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Testamento de Fátima

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"Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la paz y creo la adversidad. Yo soy el que hago todo esto."

Isaías 45:7


"Sin oscuridad no habría luz que iluminar, y sin maldad no habría justicia a valorar."

Zohar (Cábala)


"Los demonios internos y externos son necesarios para forjar el despertar."

Lankavatara Sutra


"Dios no carga a ningún alma más allá de su capacidad. Obtendrá lo que haya logrado, y sufrirá lo que haya cometido."

Surah Al-Baqarah (2:286)






I.


—Viejo amigo... Hace tiempo que no nos vemos. ¿Hacia dónde van tus pasos, que vienen de Ur?

Un hombre camina por el desierto, cansado, apoyado en un bastón. La edad pesa en su andar. La arena caliente, los vientos secos, y el silencio milenario lo acompañan.

—Siéntate un poco. Traigo algo para refrescar tu camino. Descansa... mientras el atardecer nos acompaña.

Quien habla es más joven, apenas entrando en los treinta. Su aspecto es delicado, aunque contrasta con la rudeza del entorno. Sus ojos contienen una calma profunda, y su hospitalidad pasajera hizo que el anciano, fatigado, se sentara sobre la arena.

—Gracias, amigo... Tu amabilidad aligera el viaje —respondió el anciano, bebiendo agua de una garrafa—. ¿Cómo supiste que vengo de Ur?

—Platicando con un viejo conocido, me vino la corazonada de que me encontraría con alguien en estas tierras. Ya has hablado con él. De otro modo, nuestros caminos no se habrían cruzado.

—¿Te envió a mí? —preguntó el anciano, con voz temblorosa, mezcla de escepticismo y sorpresa.

—No —respondió el joven con una leve sonrisa—. Mi voluntad perdura contigo... pero no puedo interferir en tu revelación. Tu camino es más grande de lo que imaginas. Y aunque mueras, los hijos de tus hijos se cruzarán conmigo... y con otros más; con voluntades que aún no han nacido... y con otras que desaparecerán.

—Ahora solo disfruta de su gracia... y déjame observar tu andar. Quizá algún día podamos caminar juntos.

El anciano sintió, al escuchar esas palabras, una tranquilidad que no venía del agua ni del reposo, sino de una presencia que conocía sin recordar. Se sentó a un costado, contemplando los rayos del sol ocultándose tras las dunas.

—Hace tiempo que no te dirigías a mí. Tengo recuerdos vagos de nuestras visitas... de nuestras charlas. Sé que te conozco... pero no te recuerdo.

—Igual tú, viejo amigo. A veces moribundo... a veces gruñón... a veces en paz... y otras con tanto odio. Pero seguimos aquí. Ahora.

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