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Encuentro

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Un cielo resplandeciente cubría la ciudad, como si el mismo universo quisiera mostrarme que todavía había belleza en medio del caos.
La luna, oscura como la noche más profunda, observaba desde lo alto.
Yo… solo era un muchacho con un lápiz en la mano, en una habitación a medio construir, con más sueños sin cumplir que paredes sin pintar.

Entre el desorden, recordaba cada decisión que tomé.
Cada camino que rechacé.
Cada pérdida que enfrenté.
Pero no… no había arrepentimiento. Solo un eco silencioso en el pecho que decía: “Todavía estás aquí.”

(Cambio de escena: una cocina cálida, luces amarillas suaves, aroma a comida casera)

La voz de mi madre me llamó desde abajo, como un faro de amor en la niebla de mis pensamientos.
¿Qué habrá cocinado esta vez? pensé, bajando con paso tranquilo.
Ella era una artista con las ollas… o eso decía con orgullo cada día.

Cuatro asientos nos esperaban. Me senté, y ahí estaba: un banquete digno de dioses, preparado por mi madre con amor y nostalgia.
Comenzó a contar sus anécdotas, como siempre, esta vez sobre una guerra de palabras con el vecino.
—¿No dirás nada, hijo mío? —preguntó, con esa dulzura suya que podía leer hasta el silencio de mi corazón.

No tenía palabras. Mi corazón… estaba en paz.
Pero al mirar la mesa, mis ojos se encontraron con ese asiento vacío.
Aquel que nadie se atrevía a ocupar.
El que pertenecía a mi padre, quien hace un año se convirtió en una estrella más en nuestro cielo.

Mi hermano, con una sola mirada, me recordó que papá seguía con nosotros.
En nuestros recuerdos. En nuestros corazones.
Sonreí y dije:
—Se ve deliciosa la comida de hoy.

(Cambio de escena: una habitación a oscuras, el protagonista acostado, la cámara baja lentamente mientras se escucha el ronroneo de un gato)

Cuando me acosté, sentí una calidez peluda a mi lado.
Era mi gato.
Mi despertador con patas, mi compañero de sueños.
La cicatriz en mi muñeca me dolía un poco.
Una marca que me quedó por salvar su vida, hace tiempo, cuando aún era un callejero asustado.

Suspiré…
—Déjame estar con mi familia —susurré, como cada noche antes de dormir.

(Pantalla se desvanece a blanco. Música se detiene. Sonido de un corazón latiendo. Luego, el rugido de energía mágica. Color azul-blanco lo cubre todo.)

Desperté.
La cicatriz… ardía con precisión. Como si me hablara. Como si el destino finalmente hubiese llegado a mi puerta.
Estaba flotando en burbujas blancas y azules, del color del cielo, del color de nuestras lágrimas.

¿Era este… el otro lado?

Sonreí, y grité con todas mis fuerzas:

¡Empieza el jueeeeeego!

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