Prólogo

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Prólogo:

En el gran jardín de la familia Puente, había una pequeña mesa con cinco sillas. Encima, un juego de té con bocadillos imaginarios, tazas diminutas llenas hasta el borde con “té” invisible, y dos muñecas junto a un oso de peluche. Una niña de seis años servía con mucha seriedad.

Un niño de doce años apareció de repente, cargando una caja casi del tamaño de la pequeña.

—Hey, tonta. Mi papá me dijo que te trajera esto y que dijera que era de mi parte —dijo el niño, visiblemente frustrado.

—¿Me compraste un regalo? —preguntó ella con inocencia.

—¡Ya te dije que fueron mis papás! Me dijeron que te lo diera de parte mía, tonta —repitió, molesto.

—No soy tonta —protestó ella, frunciendo el ceño.

—Ábrelo. Tengo que ver si te gusta, eso dijeron mis papás —agregó con el mismo tono.

La niña abrió la caja de inmediato. Dentro, una hermosa muñeca de cabello castaño claro y ojos azules. Era casi de su tamaño, vestía un vestido azul cielo y su cabello rizado caía en forma de cascada, recogido en una media coleta con un listón azul.

—¡Mira! Se parece a los dos, así que será nuestra hija. Se va a llamar Mar —dijo la niña, sentando la muñeca junto al oso de peluche.

—Mira Mar, él es Mister Muffin, o señor Oso. Ella es Martina —señaló una muñeca de trapo con pelo de estambre café— y esta otra es Matilde —agregó señalando otra muñeca con pelo de estambre amarillo.

—¿Cómo puedes decir que esa muñeca es nuestra hija? Estás loca, Anahí —dijo el niño, molesto.

—¿Por qué te enojas, Alfonso? Si tú me la regalaste, por eso es hija de los dos —respondió Anahí con una sonrisa.

Alfonso tomó una hoja doblada que sobresalía del paquete.

—¿Y esto qué es?

—Mi papá me prometió que me haría una casita de muñecas. Así que decidí ver cuántos cuartos quería. Mira, aquí está la cocinita, allá la sala. Quiero un baño que sirva porque no quiero ir corriendo a la casa. Esta es la recámara, y este el cuarto de los niños para poner cunitas y un librero para contar cuentos. Arriba pondría mis colores, mis pulseras y pinturas, ya sabes, ¡todo para mis obras de arte! —dijo emocionada.

—Estás loca. ¡Estás describiendo un departamento de adulto! Y apenas tienes seis años, enana.

—¡No soy enana! Y cuando me case quiero una casa enorme, con jardín delantero y trasero, con rosas, jazmines, margaritas, claveles... árboles de manzana, limón, naranja y durazno. También quiero un lago para pasear en bote. ¡Y dos albercas! Una afuera y otra adentro para cuando haga frío, porque mi mami no me deja meterme en invierno...

Hizo una pausa, pensando.

—Y treinta cuartos, cada uno con baño. Una biblioteca gigante, un salón para bailes, un comedor grande para reuniones, otro chiquito para mi esposo, mis hijos y yo. Una sala de juegos, una casa de muñecas gigante, una casa del árbol… Lo demás puede elegirlo mi esposo. También tiene derecho, ¿no?

Alfonso se quedó en silencio.

—¿Quién te va a comprar una casa así? Además, mi papá dice que los hombres necesitan su lugar de entretenimiento: vinos, billar, fútbol con los amigos... —agregó, pensativo.

Observó cómo Anahí servía té a la muñeca nueva.

—¿Quieres un poco de té? —preguntó ella.

—No, gracias. Pero ya me acordé de por qué vine. Tus papás te van a preguntar si te quieres casar conmigo. Tienes que decir que no, porque yo ya tengo novia. Se llama Andrea —dijo, con tono prepotente.

—No quiero casarme, tengo seis años y no sé cocinar. Además, los niños son tontos… y tú más —le dijo con las manos en la cintura.

—¡No, tonta! No nos van a casar ahorita. Va a ser cuando seamos grandes. Pero igual tienes que decir que no, porque yo tampoco me quiero casar con una niña mimada.

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Esa noche, después de cenar, todos estaban en la sala.

—¡Tarada! ¡Tenías que decir que no! ¿Por qué les dijiste que sí? —reclamó Alfonso, molesto.

—Porque mi Daddy dijo que iba a tener la casa que yo quería —respondió Anahí, sonriendo.

—Eres una tonta. Lo bueno es que la próxima semana me voy al internado y no te voy a volver a ver —dijo Alfonso, alejándose.

Bodas de OdioDonde viven las historias. Descúbrelo ahora