Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que un abrazo no requería consentimiento firmado, un apretón de manos era una muestra de respeto, y un beso en la mejilla no se analizaba en foros de internet como potencial invasión. Crecí en ese tiempo. En una época donde el cariño era espontáneo, y no una transacción emocional sujeta a protocolos, advertencias o malinterpretaciones.
No éramos perfectos, claro que no. Pero sabíamos cuándo un gesto venía del corazón y cuándo no. Había una lectura instintiva de las intenciones. Uno sabía cuándo una mano en el hombro era un consuelo y cuándo era una amenaza. No necesitábamos manuales. La humanidad era más clara, más directa, menos sospechosa.
Hoy, veo cómo gestos que antes eran puentes ahora se convierten en muros. He visto a personas pedir disculpas por mostrar afecto. He presenciado cómo una mirada amable se convierte en motivo de incomodidad. Lo que para nosotros era cortesía, hoy se etiqueta como microagresión. Lo que era empatía, hoy se observa con lupa, buscando el error oculto, la “intención problemática”.
¿En qué momento el afecto se volvió sospechoso?
¿Desde cuándo el cariño se convirtió en un campo minado?
Lo triste no es solo que ahora se cuestione todo. Lo realmente devastador es que las nuevas generaciones han crecido en una cultura que las convence de que ser tocadas, escuchadas o corregidas, es una forma de agresión. Hay una fragilidad disfrazada de justicia emocional que no enseña a entender las intenciones, sino a defenderse de todo, incluso de lo que no duele.
Yo fui criado por manos firmes, pero tiernas. Por abrazos sin justificaciones, besos sin miedo a malinterpretaciones. Me enseñaron que amar también es tocar, estar cerca, mirar a los ojos, corregir con cariño y hablar con franqueza. Ahora, todo eso se ha vuelto materia de debate. Se ha perdido la confianza en el contacto humano.
Claro que hubo excesos en el pasado, y claro que algunos límites necesitaban redefinirse. No se trata de ignorar el daño real que sí existió en ciertos comportamientos. Pero tampoco se trata de construir una sociedad donde el afecto sea una amenaza, donde la sospecha lo nuble todo.
Cuando el cariño era algo libre, los vínculos eran más genuinos. Nos abrazábamos sin pedir permiso porque el contexto lo permitía. Porque nos conocíamos. Porque existía una complicidad natural entre las personas. Ahora, con tanto filtro, tanto juicio, tanto miedo a “herir sin querer”, muchos prefieren no sentir nada antes que arriesgarse a ser malinterpretados.
Y ahí es donde vamos perdiendo.
Porque una generación que se protege tanto de todo termina por no vivir nada del todo.
Porque cuando el cariño se convierte en delito, la humanidad entera entra en cuarentena emocional.
Yo sigo abrazando.
Con respeto, sí. Con cuidado, también. Pero con firmeza. Porque me niego a que el miedo reemplace al afecto. Porque no quiero olvidar cómo era vivir cuando el cariño no pedía permiso para existir.
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Viví en la época que no quería.
Novela JuvenilPrólogo Viví en la época que no quería. No porque fuera más difícil, sino porque dejó de tener sentido para mí. Me encontré atrapado en una generación que confunde un abrazo con una invasión, un consejo con un ataque, una mirada con una amenaza. Cre...
