo tomó por el cuello de la camisa y lo besó.
Fue un beso intenso, atrevido, lleno de rabia y de fuego. No había dulzura, solo el choque de dos voluntades fuertes. El pueblo entero se quedó en silencio; las campanas de la iglesia sonaban a lo lejos, pero nadie las escuchaba.
Jerónimo, sorprendido, tardó apenas un segundo en corresponder. Su mano fuerte se posó en la cintura de Abigail, acercándola más, reclamando su boca con la misma ferocidad con la que reclamaba sus tierras. El beso duró lo suficiente para que todos lo vieran… demasiado largo para que se olvidara.
Cuando se separaron, los ojos de Jerónimo brillaban con una mezcla peligrosa de deseo y desafío.
—Acabas de encender un fuego que no podrás apagar, Abigail Palacios —dijo en voz baja, con una sonrisa que helaba y quemaba al mismo tiempo.
Ella, sin perder el aliento, tomó su sombrero de sus manos y se lo colocó de nuevo.
—A veces, Jerónimo, el diablo también arde —contestó, dándose la media vuelta y alejándose con paso firme.
En la esquina de la plaza, entre las sombras, Matías Carranza había presenciado todo.
Su mirada se clavó en la figura de Abigail, y en su mente solo hubo una idea:
"Si Jerónimo quiere a esa mujer… será mía, cueste lo que cueste."
Abigail caminaba con paso firme por la calle empedrada, ignorando las miradas y los murmullos que su beso había dejado flotando en el aire. La gente se apartaba a su paso, no por respeto… sino por miedo a que Jerónimo Carranza apareciera de nuevo.
Y así fue.
El sonido de unas botas resonó detrás de ella, acercándose cada vez más.
—¿Siempre besas así a tus enemigos, Abigail? —dijo su voz grave, a unos centímetros de su oído.
Ella no se detuvo, pero él sí. Con un movimiento rápido, Jerónimo se puso frente a ella, bloqueándole el paso. Su mirada era oscura, peligrosa… y estaba disfrutando del juego.
—No fue un beso —contestó Abigail con frialdad—, fue una advertencia.
Jerónimo sonrió de medio lado, como quien no teme a las amenazas. Sin decir nada más, tomó su mano suavemente y deslizó un pequeño papel doblado entre sus dedos.
—Léelo cuando estés sola —susurró, inclinándose lo suficiente para que solo ella lo escuchara—. Y no llegues tarde.
Luego, se apartó y siguió su camino, dejándola de pie, con el corazón acelerado y el papel ardiendo en su mano.
Abigail esperó hasta llegar a una esquina solitaria antes de abrirlo. La caligrafía firme de Jerónimo estaba escrita con tinta negra:
"Te espero en mi rancho. 3:00 en punto. No faltes.
—J.C."
Ella apretó el papel, sintiendo una mezcla de enojo y curiosidad.
—Maldito diablo… —murmuró, sabiendo perfectamente que, por más que lo negara, a las tres de la tarde su caballo estaría cabalgando hacia Villa Escarlata.
En una ventana cercana, Matías Carranza, con una copa de brandy en la mano, observaba la escena con una sonrisa peligrosa.
"Si mi hermano quiere jugar con fuego… yo también" —pensó.
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Villa Escarlata: Entre el poder y la pasión
ActionEn el ardiente verano de 1990, en el imponente corazón de Villa Escarlata, Jerónimo Carranza gobierna con mano de hierro como el hacendado más poderoso y temido de la región. Su mundo se reduce a tierras, riquezas y control absoluto... hasta que apa...
